¿Algo está cambiando? “Piratas del Caribe 4. En mareas misteriosas”

¿Realmente unos historiadores más o menos serios, como pretenden serlo los que escriben en estas páginas, deberían preocuparse de la calidad de los conocimientos históricos que transmite una película que se toma tan poco en serio a sí misma como la cuarta entrega de “Piratas del Caribe”?

La respuesta, por supuesto, es “sí”. O de otro esta sección tendría hoy otro título.

De esa afirmación, tan rotunda, surgirá, probablemente, otra pregunta entre quienes nos leen: ¿y por qué?

A eso podemos responder que porque “Piratas del Caribe 4. En mareas misteriosas” es quizás, y en contra de lo que se puede esperar habitualmente de las series cinematográficas que se alargan demasiado -más allá de la trilogía-, una de las mejores de la saga y, de hecho, una de las mejores del género de películas “de piratas” que se pueda tener la suerte de ver, como es preceptivo, cualquier verano. Y, además, hay en ella aspectos que realmente la hacen recomendable como vehículo, aunque sea sólo a nivel de iniciación, de aproximación, a nuestra Historia marítima.

En efecto, “Piratas del Caribe 4”, juega con la Historia, sin complejos, poniéndola al servicio de un espectáculo efectista. Así, se mezclan en ella -como ocurría en las otras partes de la saga y, en general, en este subgénero de películas- épocas y hechos de un modo bastante anacrónico.

Esos detalles saltan a los ojos del historiador que la contempla rápidamente. El pirata   Edward Teach “Barbanegra”, que realmente fue un personaje histórico, recibe una nueva historia personal que difiere, en gran medida, de la que se conoce a través de la documentación oficial que permitió a escritores como Daniel Defoe popularizar su figura en su “Historia general de los robos y asesinatos de los más famosos piratas”.

Así, en la película, el tiempo no parece haber pasado demasiado por él a pesar de que ya era un hombre adulto, más bien maduro, a comienzos del siglo XVIII, durante el reinado de la soberana británica que dará nombre a su barco, La venganza de la reina Ana, que, por supuesto, los guionistas de la película han mantenido por razones obvias. Lo cual debería convertirlo en un viejo casi centenario -realmente necesitado de encontrar la Fuente de la Eterna Juventud que se busca a lo largo de la película- teniendo en cuenta que la acción se desarrolla a mediados del siglo XVIII, como lo demostraría la presencia de un rey Jorge que se puede identificar fácilmente con el segundo de los que reinan en Gran Bretaña después de la mencionada reina Ana y por la cuidada reconstrucción del Londres en el que se desarrollan las primera acrobacias de la película. Prácticamente calcado, al detalle, de los grabados de Hogarth que, de eso no hay duda, cobran vida y color en esas escenas iniciales de “Piratas del Caribe 4. En mareas misteriosas”. Todo eso por no hablar del detalle de que en esas fechas Edward Teach llevaba muerto, por decapitación en 1718, bastantes años…

Sin embargo, más allá de detalles como esos, que uno debe estar dispuesto a excusar -incluso a aceptar de manera cómplice como espectador de una película “de aventuras”- hay varios elementos en “Piratas del Caribe 4. En mareas misteriosas” que sorprenden gratamente al historiador.

Principalmente se trata de que, a pesar de ser una producción anglosajona de ese subgénero “de piratas”, “de aventuras”, “Piratas del Caribe 4” ha sido capaz de superar determinadas inercias casi inevitables en este tipo de películas cuando en ellas, como no puede ser menos, se implica a ”los españoles”. Un actor colectivo privilegiado de la época que generalmente elige como escenario ese tipo de películas.

En efecto, “Piratas del Caribe 4. En mareas misteriosas” comienza la acción en la costa Sur española y todo lo que vemos en esas primeras escenas, por ejemplo el carruaje que lleva a los pescadores que han dado con el mapa que conduce a la Fuente de la Eterna juventud, la ciudad fortificada a la que son llevados… no tiene rastros del orientalismo habitual en otras películas anglosajonas de este génerode años atrás. Como, por ejemplo un verdadero clásico, “El hidalgo de los mares”, que convierte la, por otra parte, muy sofisticada civilización colonial española en un remedo de todos los tópicos para turistas anglosajones de los años cincuenta del siglo pasado.

Así es, todo lo que vemos en esas primeras escenas de “Piratas del Caribe 4” remite a la realidad habitual en otros países europeos de la época. Vestidos y sombreros, gorras y harapos de pescadores, podrían ser los equivalentes a sus homólogos italianos, franceses, incluso holandeses o ingleses.

Sólo el palacio en el que está el rey de España nos traslada de nuevo a los tópicos orientalistas, aunque en este caso el objetivo no es, como en el caso de “El hidalgo de los mares”, la degradación sino la exaltación, la ostentación de lujo y poder por parte de una corte que realmente lo era aunque no quede correctamente retratada por ese discurso visual que, en el fondo, quiere ser halagador (sobre todo para un Fernando VI, tan parecido en la realidad al gordo y cómico rey Jorge que retrata la película y que aquí es convertido en un saludable y dinámico atleta).

Al margen de ese y otros pequeños detalles, sorprende -gratamente, insistimos- ver el modo en el que “Piratas del Caribe 4” retrata a los españoles del siglo XVIII.

Para empezar es evidente que en contra del tópico vulgar que suele imperar en producciones de este tipo y hasta en boca de personas que quieren pasar por “cultas”, no son una sociedad aislada del resto de Europa.

Así, el personaje que interpreta  Penélope Cruz, la hija de Edward Teach “Barbanegra”, se desenvuelve con perfecta soltura en el mundo anglosajón. Sólo una pequeña alusión de su padre a lo temperamental de su sangre, heredada de su madre española, despierta un eco del viejo cine “de aventuras” de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado.

Por lo demás estamos ante una mujer decidida, capaz de reclutar una tripulación en los bajos fondos portuarios de Londres y a la altura de cualquiera de los otros personajes femeninos anglosajones que han dado la réplica al impagable Jack Sparrow, capitán Jack Sparrow, en las anteriores entregas de la saga.

Su manejo de las armas blancas y de fuego está, por tanto, a la altura de la Anne Bonney sobre las que han sido calcadas esas mujeres que dan la réplica en la saga al capitán Jack Sparrow.

Es, sin embargo, el equipo de los marinos y soldados españoles que aparecen en la película el que más marca la distancia con respecto a los burdos tópicos manejados al respecto en otras películas del género.


En efecto, la superioridad de potencia de fuego que estos demuestran cuando se cruzan con el barco del sólo aparentemente regenerado capitán Barbosa, reconvertido en corsario al servicio de la corona británica, es expuesta al espectador sin ambages cuando los propios marinos británicos se dan cuenta, tras un aparatoso -pero inútil- zafarrancho de combate, que la flotilla española enviada a descubrir la Fuente de la Eterna Juventud ni siquiera se va a tomar la molestia de presentarle combate, considerándolos un rival insignificante…

Aquí, como ocurría en las disquisiciones sobre la “sangre caliente” latina de Edward Teach “Barbanegra”, sólo hay algún detalle que nos remite a los burdos tópicos orientalistas sobre los españoles habituales en el género.

En este caos se trata de la cruz roja pintada sobre las velas de los navíos españoles. Un verdadero anacronismo en la moderna flota de combate española del siglo XVIII siendo propio, en realidad, de las naves de la época de la conquista, un par de siglos atrás.

El bigote y la perilla del oficial al mando de esa flotilla, en contra de lo que pudiera parecer, a pesar de ser poco habituales entre los hombres españoles del siglo XVIII -tanto como en el resto de europeos de la época-, hay que considerar que, probablemente, salen de un encomiable esfuerzo por parte del equipo de “Piratas del Caribe 4” que, tal vez -así parece al menos-, se han inspirado para este personaje en uno de los dibujos del libro “El ejército de Carlos II y Felipe V 1694-1727. El sitio de Ceuta”, de José Montes Ramos, en el que se hace una detallada reconstrucción del estamento militar de principios del XVIII español y alguno de cuyos dibujos -concretamente el de un Teniente General del año 1721-, coincide casi punto por punto con el oficial español que ostenta el mando en la película.

Por lo demás nos encontramos con soldados españoles cuya uniformidad no difiere en nada de la de los británicos que les dan la réplica.

Como ellos, visten casacas -en su caso azules, aunque lo más lógico hubiera sido blancas-, chupas, corbatines, calzones, medias, zapatos de hebillas y, afortunada y exactamente, sombreros de tres picos. La normalidad en su atuendo es tal, que incluso se comete con ellos los mismos errores que se comete con los británicos.

Así, las escarapelas de sus muy reglamentarios sombreros de tres picos son blancas y no rojas, como en realidad les habría correspondido. Del mismo modo que los británicos deberían llevar una escarapela negra y no la roja que visten en “Piratas del Caribe 4”.

Todo esto, junto a otras decididas expresiones que se dan en la película, caso, por ejemplo, de la rabieta del rey Jorge al suponer que va a ser el rey de España -“un católico”, en sus propias palabras- el que se va a hacer con el secreto de la Eterna Juventud, la burla de uno de los tripulantes de La venganza de la reina Ana a la capacidad como constructores de faros de los británicos y otras similares que puntean aquí y allá está película, nos ofrecen un relato histórico -al menos todo lo histórico que permite una película “de aventuras”- mucho más ajustado a la realidad de lo que ha sido hasta ahora habitual  en este medio. El mismo que, para bien o para mal, nos guste o no, ha servido para fijar en el imaginario colectivo determinados estereotipos que, por desidia o por otros motivos, se ha permitido sustituir a la verdadera Historia que, cierto es, difícilmente puede combatir con un medio tan sugestivo como el Cine.

Así pues, aunque con ciertas reservas, después de ver “Piratas del Caribe 4. En mareas misteriosas”, el historiador sale del cine más bien contento, concibiendo algunas esperanzas sobre ese cambio de rumbo en los guiones del subgénero “de aventuras” que quizás, con el tiempo, permita una reconstrucción más acertada de nuestro común pasado de europeos para el público que sólo se interesa por la Historia a través de medios de difusión masivos como la novela o el cine.

¿Será quizás un sueño demasiado febril imaginar que, en un plazo de tiempo no demasiado largo, llegue a existir una coproducción española en la que se representen -y se hagan conocidos- episodios como el Gran Asedio de Hondarribia o la batalla naval de Getaria que tienen lugar en 1638, durante la Guerra de los Treinta Años?

Roger Planchon ya consiguió algo parecido con “Luis XIV, Niño rey” en 1993. En cualquier caso, nosotros, historiadores, sólo podemos aplaudir, y animar, actitudes como la que parece pugnar por salir a flote en “Piratas del Caribe 4. En mareas misteriosas”. Y, por supuesto, ofrecer nuestra ayuda profesional a quienes deseen entretener usando la Historia como telón de fondo sin por ello tener que idiotizar a quienes se han gastado hasta 7 euros por ver su película.

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