Posh, “fresas”, en fin, pijos. Algunas notas sobre el origen histórico de una tribu urbana.

Existe cierto proverbio vasco que dice que todo lo que tiene nombre existe. Yendo un poco más allá de esa frase arcana, se podría afirmar que todo lo que existe tiene Historia. Incluso esa tribu urbana -aunque sería más adecuado hablar de clase o, tal vez, de segmento social- que en el español peninsular llamamos -quizás un tanto despectivamente- “pijos”. Y eso es así a pesar de que uno de sus grupos de música emblemáticos -Mecano- hizo famosa, allá por los años 80 del siglo XX, cierta tonada en la que su vocalista Ana Torroja se quejaba de cierto pesado “siempre pensando en el pasado”…

Así es, ese peculiar grupo social, representante del estrato superior de las sociedades occidentales o muy occidentalizadas, conocido bajo un número de nombres casi imposible de redactar (posh o preppies en Inglaterra y Estados Unidos, “fresas” en México, “cuicos” en Chile, “pelucones” en Ecuador, mauricinhos y patricinhas en Brasil, “chetos” en lugares donde sobreabundan tanto como Paraguay, Uruguay y, especialmente, Argentina y un largo etcétera que se puede consultar en el desopilante artículo que la inciclopedia.wikia.com les dedica) también tiene Historia.

En efecto, ese segmento social no ha surgido, en contra de lo que nos pueda parecer, o de lo que puedan creer los que militan en sus filas, de la nada. Hay, en efecto, toda una serie de hechos históricos que pueden ayudar a comprender, un poco mejor, a ese grupo social que, más allá de sus rasgos algo bufonescos, es, al fin y al cabo, el medio en el que se cooptan los dirigentes de todas esas sociedades y, por tanto, del Mundo.

Naturalmente todas las sociedades complejas, las que surgen de la llamada revolución neolítica, unos ocho mil años antes de nuestra Era, han estado caracterizadas por una división social, más o menos atenuada, entre propietarios y desposeídos.

Desde el momento en el que la riqueza deja de ser más o menos común, como ocurre habitualmente en las sociedades paleolíticas, aparecen esas diferencias, esa divisoria entre “unos” y “otros”, entre tener y no tener, que es sobre la que puede surgir y afirmarse un grupo social tan característico como el que nos ocupa en estas páginas. Por supuesto siempre situado en el número de aquellos que “tienen”, entre los que están por encima de la sal y no por debajo. Por aplicar aquí una expresión de la Inglaterra medieval que trazaba así una clara línea entre quienes tenían y quienes no tenían, quienes estaban más cerca de ese preciado -en la época- condimento y quienes quedaban más lejos de esa señal de poder, riqueza y distinción[1].

Sin embargo, el prototipo actual de nuestro objeto de estudio data -como muchas otras cosas de nuestro mundo- de una época mucho más cercana a nosotros. Concretamente de los años inmediatamente posteriores al estallido de la revolución francesa de 1789.

Muchos indicios, como vamos a ver, apuntan a que, en efecto, es de esa época de la que surge ese grupo de jóvenes que pertenecen -o pretenden simular que pertenecen- a una determinada élite, económicamente poderosa, social y políticamente influyente, dotados de unos gestos y maneras más o menos lánguidos, exagerados y de una manera de hablar muy peculiar, fácilmente reducible a una caricatura -véase por ejemplo, “El asombroso mundo de Pocholo y Borjamari” de Juan Cavestany- y una vestimenta también peculiar y que trata de demostrar su superioridad, su distinción dentro de la escala social.

Muchas de esas características -especialmente su pronunciación habitualmente descrita como “hablar con una patata en la boca” y la ropa exclusiva y de colores llamativos-, podrían considerarse, en realidad, fósiles de rasgos propios de los incroyables y las merveilleuses; es decir la llamada “Juventud dorada” que aparece en 1794 en la Francia posterior al período del Terror revolucionario como reacción a los excesos democráticos del partido jacobino, que ha perseguido implacablemente a la élite prerrevolucionaria personificada en la odiada aristocracia antiguoregimental.

Gran parte de su aspecto, especialmente el de los hombres -los incroyables-, estará consagrado a demostrar su rechazo a la revolución. Por ejemplo su peinado característico, con flequillos y largos bucles -reales o artificiales- que caen de los costados de la cabeza en forma, también característica, de “orejas de perro”, es todo un desafío a los peinados a lo Bruto con los que la revolución ha querido reivindicar a una idealizada Roma republicana -anterior al Imperio- en la que los tribunos de 1789 se quieren reflejar y justificar históricamente.

Los exagerados cuellos de las camisas de los incroyables, que prácticamente los envuelven hasta la boca, según se dice son también un desafío al sistema de ejecución instaurado por la revolución y, especialmente, por el sanguinario sistema del Terror. Tenían, de hecho, el aspecto de una verdadera coraza, que protegía hasta la exageración el cuello de quienes portaban esa clase de adorno, haciendo imposible -o, por lo menos, muy difícil- guillotinarlos.

Sus ropas, por otra parte, eran elaboradas, complejas, exageradas en los materiales, los colores, los tejidos… demostrando así el poder adquisitivo de sus dueños y marcando una clara diferencia con la sencillez de vestuario instaurada por el período pleno de la revolución que en esto -como ocurría con el peinado- buscaba también la sobriedad republicana. Ya fuera ésta fruto de un deseo de sacrificio personal, o producto de la necesidad económica. Como ocurría entre el principal enemigo de incroyables y merveilleuses: el proletariado “sans-culotte” que apenas puede vestirse con ropas ordinarias y resistentes.

Finalmente la peculiar forma de hablar de los incroyables y las merveilleuses -la característica más evidente hoy día en el segmento social de los llamados “pijos”- tenía también mucho de desafío a la revolución de 1789.

El origen de la peculiar costumbre de suprimir en todas las palabras que usaban la “r”, tiene diversas explicaciones, pero todas ellas son, en efecto, de tinte contrarrevolucionario.

Una de ellas sería que los incroyables tratarían así de burlarse con un odioso desdén racista del modo en el que hablan los negros, procedentes de las colonias caribeñas francesas, que, para su gusto, abundan en exceso en el París revolucionario. Tal y como lo representaba, con su característico sentido del humor, el novelista francés Daniel Picouly en su relato breve “Tête de nègre”[2].

Otra tesis apunta a que esa supresión obedecía al deseo de eliminar la letra por la que empieza una de las palabras más odiadas por ese exclusivo y elitista grupo social, que busca distinguirse de los demás, situarse por encima de ellos, por medio de peinados, ropa y formas de hablar. Es decir, la  “r” de revolución…

Esa es, quizás, la mejor conclusión que se puede dar a este breve artículo sobre el origen histórico de uno de los más característicos grupos de nuestras actuales élites sociales.

Parece así evidente que no hay tema en Historia que se pueda considerar superficial. Incluso, como acabamos de ver, los orígenes de lo que no parecen sino usos y costumbres ridículos, fácilmente caricaturizables, que, en realidad, serían muestras de una férrea voluntad de poder, que, todavía dos siglos después, se niega a aceptar, en lo básico, los avances democráticos propiciados por la revolución de 1789.

Y es que, aunque parezca obvio, resulta difícil negar que detrás de cada hecho del presente hay un fragmento -o dos- de Historia sin los cuales nunca comprenderemos bien el mundo en el que vivimos.

Ese sería el caso de, por ejemplo, saber en qué momento los posh, “fresas”, en fin, pijos, renunciaron a ejercer de manera explícita la violencia física contra sus oponentes más evidentes -el proletariado “sans-culotte”- por medio de otro de los elementos característicos de su, por lo demás, remilgado atuendo: el garrote lastrado de plomo que hoy aún subsiste, por desgracia, en manos de otra tribu urbana -los cabezas rapadas o neonazis- heredera de ese aspecto ideológico de la subcultura de los incroyables que sus otros herederos –posh, “fresas”, en fin, pijos- rechazan, limitando su violencia a lo verbal, lo gestual y, en fin, a una sutil cerrazón de la promoción social que se lleva a cabo sólo por medio de una difusa violencia sociológica de baja intensidad…[3]

Carlos Rilova Jericó

 


[1] En los años setenta del siglo XX el grupo de música folk británico Steeleye span recuperaría esa expresión, “Below the salt” para dar título a uno de sus mejores discos, dedicado, precisamente, a reconstruir diversas canciones de la Inglaterra medieval.

[2] Véase PICOULY, Daniel: Tête de nègre. Librio. Paris, 2006, pp. 13-17. Ciertamente no se trata tan sólo de una broma del característico estilo de Picouly. Louis Saurel, autor francés que tiene el dudoso honor de haber escrito una Historia de la revolución francesa bajo la ocupación nazi, señala que era necesario hablar como los “negritos” para ser considerado entre incroyables y merveilleuses. Véase SAUREL, Louis:  La révolution française. Fernand Nathan. Paris, 1941, p. 157.

[3] Sobre el asunto de los bastones lastrados con plomo, puede resultar de interés  la obra ya mencionada de  Louis Saurel. Tanto por los interesantes testimonios gráficos que adjunta, como por el hecho de que el texto está escrito bajo el poder nazi. El mismo que desean emular los herederos más violentos del legado incroyable.  SAUREL: La révolution  française, pp. 155-157.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Rilova Jericó, C. y etiquetada , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s