La sombra roja. Cuarto Capítulo

Esta sección que inauguramos con este primer número de “Los papeles de Pedro Morgan” tiene un objetivo fundamental a pesar del espacio relativamente escaso que ocupará tanto en sus páginas como en las de “La Bitácora de Pedro Morgan“. Como historiadores en activo hemos podido constatar durante los últimos quince años -más o menos los que vienen a coincidir con el período en el que una gran parte de nuestra redacción ha desarrollado sus carreras de investigadores- la progresiva degradación de los conocimientos históricos que ha ido calando entre el público que podría, o debería, al menos potencialmente, leer Historia.

Creemos que hay un gran culpable de esa situación, indeseable profesionalmente e incluso alarmante a nivel social. Se trata de la publicación de supuestas novelas históricas por una industria editorial carente de criterios, en el mejor de los casos, y, en el peor, enteramente vendida a un lucro fácil y barato o al fomento de una ideología política involucionista y reaccionaria que parece estar fundamentalmente a disgusto con la actual situación en la que, entre otros rasgos de democratización, los méritos personales de individuos de las clase baja y media, ajenos a determinados círculos de poder, han facilitado a éstos obtener títulos académicos arrebatando la exclusiva del conocimiento a unas élites por otra parte bastante anquilosadas y mantenidas artificialmente con vida durante cuarenta años por un régimen fundamentalmente oprobioso como lo fue la dictadura franquista, incapaz hasta de sostener las bases ideológicas sobre las que decía haberse fundado a un alto precio, pagado a sangre y fuego.

Eso se ha traducido en un rápido desaprendizaje de nuestra Historia, creando un discurso estereotipado y falseado, heredero directo de mentes tan obtusas e interesadas como la de Antonio Cánovas del Castillo o las que medraron durante la larga travesía del desierto franquista. Las consecuencias de esa falsa Historia convertida en realidad por medio de determinadas novelas con la pretensión de ser adjetivadas como “históricas”, ya se han descrito con profusión de detalles en gran parte de los contenidos del número de diciembre de 2010 de “La Bitácora de Pedro Morgan”.

Naturalmente no podemos permanecer cruzados de brazos ante ese proceso de degradación que destruye al mismo tiempo, y a gran velocidad, tanto nuestro terreno profesional como aquel en el que podemos ejercer nuestros derechos civiles como ciudadanos.

Creemos por tanto que es preciso crear, aunque sea por medio de este mecanismo de emergencia, una plataforma en la que se puedan expresar relatos de corte histórico completamente ajenos a los canónes fundamentalmente involucionistas impuestos por esa industria editorial que no presagian horizontes muy halagüeños para ningún historiador de los que ejercen a fecha de hoy entre el Bidasoa y el Cabo de Gata.

Comenzaremos por ocupar este espacio que creemos fundamental e irrenunciable con un relato ambientado en la fase inicial de la Guerra francoespañola declarada en el año 1635, “La sombra roja”.

En sucesivas entregas uno de nuestros redactores, el doctor Carlos Rilova -ya veterano en el manejo de este tipo de artefactos de difusión cultural-, tratará de mostrarnos esa fase final de la llamada Guerra de los Treinta Años en su verdadero contexto europeo, alejando su explicación literaria de este conflicto de falsos tópicos como el de una supuesta “decadencia española” y situándolo en sus correctas coordenadas históricas. Es decir, las de una guerra que, en definitiva, no fue sino un episodio más de la larga lucha entre las dinastías Borbón y Austria que sólo acabará, sin una victoria clara -como ha sido habitual en todas las guerras entre potencias europeas hasta el año 1945- cuando la casa Borbón sea extinguida en Francia tras la revolución de 1789.

Los lectores encontrarán en “La sombra roja” todos los elementos propios de la novela por entregas, de los relatos de capa y espada, pero también Historia. Basada en hechos y personajes reales, extraídos de años de investigación de campo que en nada coinciden con las fantasmagorías imaginadas por quien, como Cánovas, a mediados del siglo XIX, sólo buscaba justificar una carrera de político profesional con una falsificación de los hechos históricos que, por nuestro bien, no deberíamos seguir aceptando.

LA SOMBRA ROJA IV

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