De la revolución enlatada a la revolución en ebullición. Breve crónica de una visita al campamento de los indignados de Sol

El historiador está acostumbrado a ver los acontecimientos con los que trabaja a través de un filtro de papel. Unas veces el de los libros de otros historiadores. Otra el de los documentos de los archivos que consulta.

Pocas veces los ve al natural. Podemos, de hecho, decir que todas las revoluciones que consumimos son “producto enlatado”. Bien en libros como “Los sans-culottes” de Albert Soboul -por poner un ejemplo-, el que George Rudé dedicó a la Europa de las revoluciones -por poner otro- o mediante documentos fechados, por ejemplo, con un desconocido y, hasta cierto punto, inquietante, calendario con nombres de meses como “Frimario”, “Vendimiario”, “Mesidor” o “Thermidor” y años que, en lugar de corresponder con el 1794 de la Era Cristiana -por seguir poniendo ejemplos- se cuentan, a partir del de 1789, como segundo, o tercero, o cuarto año… de la “República francesa una e indivisible”…

Así, un acontecimiento como el que se ha desarrollado en la Puerta del Sol de Madrid entre el 15 de mayo y los primeros días de junio de 2011, que ha recorrido el mundo entero gracias a los medios de comunicación, resulta cuando menos extraño para el historiador.

Lo primero que piensa es que no es cosa suya, que eso es algo propio del presente y, por tanto, asunto de colegas más o menos cercanos como los antropólogos, los sociólogos…

Después, recuperado de la primera sorpresa, algo le dice que también él puede involucrarse en una investigación sobre ese fenómeno, ya que en el edificio de la ciencia posmoderna las fronteras entre unas especialidades y otras se han desdibujado un tanto. Al fin y al cabo, existe eso que llaman “Historia del tiempo presente”…

Así, ya más animado, pensando que es una gran suerte tener al alcance de la mano algo que, en principio, parece el equivalente del París de 1789, se dirige hacia la Puerta del Sol con tiempo suficiente como para sacar algunos datos históricos de importancia -o eso cree él- antes de que se desmantele el teatro sobre el que se ha escenificado un acto más del largo drama que hemos vivido desde el 14 de julio de 1789 hasta hoy.

¿Cuál es la impresión que saca el historiador cuando entra en contacto con un hecho histórico al que puede hacer preguntas directas, al que puede calibrar, medir, observar, dibujar, fotografiar…?

Esa pregunta, ciertamente, no tiene una respuesta sencilla. Los acontecimientos vistos a través de un documento de archivo suelen ser complejos, pero cuando deben ser reconstruidos a través de una realidad que esta viva, que se transforma, que se altera a cada paso, las cosas son aún más complicadas. Evidentemente no es lo mismo una revolución enlatada, que una revolución todavía en ebullición.

En primer lugar, el historiador no puede evitar reconocer que lo que le asalta cuando está en el ojo del huracán de la nueva revolución, es un sentimiento de decepción. Bastante amargo porque él, al fin y al cabo, es parte de ese proceso histórico y se va a ver afectado directamente por el éxito o el fracaso de lo que ocurre en el kilómetro cero.

El campamento, aún visto bajo la mejor de las disposiciones, parece salido de alguna película postapocalíptica. Apenas es un montón de tenderetes formados con tablas y plásticos en los que la voluntad -de momento sólo la voluntad- de hacer algo se intenta expresar de manera balbuciente por medio de carteles más o menos ingeniosos o de buzones de sugerencias tan precarios como el resto de la instalación.

Evidentemente no nos encontramos, ni de lejos, con la ocupación de la Sala del Juego de la Pelota con la que empezó en 1789 la revolución que ha hecho al mundo tal y como hoy lo conocemos. Indignados incluidos.

La protesta parece, pues, tener un recorrido muy corto. Se ha limitado a ocupar un espacio central de una de las capitales de la Unión Europea con un tendido improvisado que recuerda, quizás muy oportunamente, a las “Hoovervilles” que surgen por toda la América de la Gran Depresión.

No parece haber nada más allá de ese acto de desafío, consentido por un gobierno que, evidentemente, nada tiene que ver con los de reyes del Antiguo Régimen como Luis XVI y prefiere dejar hacer a causar, con una carga indiscriminada, males mayores, quizás incluso víctimas, héroes y símbolos. Carga que, por otra parte, podría resultar perfectamente inútil dado que los movimientarios ya hablaban en esos momentos -el 4 de junio- de abandonar la Puerta del Sol por voluntad propia, reconociendo así que aquello no iba a ir mucho más lejos, que estaba realmente estancado.

De ese primer análisis, el historiador sale verdaderamente desilusionado. Naturalmente las revoluciones que surgen cuando la situación que se vive se torna intolerable para muchos, no se hacen en dos semanas, pero parece que la que había acampado en Sol no tiene muchas posibilidades de triunfar ni siquiera en años, y que más que la revolución que esperan muchos -incluido el propio historiador, que no está precisamente contento con el devenir que le rodea-, es algo que los movimientarios quieren que nos tomemos con mucha calma. Un planteamiento que casa realmente mal con la bandera de indignación que han hecho suya y con la poca paciencia que va quedando a unos ciudadanos cada vez más acosados por un sistema económico depredador y un sistema político inoperante, incoherente con los principios que dice defender.

La esperanza -algo de esperanza, al menos- sólo se recupera unos cientos de metros más allá de Sol, bajando en dirección a Opera y el Palacio Real, dejando atrás a una asediada estatua de Carlos III que, quizás, no se lo habría pensado dos veces -a pesar de su talante ilustrado y reformista- en disolver una manifestación así echando mano de sus fieles Dragones de Edimburgo o de otro de los muchos regimiento de élite del siglo XVIII español que tan bien quedan luego retratados en películas como “La misión”. Más o menos como lo hizo su primo Luis XVI pocos años después, desencadenando así la revolución de 1789.

Una vez rebasada la estatua ecuestre del rey que pasa por ser el mejor alcalde de todos los que ha tenido Madrid, dejando atrás la parte más baja del campamento, la “villa Quechua” donde se amontonan los que están allí sin ningún propósito -sin intención, siquiera, de participar en los trabajos de la asamblea- más allá de ese laberinto de tiendas de campaña, de confusión y de gente, el historiador se encuentra con un círculo de personas que parecen tomarse muy en serio la tarea de discutir y hacer propuestas de acción política, de plantear demandas de reforma que se deben hacer llegar a la clase política.

Se trata de gente de clase media -eso salta a la vista-, de ambos sexos y de edades que van desde el fin de la adolescencia -la más abundante- hasta la tercera edad.

El historiador sigue con interés este debate. Lo fotografía. Lo contempla desde todos los ángulos y trata de escuchar lo que, por turnos, van diciendo los que -sin que él sepa cómo o por qué- parecen estar autorizados a intervenir.

Una buena parte de las energías se van en discutir quién será el moderador del debate. Uno de los que toman la palabra, de fuerte acento extranjero -de matiz anglosajón-, protesta enérgicamente porque quieren asumir ese papel otros dos movimientarios a los que acusa de ser “policías de UP Y D”.

Los ánimos se calman rápidamente y la asamblea prosigue adelante. Surgen las primeras propuestas que se concretan en exigir que se den las condiciones legales para evitar que los cargos públicos se corrompan y dilapiden los fondos públicos. Una participante con la que más tarde podrá hablar el historiador para que le esclarezca el por qué de esta dispersión de asambleas más allá de Sol, sugiere que no puedan ejercerse cargos públicos de elección política más allá de dos legislaturas. De otro modo, argumenta, se crea una clase política que no tiene otro horizonte salvo el de seguir en esos puestos y aprovecharse de ellos. Alguien sugiere que los sueldos de los políticos sean “normales”…

Las propuestas parecen razonables, sin embargo, el historiador, como siempre, no puede evitar plantearse dudas: si los cargos están  limitados a dos legislaturas -es decir, ocho años-, los que los ejerzan ¿no se corromperán aún más rápidamente, aún más fácilmente, necesitados de “cubrirse las espaldas” para el momento en el que queden en una situación de paro que puede ser eterna teniendo en cuenta que llevan ocho años descolgados del mundo laboral? ¿Qué se entiende por un sueldo “normal” y quién es el que lo va a estipular? ¿Cómo se va a contabilizar el trabajo realizado en comisiones parlamentarias, plenos del Congreso, municipales, autonómicos, de Diputación, etc… para dotar económicamente a esos puestos de manera proporcional, haciendo que a alguien le compense dejar su trabajo habitual de abogado, médico, historiador…? ¿Qué requisitos académicos y laborales se van a exigir a la hora de poder acceder a un cargo público por elección?

De esas cuestiones escabrosas, pero inseparables del manejo político de sociedades complejas como lo son las nuestras, nada se dice en esa asamblea. Días después el historiador descubre, consternado, que un mes -y más- después de que el movimiento se ponga en marcha, éste no ha hecho ninguna propuesta de reforma política y económica que haya llegado al público y que circule de boca en boca, como en su día circuló el “Sentido común” de Thomas Paine -el panfleto que anima la revolución norteamericana de 1776, la misma a la que prestará su ayuda ese rey Carlos III en torno a cuya estatua se ha agrupado el campamento- o “¿Qué es el Tercer Estado?” de Emmanuel Sieyès, que hizo otro tanto en la revolución de 1789.

Esto sólo confirma lo que el historiador ha visto, ha medido, ha interrogado, ha dibujado, ha calibrado, en la Puerta del Sol y sus alrededores durante dos días.

La conclusión, a medida que pasan los días tras su visita y nada pasa, y todo se queda en asambleas multitudinarias que no deciden nada eficaz, nada concluyente, es que esta revolución -tan necesaria por otra parte- parece estancada. En vía muerta.

El historiador no puede evitar pensar que, quizás, sea mejor así.

El movimiento pide democracia y, sin embargo -el historiador lo ha podido ver con sus propios ojos-, parece tener mucha tendencia a basar la legitimidad, el derecho a intervenir en las asambleas, en un argumento tan propio de la Europa predemocrática, anterior a la revolución de 1789, como la antigüedad, la solera, con la que uno cuenta en el campamento del Sol, el tiempo que se lleva participando en esas asambleas y comisiones -de barrios, de respeto, de cultura…- cuyo sistema de elección y designación -¿por aclamación?, ¿por qué sí?- el movimiento no se ha esforzado mucho en explicar.

Es decir, en pocas palabras, parece que todo depende de que a mayor número de días pasados en Sol, mayores posibilidades de intervención en las asambleas. Justo como la nobleza de Antiguo Régimen, que basaba todos sus privilegios -incluidos la voz y el voto en las asambleas locales, que no eran precisamente democráticas- en el hecho de ser el poblador más antiguo de determinado territorio. En este caso el kilómetro cero.

Y no es el único renuncio democrático en el que se puede descubrir a parte de ese movimiento que promete lo que todos los demócratas de buena voluntad quieren.

Dentro de Sol, y aquí hay una foto que lo demuestra, el historiador -que algo sabe de esto- se estremece de horror al ver un espacio acotado, cerrado, vallado, en el cual un grupo de supuestos anarquistas -al menos han marcado su territorio con la “A” de Anarquía- indican que a ese sancta sanctorum revolucionario -¿también democrático?- sólo puede entrar lo que ellos llaman “personal autorizado”. Algo verdaderamente chocante estos anarquistas que hablan de “personal autorizado” que, como todos sabemos, es un adjetivo derivado de la palabra “autoridad”. Justo aquello que  el verdadero movimiento anarquista siempre ha luchado por destruir en aras de una mayor libertad para todos. Sorprende sí, que en el corazón de un campamento que exige más democracia, uno encuentre las mismas trabas que podría encontrar a las puertas del FMI, del despacho de un alcalde corrupto, de un Parlamento al uso dominado por una clase política que se ríe de sus propios votantes o los ignora -que es casi lo mismo- y ese largo etcétera que los movimientarios dicen combatir…

La ineficacia y la incompetencia que tanto crítica el movimiento como una de las taras de nuestro actual sistema, también parece bien instalada en su campamento de la Puerta del Sol. El historiador tuvo ocasión de comprobar como un movimientario completamente embriagado -concretamente de un humo bastante espeso extraído de las hojas secas de una planta de hojas lanceoladas- a la una menos cuarto de un día de labor, era el único que decidía quién iba a poder tomar parte en las asambleas y quién no…

Así las cosas, poco, al parecer, se puede esperar de esta revolución. Incluso acaba por resultar deseable que fracase, que se estrelle, cuando lo único que parece ofrecer es pensamiento débil -¿alguien cree, en serio, que por no tener líderes fijos se es más democrático?-, mala organización y las semillas de un totalitarismo de izquierdas enquistadas en su mismo origen.

De hecho, el historiador empieza a dar por buena la teoría que dice que el movimiento es, en realidad, un placebo, una válvula de escape teledirigida por poderes fácticos -los más interesados en que todo siga igual de mal- que, por medio de ese panorama de fracaso, de incapacidad de hacer nada, pretenden desencantar a todos los potenciales revolucionarios que realmente desean un cambio, demostrándoles que todo debe seguir como está ahora o que la alternativa son pequeños dictadores que usurpan las ideas revolucionarias de izquierda, fumetas que no saben donde tienen la mano derecha -o la cabeza- a las doce de la mañana, o jóvenes de mirada limpia que hablan y hablan pero no saben redactar -¡en todo un mes!- un sólo manifiesto revolucionario que sirva de bandera como en su día lo fueron los Derechos del Hombre y del Ciudadano en la Francia de 1789…

Más allá de eso, ¿qué queda?. Desde luego, ocurra lo que ocurra con el movimiento 15-M es muy probable que este proceso de insurgencia -ya sea realmente espontáneo o un placebo teledirigido por oscuras y poderosas manos que, en realidad, sólo quieren escenificar el fracaso de toda revolución- no se detendrá.

La presión de los poderes financieros va a continuar -su propia naturaleza, depredadora, lo hace inevitable- y de ahí surgirá una situación aún más crítica que la actual que, habida cuenta del precedente de Sol que -con todos sus fallos y con todas las dudas que suscita- ha tenido, al menos, la virtud de despertar conciencias, no tardará mucho en dar lugar a un  nuevo movimiento que no tendrá miedo de proponer lo que se debe proponer y exigir, por los medios que sean necesarios, lo que se debe exigir. Tal y como se hizo en París en 1789, o en Madrid en 1820.

Puede que muchos de los que se pongan tras esa nueva bandera -esta sí verdaderamente revolucionaria- provengan de los numerosos frustrados por las asambleas inocuas del 15-M, las que nada decidían, las que nada proponían, las que no tenían lideres, las que lo sabían todo y despreciaban la ayuda que ellas mismas habían solicitado a especialistas y profesionales.

El proceso histórico está en marcha. Cuando un sistema deja de garantizar estabilidad económica y otras recompensas a una gran parte de la población que administra, sencillamente se hunde porque cada vez son más los descontentos que nada tienen que perder, que no se pararán en barras, ni querrán limitarse a reunirse de vez en cuando en una asamblea -en un barrio de Madrid o en Sol, tanto da- donde no se toma ninguna decisión que, verdaderamente, sirva para resolver los problemas que devoran a sociedades enteras.

En momentos como esos, los que creen ser más demócratas por cambiar de líder cada cuarto de hora -sin elección democrática ni meritocracia alguna que se sepa, dicho sea de paso-, los que se limitan a levantar y agitar las manos en lugar de aplaudir -¡qué original!- ante una barrera de policía, serán dejados de lado por los que ya, de verdad, no pueden soportar más lo que lleva más de dos décadas siendo insoportable y para lo que los movimientarios no han encontrado solución alguna en dos meses de debates estériles que ya empiezan a cansar, a indignar, a muchos a los que les parece que la incompetencia de unos no es la solución a la incompetencia de otros y que la buena voluntad -de la que andan sobrados muchos de los movimientarios- tampoco va a resolver nada de lo que una mayoría cada vez más amplia quiere que se resuelva. Siquiera para poder seguir viviendo algo que merezca el nombre de vida.

Carlos Rilova Jericó

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