Editorial. Las revoluciones inesperadas.

El contenido de esta novena “Bitácora de Pedro Morgan” había sido elegido con antelación al día 15 de mayo, naturalmente.

El tema de “mayo del 68” estaba, pues, seleccionado para llenar sus páginas antes de que eclosionase este nuevo “mayo del 2011”.

Era tentador, muy tentador, hablar aquí, largo y tendido, de aquella otra convulsión que cumple ahora cuarenta y tres años justo el día 30 de mayo, justo cuando se cumple el aniversario del discurso del general De Gaulle que puso fin, en cierto modo, a aquella revolución.

Era, sí, tentador, muy tentador, hablar del mayo del 68 de París. Pero también de la primavera de Praga de ese mismo año, porque somos historiadores, al fin y al cabo, y no podemos olvidar que en aquellas fechas se cuestionaron todos los sistemas realmente existentes.

Desde el capitalismo de república burguesa bajo tutela militar más o menos consentida como un mal menor frente a los verdaderos golpistas -hablamos del, por entonces, denostado sistema gaullista en Francia-, hasta las descaradas dictaduras soviéticas que se rompieron por su eslabón más débil. En este caso la antigua república checoslovaca, cuya primavera fue destrozada bajo las cadenas de los tanques de aquel falso “Ejército rojo” enviado por Moscú a mantener en perfecto orden militar el “limes” más occidental de su imperio.

Teníamos material interesante para esa excursión histórica. De hecho, un documento que, realmente, merecía ser exhibido como muestra significativa de aquellos acontecimientos y, asimismo, como materia de reflexión -que nunca está de más- sobre lo frágiles que, a veces, son los conocimientos y el buen criterio de los historiadores.

Se trata, nada menos, que del número de marzo de ese año de 1968 de la revista “Miroir de l´Histoire”, que demuestra cómo los historiadores franceses -algunos de ellos, los más conspicuos, los más conocidos para el gran público a través de las revistas divulgativas- fueron incapaces de prever -o, al menos, de plasmarlo por escrito-, a un par de meses del famoso mayo del 68, la irrupción de ese descontento en la -aparentemente- bien encorsetada Francia del general De Gaulle y su régimen.

El mismo que fue declarado adelgazante por los irreverentes revolucionarios que tomaron París -y desde allí el resto del mundo civilizado- durante, al menos, una década que concluye con una sociedad más libre, más plena, más auténtica, más audaz, pero amenazada por la involución neoconservadora que hoy parece dispuesta a morir matando, amenazándonos con su consigna habitual de que sólo un sistema económico completamente absurdo -como se demuestra en cada crisis periódica que sufre-, es la única garantía de una vida libre, plena, auténtica… para todos y no sólo -como en realidad ocurre- para unos pocos privilegiados…

El resto del contenido de esta novena bitácora aún estaba en duda a partir de ahí, pero los acontecimientos, también bastante inesperados, del mayo de 2011 -esta vez con su epicentro situado en Madrid-, han terminado por convertir a este número de la revista en, prácticamente, un monográfico sobre revoluciones más o menos inesperadas al estilo de la de mayo del 68.

Ya dijimos en uno de nuestros editoriales anteriores, que España resultaba un país verdaderamente interesante para los que mayoritariamente estamos envueltos, desde hace años, en la tarea de estudiar y escribir la Historia de ese país.

Eso hoy, en mayo de 2011, vuelve a ser una verdad sólida como un bloque de granito.

En efecto, aquí y ahora, a causa de lo que quiera que esté ocurriendo en la Puerta del Sol, volvemos a estar otra vez en una situación que no se conocía en Europa desde el estallido de la revolución de 1820 con el pronunciamiento de Rafael de Riego contra la monarquía absoluta de Fernando VII.

Otra vez, como entonces -y a menos que el movimiento 15-M no sea lo que parece ser y se disuelva en la nada a partir del 23 de mayo-, desde España cunde uno de los peores ejemplos que se pueden imaginar en una Europa atemorizada y dominada por elementos tan conservadores como los que, en el Congreso de Viena de 1815, reorganizaron el continente y, de rechazo, el resto de Mundo tras encadenar a Napoleón Bonaparte en la isla de Elba. Un comité de soberanos que, aceptando de mayor o menor gana que había habido una revolución que lo había cambiado todo desde 1789, hicieron lo imposible  para evitar que eso tuviese alguna repercusión material en el modo en el que se gobernaba la pequeña península europea que dominaba ya el Mundo, material pero también intelectualmente. El pacto tácito era que sólo habría monarquía parlamentaria -sin sufragio universal ni siquiera masculino- en Inglaterra. El resto de potencias europeas seguirían, como antes de 1789, como antes de 1808, siendo gobernadas por reyes absolutos en mayor o menor grado.

Un acuerdo que quedó completamente trastocado con la revolución española de 1820, que comenzó a sembrar Europa de nuevas revoluciones. Al menos hasta que el Congreso de Viena decidió autorizar una intervención militar -solicitada por el propio Fernando VII-, destinada a frenar esas ansias revolucionarias -democratizadoras a medio y largo plazo- que incluso habían empezado a calar en el ejército francés. El mismo en el que hubo que realizar algunas ejecuciones -los llamados cuatro sargentos de La Rochelle- para demostrar quién seguía mandando en la Europa post-napoleónica y, lo que era más importante, en la que ya se consideraba, desde el Congreso de Viena,  como post-revolucionaria… Ese mismo ejército que ejecuta a sus disidentes liberales será el que posteriormente, en 1823, aplastaría, por órdenes más o menos directas de ese Congreso de Viena, al gobierno parlamentario español y, sobre todo, al mal ejemplo que estaba aventando en una Europa que, afortunadamente para nuestro actual modo de vida, no dio por terminado el ciclo revolucionario iniciado en 1789, que es el que ha marcado la Historia de Europa durante los siglos XIX y XX.

¿Se diluirá esta nueva revolución de 1820, toda esa indignación acampada en la  Puerta del Sol contra la actual contrarrevolución impuesta por los mercados, como si se tratase de una de esas campañas publicitarias pseudohippies, tan utilizadas últimamente  por algunas marcas comerciales?

¿O por el contrario se mantendrá, irá creciendo, pasando al resto de Europa hasta cerrar el círculo, llegando a la “última Thule” de la Unión Europea, a Islandia, dónde se ha encarcelado a quienes han creado la crisis en lugar de repercutirla sobre los que la han sufrido?

Si esto último llega a ocurrir, ¿podrá resistirlo un país con una democracia tan frágil como la española, asumiendo sin traumas graves -desde disturbios incontrolados hasta una nueva guerra civil- a esa ola de indignación que pide una democracia real ya, -una que no esté aherrojada por una de las leyes electorales más restrictivas actualmente en vigor-, a esa masa de indignados que exige desde un simple estado de la Unión Europea que se cambie el verdaderamente insufrible sistema económico que domina el Mundo?

La respuesta a preguntas como esas por parte de quienes apenas creen en el sistema político español tal y como salió -a trancas y barrancas- de la dictadura franquista, ya está planteada en las abrumadoramente numerosas tribunas de prensa controladas por ese peligroso estado de opinión llamado “derecha mediática”. En ellas se vuelve a ver conspiraciones judeomasónicas y contubernios de Munich por doquier, y se pide “ponerlos a trabajar con un pico y una pala” y manguerazos de agua a presión contra estos nuevos “yeyés” -así es como parecen verlos- que les están fastidiando, quizás, más de la cuenta con unas reivindicaciones que algunos de esos elementos -de maneras algo más suaves, tal vez un tanto paternalistas-, han calificado benévolamente de -cómo no- “populistas” y “pueriles”. Tirones de oreja con los que, sin embargo, no han logrado acallar los aullidos más furiosos de otros integrantes de esa “derecha mediática”, a quienes sólo les falta decir -porque podrían hacerlo sin ser perseguidos por la ley, porque muchos de ellos lo han estado repitiendo desde 1975-, que para esto no ganaron una guerra en el año 1939…

Hay, como vemos, suficiente base este mayo de 2011 para interrogar, una vez más, a la musa Clio y sacar algunas conclusiones sobre un presente impregnado -más, mucho más de lo que creemos- de un pasado del que deberíamos aprender algo.

Eso es lo que trataremos de hacer a través de una nueva opinión de Pedro Morgan que también girará sobre esta cuestión del “mayo español”, que aquí sólo dejamos esbozada, y del artículo de fondo -o más bien exposición de una única pieza- dedicado a la ingenuidad de unos historiadores franceses que no sabían que danzaban bajo un volcán dos meses antes de que floreciese aquel otro mayo del 68 hoy nuevamente tan invocado.

Para los estómagos más sensibles, para los que no tengan la cabeza para demasiados ruidos, no faltará en esta novena “Bitácora de Pedro Morgan” un nuevo episodio de “La sombra roja” en el que la acción se va acercando a su punto culminante. El que acabará en la batalla de la bahía de Getaria en el verano de 1638…

(Suscriben este Editorial Oihana Artetxe, Xabier Alberdi, Álvaro Aragón. Iosu Etxezarraga y Carlos Rilova  miembros del Comité de redacción de “La Bitácora de Pedro Morgan”)

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