¿Sigamos jugando con el euro, a ver qué pasa? Europa tras la Primera Guerra Mundial

Todo el mes de agosto ha tronado en las tribunas de los periódicos, y también en las televisiones, la Artillería de “los mercados”.

Antes de que pasase el ecuador de este agosto que ahora acaba, en las primeras semanas de ese mes -agosto- en el que estalló la “Gran Guerra“ en el año 1914, la que todos temían y algunos -como los Krupp- aguardaban con satisfacción más o menos disimulada, se ha temido -y algo más que temido- que el euro y -no nos engañemos- con él la Unión Europea, se disolvieran en la nada tan sólo porque así lo querían algunos especuladores.

Los mismos que, como tienen por costumbre, han jugado a los aprendices de brujo, viendo hasta dónde puede resistir el tejido financiero sin desmoronarse del todo bajo la presión que ellos ejercen a través de determinadas terminales mediáticas. El juego es sucio, pero claro una vez que se conocen sus mecanismos. Primero se desacredita a las economías supuestamente más débiles de la unión monetaria. Hecho esto, cae el precio de los valores emitidos por esos países. Una vez que se ha cerrado la operación de compra a bajo precio de esos valores devaluados, se pone fin a los rumores negativos y se da paso a otros, de signo contrario, para  revalorizar los activos de los países anteriormente desacreditados y revenderlos con unos márgenes de beneficio astronómicos.

Esa gimnasia de la codicia, por lo general, no trae consecuencias demasiado graves. La enorme fortuna reunida en la década de los 90 del siglo pasado por George Soros, un maestro en este tipo de operaciones, es la mejor prueba. Apenas produjo una pequeña crisis que, además, sólo arruinó los mejores años de la llamada “Generación X” y poco más. Es casi parte del sistema que, se nos dice, debemos padecer, como el único posible, y, ciertamente, las alternativas, por el momento, no van mucho más allá del griterío callejero.

Aparte de ejemplos como el de George Soros, libros tan recomendables como “Historia de la Economía” de John Keneth Galbraith demuestran de qué va todo esto. En algunos casos, la cosa ha llegado a adquirir tintes trágicos pero también cómicos, como ocurrió a principios del siglo XVIII con la explosión de la llamada “Banca Law” y su “Compañía de Occidente”.

Otra operación especulativa protagonizada por “el mercado” que, en este caso, tenía nombre y apellidos y cara: John Law, que se dedicó a extender un timo piramidal en la Francia de esa época hasta que, como toda pirámide, el fraude se vino abajo y los incautos y codiciosos que habían esperado, una vez más, beneficios astronómicos acudieron a rescatar sus ahorros depositados en la parisina calle Quincampoix. Allí se les intentó timar por última vez dando picos y palas a un buen número de vagabundos parisinos y extendiendo el rumor de que eran los primeros colonos y trabajadores que iban a empezar a explotar las tierras americanas y las supuestas minas de oro de Luisiana -por otra parte inexistentes- que Law había ofrecido como garantía de aquellas inversiones…

Sin embargo, las cosas no resultan a veces tan divertidas. Ni siquiera para los que por prudencia, o por la razón que sea, ven de lejos la desesperación de los estafados por timos piramidales como el protagonizado por la banca de Law.

En efecto, operaciones de ese tipo pueden tener consecuencias sencillamente funestas.

Basta con pensar en la Europa de 1933. O en la de 1945. O, yendo un poco más lejos, en la posibilidad de que las actuales operaciones más o menos mágicas de “los mercados” nos retrotraigan a la situación que existió en nuestro continente entre 1914 y 1918, durante la que entonces se llamó “Gran Guerra”. La que, pocos años después, se convertiría en la “Primera Guerra Mundial” al estallar la segunda, provocada por las demenciales ambiciones de Adolf Hitler, que se impusieron a toda una nación cuerda y civilizada -o tenida por tal- marchando sobre la ola de descontento generada en Alemania primero por un tratado de paz firmado en el año 1918 que se ve como una imposición -un “diktat”, una sentencia- y posteriormente por la gigantesca recesión económica -generada, en origen, por maniobras de tipo especulativo en el sector inmobiliario, no lo olvidemos- de 1933.

En efecto, fotos como las que ilustran este texto son elocuentes por sí solas. Lo que vemos en ellas es un paisaje en ruinas, una devastación atroz, a una escala desconocida, que arrasa a la prospera Europa de la llamada “Belle Époque”.

La misma que teme que eso llegue a suceder pero sabe, al mismo tiempo, que es imposible evitarlo, siendo muy consciente de que los gérmenes del nacionalismo imperialista, o las ambiciones desatadas de grandes empresas que pugnan -sobre todo en Alemania- por hacerse con un imperio colonial, acabarán provocando un enfrentamiento que, dado el nivel de industrialización de los posibles contendientes, iba a convertir Europa -principalmente- y el resto del Mundo, en una cadena de montaje más de las muchas que hacia 1914 funcionan en todo Occidente. En este caso para producir decenas de miles de muertos y mutilados y una destrucción material masiva.

Una imagen que no tiene nada de exageración literaria. Marc Ferro, uno de los grandes decanos de la profesión de historiador, indica claramente en su magnífico libro sobre esa “Gran Guerra” que el ejército británico perderá, al comienzo de ella, hasta cien mil hombres en una sola operación, y a lo largo de una sola mañana. Es decir, el equivalente al exterminio total -hombres, mujeres, niños…- de la población de una ciudad de tamaño medio.

Y se trata de una clase de acontecimientos sobrecogedores, que se repetirán, una y otra vez, a lo largo de cuatro años y hacen difícil comprender cómo fue posible que Francia, Alemania, Italia…, es decir, el corazón de la actual Unión Europea, fueran capaces de resistir aquella sangría de hombres y material durante tanto tiempo.

El balance, independientemente de a qué documento se acuda, es, sencillamente aterrador. Toneladas de tierra de cultivo quedaron devastadas por las explosiones o envenenadas por el uso de gases tóxicos. Todavía hoy es noticia la aparición de kilos de material explosivo utilizados en torno a la gran línea de trincheras que corta la Europa de 1914 a 1918 entre la costa belga y los Alpes italianos. Obuses principalmente, que deben ser desenterrados por artificieros que los hacen explosionar por presión tras volverlos a enterrar en la línea de marea de la playa más cercana y por otros procedimientos igual de costosos.

La secuela de dramas personales, los cientos de miles de viudas y huérfanos, de hombres con la vida arruinada por mutilaciones físicas o psicológicas, no es menor. A tal punto que ni los vencedores objetivos de aquella “Gran Guerra”, estaban muy seguros de haber ganado nada en 1918.

El breve período llamado “de entreguerras” (1918-1939), de apenas veinte años, confirmaría esa desazonante impresión. La de que aquella guerra había sido, hasta cierto punto, inútil. Una partida en tablas que sólo se interrumpió el tiempo suficiente para que uno de los principales perdedores del conflicto, Alemania, se recuperase de la devastación sufrida.

Las imágenes del continente o sus islas adyacentes -Inglaterra, principalmente, la más perjudicada- en 1945 vuelven, en efecto, a mostrar una nueva devastación de proporciones desconocidas que reabría la herida infligida a un tejido -humano, social, económico…-  apenas cicatrizado desde 1918 en adelante.

Hoy, setenta años después, parece que algunos han olvidado las consecuencias de aquellos “cañones de agosto”.

Resulta así pasmosa la ignorancia, la falta de conocimientos históricos, de quienes especulan con ventas en corto contra el euro, o la de algunos cargos políticos incapaces de tomar decisión alguna -eficaz, por supuesto- para defender a esa moneda. Todo apunta a que jamás han visto documentos gráficos como los que ilustran estas páginas. O, peor aún, que si los han visto son incapaces de analizarlos en su verdadero contexto como el resultado de una guerra fomentada por rivalidades entre países europeos divididos en naciones enfrentadas y cuya idea de la Unión Europea pasaba, necesariamente, por la imposición de un yugo militar a partir de una potencia dominante (España, Francia, Alemania…).

Esa ignorancia, o ese desdén hacia determinadas evidencias, como las que muestran esas imágenes, es, en cualquier caso, un síntoma de que esas mentes están dominadas por esa percepción cretina de la realidad en la que todos vivimos. La que considera la “Historia” como algo pasado e inerte, incapaz de volver a repetirse y aislada completamente del presente, sin posibilidad alguna de influir en él…

Justo todo lo contrario de lo que es en realidad: una serie de acontecimientos concatenados que influyen -y de manera muy pesada- sobre la realidad que nos rodea, que conforma lo que llamamos “presente”.

Si alguien tiene alguna duda de ello, especulador, director de un Banco Central, canciller o primer ministro, sólo tiene que seguir permitiendo que la Unión Europea se  desintegre, facilitando que su moneda común, el euro -por el momento el nexo más real entre esos estados en guerra continua desde el siglo XV hasta el año 1945- desaparezca.

La realidad negativa que se precipitaría a partir de ese punto tendría distintos grados de intensidad. El primero de ellos, que les quede bien claro a los que han especulado contra el euro o no han hecho nada realmente eficaz por impedirlo, es que nadie se haría cargo de devolverles los intereses que esperan obtener de esos bonos comprados a la baja.

Exactamente, tal y como les ocurrió a todos los incautos que habían comprado tulipanes en la Holanda de 1637 o participaciones de la Banca Law.

Piensen en ello mientras contemplan, con otros ojos, las fotografías de las dos guerras mundiales que llenan estas páginas.

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