“Bruselas tenemos un problema: España no ha superado la guerra civil”

Se nos dirá que el título de esta nueva opinión es una verdadera boutade. Incluso habrá quien diga que es una boutade y, además, de pésimo gusto. Sin embargo, aún reconociendo esas sensibilidades heridas, incluso ofreciendo a sus propietarios excusas de antemano, no nos queda más remedio que señalar que, desde el punto de vista del historiador, esa es la realidad ante la que nos encontramos. Mucho más hoy, a finales de mayo de 2011.

En efecto, los acontecimientos, tan controvertidos, desencadenados el 15 de ese mes y año, primero en la Puerta del Sol de Madrid y luego en muchas otras ciudades españolas, ha vuelto a poner de manifiesto, a través de los medios de comunicación, que la España salida de la Transición de 1978, en contra de lo que habitualmente se cree -o se quiere hacer creer-, a duras penas ha superado el trauma colectivo que la ha marcado durante los últimos setenta años.

En cuanto se han elevado voces de protesta que reclaman, según su propio eslogan, una democracia real ya, la conspicua “derecha mediática”, la que puede expresarse libremente sin hipotecas parlamentarias, sin vergüenza alguna, ha empezado a implementar un discurso que al historiador le suena de años, muchos años, atrás.

Tanto en radios como en televisiones como en tribunas de prensa, la opinión dominante en esos medios es que una nueva revolución bolchevique está en marcha, que los concentrados en la Puerta del Sol desde el 15 de mayo, son peligrosos agentes soviéticos expertos en agit-prop…

En esto no exageramos lo más mínimo. Esas palabras se han podido ver escritas en distintas cabeceras de prensa española  a lo largo de toda la semana del 15 al 22 de mayo de 2011, llevando así, evidentemente, la cuestión de esas protestas de marcado carácter anti-neoconservador al terreno de la Europa de los años 20 y 30 del siglo pasado. Los mismos en los que la URSS creaba, en efecto, departamentos de agit-prop destinados a hacer triunfar la revolución mundial. Al menos antes de que el camarada Stalín decidiera aniquilar esas veleidades trotskistas que tan mal casaban con su desmedida ambición por el poder, que hasta entonces -decían- había recaído en los soviets, y su personalidad paranoide, oportunista y más bien sanguinaria.

Naturalmente, estas salidas de tono que, a medida que amarillee el papel en el que se han escrito, se volverán -palabra de historiadores, que algo saben de estas cosas-  más y más ridículas, no tienen demasiado fundamento. Más allá de lo que pueda haber realmente alojado, o amalgamado, en las interioridades de un movimiento que no se sabe aún si sobrevivirá mucho más allá del 22 de mayo de 2011, sólo reflejan el pánico culturalmente aprendido -en familia, en casa…- de una determinada burguesía española que no parece haber superado el trauma de la guerra civil de 1936 a 1939 que ese sector social, por otra parte, tanto ayudó a provocar.

Cada cual es muy dueño de no poder, o no querer, controlar sus nervios, dando todavía por buenas, en el año 2011, exageraciones e infundios como los que se desprenden de la “Causa general” instruida, y aplicada durante cuarenta años, por un ejército triunfante de lo que su jefe principal, Francisco Franco Bahamonde, llamaba -nada menos- que “Cruzada contra el Comunismo”, y que, en acertada frase de sir Winston Churchill, ocupaba su propio país desde 1939 del modo en el que el ejército nazi ocupaba el resto de Europa -salvo Gran Bretaña- desde 1940. No será en estas páginas en las que se niegue que bajo algunas de las banderas del legítimo gobierno republicano se detuvo, fusiló -incluso torturó- a elementos de todo el espectro de la Derecha española de los años 30. Desde falangistas hasta simples sacerdotes -con o sin entrenamiento paramilitar-, pasando por representantes de lo que hoy llamaríamos “derecha civilizada”. Sin que faltasen simples ajustes de cuentas personales dignificados bajo las insignias de causas, como el Anarquismo, dignas de mejor suerte que la de amparar a matones incontrolados no muy diferentes a los mismos monstruos que decían combatir.

Sin embargo tampoco, y por las mismas razones, no será en estas páginas -las de una revista de Historia, al fin y al cabo- en las que se endose el argumento de que esos asesinatos que, por otra parte, como está bien comprobado, la República trató de detener en seco en cuanto recuperó los resortes de poder -justo al contrario que el llamado “Gobierno de Burgos”-, justifican la guerra civil y lo que vino después de ella.

Mucho menos que sirvan para sacar a relucir ese miedo colectivo empotrado en una parte no desdeñable de la sociedad española cada vez que, como ha ocurrido con el movimiento del 15 de mayo, se trata de cerrar en firme -y no en falso- el problema que quedó sin resolver en España desde el año 1936, pidiendo de paso -en un gesto que nos honra a todos los que tenemos pasaporte de esa nacionalidad- que el Mundo no se convierta en un infierno para el 75% de sus habitantes, sacrificados a un Behemoth financiero que nunca parece tener bastantes vidas para destrozar en provecho de un grupo de privilegiados cada vez más reducido y que, desgraciadamente, hace también cada vez más reales distopías como “1984” de George Orwell o “El talón de hierro” de Jack London.

Principalmente porque de argumentos como esos, que nada tienen que ver con la Historia como ciencia, se sigue que, en tanto se lean, oigan o vean cosas como las que se han dicho o escrito en determinados medios de comunicación españoles en esta última quincena del mes de mayo, evidentemente tendremos un grave problema -de profundas raíces históricas- que afectará, de rechazo, a toda la Unión Europea que ahora lucha por su propia supervivencia. La misma que, no lo olvidemos, surgió de un pacto para evitar la mutua destrucción asegurada a nivel mundial, al borde de la que se estuvo en el año 1945…

En efecto, en España, pese a mensajes triunfalistas como el que se dejaba exponer en “El País” del 7 de mayo de 2011 el periodista donostiarra  Javier Pradera, la llamada Transición ha dejado demasiadas cuestiones sin resolver de las que ya hemos hablado en “Bitácoras” anteriores y que ahora, al calor de la crisis del 2007, han eclosionado en mayo de 2011.

¿Qué pruebas pueden documentar esta afirmación? Eso es algo que no ofrece demasiado problema a cualquiera que se dedique profesionalmente al campo de la Historia. Por razones de espacio sólo citaremos dos. Una colección de relatos de ciencia-ficción del subgénero llamado “Ucronía” y una película que aún merodea por nuestras carteleras, titulada “No lo llames amor, llámalo X…”.

La colección de relatos, “Franco, una historia alternativa”, fue publicada ya hace años -aunque no tantos como se podría suponer- por editorial Minotauro. Concretamente en 2006, aprovechando, de eso no hay duda, el setenta aniversario del comienzo de la guerra civil.

Lo más llamativo de esta antología es que ni uno sólo de los relatos, ni los que se ciñen a la temática que insinúa el título -es decir, una Historia de España alternativa con Franco y la guerra civil como eje-, ni los que se colaron en ella de rondón, se permiten, ni por un sólo instante, en ningún caso, establecer una realidad histórica realmente  alternativa a la que conocemos. Una en la que la guerra civil española hubiera sido ganada por la Segunda República…

De hecho, y no deja de ser grave, hay alguno de ellos que parecen verdaderas apologías del Fascismo en su versión falangista. Es el caso de “Arquitectura fascista”, de Ramón Muñoz, en el que un joven madrileño -prototipo de la clase media que vive en el entorno del barrio de Salamanca-, encargado de cuidar de un octogenario José Antonio Primo de Rivera, aprende los principios de la acción directa -vía revólver en mano- cuando la ocasión requiere combatir a unos fantasmáticos agentes maoístas -llamados aquí “tinajeros”-, que no se sabe bien de dónde vienen ni adónde van, salvo que amenazan a una república, por supuesto, tremendamente débil. Un dudoso régimen que en el relato será sustituido por una monarquía que no se sabe tampoco muy bien si será de corte parlamentario o -más bien- del estilo de la de Carlos Hugo y el extraño partido carlista que realmente existió en la España de la Transición. Ese que pretendía crear una curiosa monarquía a medio camino entre las propias del Antiguo Régimen y el socialismo autogestionario…

Así las cosas, causa verdadera desazón comprobar que entre los infinitos relatos que se podrían haber escrito sobre esta cuestión -una realidad alternativa en la que la Segunda República hubiera ganado la guerra civil- no haya ni uno sólo en este libro en el que eso ocurra.

Así se confirma -y se acentúa- en “Franco, una historia alternativa”, una tendencia malsana que se inició con la Transición, cuando la relativa democratización permitió publicar otros textos ucrónicos como “El desfile de la victoria” de Fernando Díaz-Plaja o “En el día de hoy.” de Jesús Torbado. Obras que sí parten de una victoria republicana en 1939 y la abordan desde dos extremos opuestos del espectro ideológico -Díaz-Plaja desde la Derecha, no hay duda, y Torbado desde cierto izquierdismo-, viniendo a coincidir ambos, sin embargo, en un ramplón final común igual de inquietante que el que se desprende de “Franco, una historia alternativa”: la de que ni siquiera en el subgénero de la Ucronía la Segunda República es autorizada a ganar la guerra civil de manera sólida, viable y duradera…


Todos estos relatos muestran así la incapacidad de la España post-franquista de asumir, por su propio bien, aquel pasado republicano que, mal que bien, representó una etapa de gobierno democrático, homologable con la habitual en la Europa occidental posterior a 1945. Esa a cuya altura siempre se ha buscado estar al Sur de los Pirineos. Algo que, evidentemente, demuestra que España tiene un grave problema que, de rechazo, si las cosas van a peor -y eso suele ser muy fácil-, acabará repercutiendo, de un modo u otro, en una Unión Europea que podría quedar horrorosamente mutilada de llegar a sus últimas consecuencias esa especie de gangrena intelectual de la que la sociedad española no parece capaz de librarse desde hace treinta y cinco años.

Es la misma impresión que, en clave de comedia -más bien intranscendente-, se puede sacar en conclusión de “No lo llames amor, llámalo X…”.

La premisa de esta película estrenada hace apenas unas semanas, toma también la guerra civil española como eje: Un director de cine porno en sus peores horas -personales y profesionales-, decide jugarse el todo por el todo haciendo una película de este subgénero -“El Alzamiento Nacional”- que tenga como hilo conductor ese acontecimiento histórico.

La conclusión final a la que llega la película -después de toda una serie de equívocos tirando al chiste fácil y a un humor grueso que no eran de esperar en el equipo de “Que se mueran los feos“- es que una propuesta tan provocadora, la de reducir a porno de la más baja especie la guerra civil -incluidos personajes como Franco o el general Moscardó- pasará enteramente desapercibida en la España de hoy día. Y eso a pesar de que, añadiendo inverosimilitud a la inverosimilitud, el equipo de producción de “El Alzamiento Nacional” consigue hacer realidad el sueño del director de estrenar esta versión “X” de la guerra civil española  en plena Gran Vía…

Llegamos así a un verdadero absurdo cuyo mensaje, también ramplón a más no poder, es que la guerra civil ya no importa  a nadie en España, que ya no suscita ningún debate, ningún malestar, que es pasado muerto y enterrado. “Historia” en el más equivocado sentido de esa palabra, queriendo hacerla equivalente a “olvido” en lugar de al ejercicio de memoria que es, o debería, ser.

La realidad, como sabemos, es muy distinta. La eclosión de un movimiento con las pretensiones del acampado desde el 15 de mayo en la Puerta del Sol nos permite hacernos una pequeña idea de lo que todavía podría ocurrir si alguien hiciera lo que se hace en “No lo llames amor, llámalo X…”.

Que alguien no se dé cuenta de eso, que pretenda hacer pasar por buena esa versión idílica del pasado reciente de España, es un preocupante indicio -otro más-  de  que, en efecto, España no parece haber superado, digerido, metabolizado… los últimos setenta años de su propia Historia y está generando con ello un problema de difícil solución del que el campamento de la Puerta del Sol -y los que han surgido en otras ciudades españolas- son sólo un primer aviso. Problema al que, al fin, la clase política de ese país deberá enfrentarse haciéndose cargo de una tarea que lleva posponiendo demasiado tiempo para que esta pieza de la Unión Europea pueda seguir encajando en una maquinaria de la que depende una buena parte de la estabilidad del Mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial.

¿Existe alguna posibilidad de que esto sea así? El próximo 6 de junio, el día en el que se cumple otro aniversario más del “Día-D”, se publicará un número especial de “Los papeles de Pedro Morgan” dedicado a esas cuestiones, a la prolongación de la guerra civil española en la Segunda Guerra Mundial y al modo en el que ese gran problema histórico quedó sin resolver. De las reacciones que se desprendan ante esa reflexión científica de esa larga problemática histórica, hasta hoy pasada casi siempre – por sistema podríamos decir- por alto, podremos empezar a deducir conclusiones más apropiadas, quizás más certeras, de ese gran estancamiento histórico con el que, sorprendentemente, hemos convivido hasta hoy.  


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