Paradojas de la memoria colectiva. Del Desembarco de Normandia al diccionario biográfico de la Real Academia de la Historia española

Entre el pasado mes de mayo y comienzos de junio se publicaron, como es habitual -y de ello dio fe la Feria del Libro de Madrid- cientos de nuevas obras. Entre ellas varias dedicadas al campo de la Historia y, más concretamente, al de la Historia de España, que, como ya hemos señalado en diversas ocasiones en estas páginas, nunca defrauda a los que trabajan con ella.

Ejemplos de esas nuevas publicaciones lo han sido, en formato convencional, los primeros tomos del diccionario biográfico español que la Real Academia de la Historia llevaba preparando varios años. En formato electrónico podríamos aludir a otras tantas, pero también nos quedaremos con un sólo ejemplo por, como se suele decir, la parte que nos toca. Esto es: el segundo número de “Los papeles de Pedro Morgan”, la revista a la que da continuidad esta bitácora mensual, que subió -con éxito- a la red de redes el 6 de junio de 2011. Justo el mismo día y a la misma hora en la que miles de hombres eran sacrificados en las playas de Normandia en el año 1944, para liberar a Europa de la pesadilla hitleriana.

Estos dos trabajos de Historia -aunque en el caso del diccionario biográfico, como veremos y como ya sabemos, hay considerables dudas en varias de sus páginas sobre su carácter de libro “de Historia”-, han obtenido un eco completamente diferente que los convierte en interesantes indicadores del conocimiento histórico de la comunidad a la que, en principio, habían sido dirigidos.

El número especial de “Los papeles de Pedro Morgan” editado online este 6 de junio de 2011, y dedicado, fundamentalmente, a recordar que la guerra civil española fue tan sólo el primer episodio de la Segunda Guerra Mundial, ha pasado casi completamente desapercibido. Y eso a pesar de que muchos medios de comunicación potencialmente interesados en esas cuestiones, fueron avisados desde esta redacción sin que obtuviéramos eco o respuesta alguna, salvo muy contadas excepciones.

De ahí se saca en conclusión -entre otras cosas- que esa cuestión, ese hecho histórico, la guerra civil española, y sus conexiones con la Segunda Guerra Mundial a través de la participación del gobierno de la Segunda República en las operaciones de los Aliados, carecen de la más mínima importancia, que a nadie parece interesarle si hubo soldados republicanos españoles desfilando en París bajo el Arco del Triunfo exhibiendo -con verdadero motivo y por muy buenas razones- su bandera tricolor junto a las de los demás ejércitos aliados contra Hitler. Muchos de ellos estados sin territorio real en esos momentos, invadido por los nazis o sus aliados. Exactamente como ocurría en el caso de la Segunda República española.

De hecho, sólo “Público” hizo mención a esos hechos históricos, publicando una foto sobre una instalación de arte en la playa “Omaha” en Normandia que pretendía recordar a los soldados caídos en las primeras oleadas de la “Operación Overlord” aquel 6 de junio de 1944. Para el resto de la prensa escrita y los medios audiovisuales, el hecho no existía -puesto que no se ha recordado-. Ni el desembarco del “Día-D”, ni, por supuesto, la presencia en él de hombres que comenzaron combatiendo del lado de su gobierno legítimo -el de la república española- en el año 1936, y acabaron esa sucesión de guerras contra el Fascismo entrando en  Berlín en el año 1945…

Paradójicamente el espacio que se podría haber dedicado a estas cuestiones en las habituales cajas de resonancia de la opinión pública más allá de Internet, se destinó a lo largo de esos días -antes y después de este 6 de junio- a hablar del diccionario biográfico de la Real Academia de la Historia y, en menor medida, a la cuestión de qué se hacia con uno de los últimos monumentos de corte fascista presentes en la geografía de una Europa que, se supone, había acabado con esa ideología en el año 1945, después de ese desembarco -con soldados de la república española incluidos- que ahora ha pasado tan chocantemente desapercibido. No otro que el monasterio del Valle de los Caídos, cerca de Madrid.

El tono general de las polémicas en torno al diccionario y a la “desnazificación” -llamémosla así- del mausoleo de Franco, ha sido elevado, agrio, casi feroz.

Por parte de los medios alineados con lo que podríamos llamar “la izquierda” ha habido escándalo por el modo en el que historiadores como Gonzalo Anes -presidente de la Real Academia de la Historia- o Luis Suárez Fernández -autor de la supuesta biografía de Francisco Franco origen de la polémica- se han atrevido a sostener y no enmendar su insostenible postura acerca de la falta de profesionalidad -más que evidente- que predominaba en muchas partes de un, por otra parte, encomiable diccionario biográfico español.

Esos medios se han escandalizado aún más cuando los comentaristas de la llamada “derecha mediática” han aplaudido, comprendido, incluso jaleado, a Anes, a Suárez y a algunos otros contribuyentes a esa obra que, en ocasiones, carecen incluso de la licencia de historiador.

Esa actitud de escándalo ante esas descaradas irregularidades, por más que cuente con una más que benevolente comprensión por parte de los que escribimos esta revista, resulta, sin embargo, verdaderamente paradójica. Sobre todo cuando se contempla desde el punto de vista del historiador que ha seguido atentamente la evolución histórica de España durante, digamos, los últimos doscientos años y especialmente a partir de 1978.

En efecto, el propio desinterés de esos medios en trabajos como el que publicábamos en el número especial de “Los papeles de Pedro Morgan” este 6 de junio explica, en buena medida, que todavía hoy, en el año 2011, sea posible que exista un monumento como el Valle de los Caídos en su estado actual -poco menos el mismo que tenía en el año 1959, cuando fue inaugurado por la Dictadura- o, de rechazo, páginas como las que el diccionario biográfico de la RAH ha permitido dedicar a la figura de un general rebelde contra su propio gobierno como Francisco Franco.

En efecto, esas cosas no ocurren, como ningún otro hecho que pueda calificarse de “histórico”, de repente, de un momento a otro. Son fruto de un proceso que también debe calificarse como “histórico” porque se ha ido desarrollando a lo largo de varios años. En nuestro caso desde 1978 hasta la actualidad.

La llamada Transición, de cuyos errores ya hemos hablado en más de una ocasión en estas páginas, implicó un pacto de silencio sobre ciertas materias. De ahí se ha derivado un rechazo, casi patológico, al pasado reciente de España que, en el mejor de los casos, se ha visto como una anomalía histórica, incomprensible, llovida del cielo como una especie de plaga bíblica.

Es así que durante cerca de treinta y cinco años nada se ha hecho por reparar esa memoria, por asumirla de manera inteligente, con calma, obligando, aunque fuera poco a poco, a que los que llegaron al poder gracias a la ayuda de Hitler tuvieran la decencia y el sentido de Estado suficiente como para callarse y pasar a un segundo plano, asumiendo que, en efecto, los que perdieron la guerra -en 1945- fueron ellos y que sólo una serie de circunstancias peculiares -la Guerra Fría y la política de enfrentamiento de bloques- los mantuvo donde estaban hasta que la situación se volvió insostenible y exigió alguna clase de cambio, reclamado en aquella época por muchos.

Intentar hablar de hechos históricos capitales como los que hemos dado a conocer en gran parte de “Los papeles de Pedro Morgan” publicados este 6 de junio, en ese clima de debate tan espeso, enrarecido, timorato… ha sido -y sigue siendo- prácticamente imposible.

Muchos pensarán, como si aún estuviéramos en 1978, que qué necesidad hay de remover “todo aquello”, que eso es “Historia”, y que cuanto menos se agiten esas aguas estancadas tanto mejor para todos…

Cada cual, en una democracia, es muy dueño de tener la opinión que le parezca, incluso esa, pero también debería tener presente que esa estrategia del avestruz ante el pasado en el que se basa nuestro presente, tarde o temprano, acabará produciendo males muy similares a los que se deseaba evitar.

Y pos si hay alguna duda acerca de ello, invitamos a los que sostienen esas opiniones y actitudes a leer las entradas polémicas del diccionario biográfico de la RAH.

Es imposible, o poco menos que imposible, que el experimento que se inició en 1978 siga adelante -por más éxitos que se le puedan achacar hasta hoy-  sino se empieza a asumir una parte sustancial del pasado español como lo fue, por ejemplo, la lucha de los republicanos de ese país al lado de las fuerzas aliadas durante la Segunda Guerra Mundial

Hasta que esos hechos no se hayan divulgado convenientemente -del mismo modo en el que lo han sido otros- resulta verdaderamente absurdo oír el rasgar de vestiduras en ciertas cátedras, en distintos periódicos y medios de comunicación y entre algunos políticos cuando aparecen en el horizonte graves problemas como el de ciertas entradas del diccionario biográfico español de la RAH.

La labor de investigación sobre ese pasado negado, ocultado, ignorado, ya está hecha, como se puede leer libremente -por ejemplo- en “Los papeles de Pedro Morgan” de este 6 de junio. Ahora sólo hace falta que se hable de ella tanto como se ha hablado de los errores de Luis Suárez Fernández.

Hasta entonces,  por favor, eviten gestos airados pero vacuos que no nos llevan a ninguna parte de las que realmente necesitaríamos ir. Por ejemplo, a ver a soldados vestidos con el uniforme de los republicanos que lucharon con los Aliados -portando, quizás, la misma bandera que desfiló en los Campos Elíseos en 1944- y marchando en un acto de reparación simbólica hasta el Valle de los Caídos el día en el que las máximas autoridades del Estado lo inauguren como un Museo dedicado a instruir a un público lo más amplio posible sobre la guerra civil española y la Segunda Guerra Mundial.

Ese día, en contra de lo que se pueda temer, los acontecimientos de 1936 a 1939 serán, al fin, tan históricos como los que se desarrollaron entre 1939 y 1945 y se empezarán a evitar muchos de los problemas, fruto de una mala pedagogía de nuestra Historia, que han permitido, entre otras situaciones indeseables, la lamentable redacción de ciertas páginas de una obra tan necesaria como el diccionario biográfico español auspiciado por la RAH.

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