Editorial. Fukushima mon amour. La lógica del sistema.

Los historiadores, se interesan no sólo por el pasado sino también por el presente y, especialmente, por todo lo que tiene aroma de futuro, como bien lo sabían algunos de los maestros fundadores de la Nueva Historia francesa, que ha acabado siendo la Historia profesional de todo el mundo civilizado.

Eso es algo que se deja notar en este nuevo número de “La Bitácora de Pedro Morgan”.

En él los lectores podrán encontrar, aparte de este editorial que, como su título indica, gira en torno al accidente de la central nuclear de Fukushima, una nueva opinión de Pedro Morgan que vuelve a reflexionar sobre las guerras coloniales como ocurría en nuestro número anterior, pero abordando esa cuestión desde la perspectiva de la cantidad de información que a ese respecto puede obtener el gran público a partir de una película que nadie dudará -de momento al menos- en calificar como “de ciencia-ficción”.

Quizás lo más ligado en este nuevo número de “La Bitácora de Pedro Morgan” a la Historia -tal y como habitualmente se entiende- sean las dos nuevas aportaciones que hace a él uno de nuestros redactores más conspicuos, el doctor Carlos Rilova, con una nueva entrega de “La sombra roja” y con su artículo dedicado a seguir las huellas del origen histórico de una tribu urbana -si así podemos llamarla- tan peculiar como la de los “fresas” -según el argot mexicano- o “pijos”, según la denominación más habitual en el español de este lado del Atlántico.

Sin embargo, por extraña que parezca esta intromisión de “La Bitácora de Pedro Morgan” en territorios, en principio, fuera del mundo de la Historia, lo cierto es que hay hechos del presente frente a los que nos parece sensato decir algo, aportar una opinión formada sobre nuestros conocimientos. Ese sería el caso del grave accidente de la central nuclear de Fukushima tras el devastador tsunami de hace unas semanas y el terremoto que le siguió, que, por otra parte, es, o lo será muy pronto, uno de esos acontecimientos que habitualmente llamamos “históricos”.

En efecto, el proceso, la forma en la que se está afrontando esa grave crisis que puede afectarnos a corto o a medio plazo a todos los habitantes de este planeta, es fruto de un proceso histórico muy característico. De hecho, se puede afirmar que el peligro creciente que estamos sufriendo por el modo en el que se ha gestionado ese accidente, no estaría teniendo lugar de haber sido otras las circunstancias históricas que han dado lugar al Japón de hoy día. Algo de lo que, evidentemente, somos los historiadores los más capacitados para hablar…

En efecto, el Japón actual es una peculiar sociedad capitalista -un ejemplo más de eso que Immanuel Wallerstein llamaba “El moderno sistema mundial”, iniciado en el siglo XVI- surgida a partir de la llamada “revolución Meiji”, que impuso la occidentalización forzosa, por orden imperial, de Japón, superponiendo así las estructuras del Capitalismo europeo de mediados del siglo XIX a una estructura feudal anquilosada desde mediados del siglo XVII.

Se trata de una historia suficientemente conocida y popularizada a través de películas que van desde “La geisha y el bárbaro” hasta la reciente “El último samurai”, pasando por “55 días en Pekín” o, desde la perspectiva enteramente nipona de mediados del siglo XX, “La batalla del Mar de Japón”.

Esa modernización forzosa, impuesta por el emperador Meiji en 1868, a pesar de haber permitido sobrevivir muchas peculiaridades visibles en el Japón que todavía se encuentran en 1945 las tropas de ocupación estadounidenses -como lo demuestra el magnífico tratado de la antropóloga Ruth Benedict, “El crisantemo y la espada”-, triunfó completamente, dejando a ese país que nos ha sumido en una grave crisis nuclear perfectamente imbuido por la lógica del sistema que hoy domina el Mundo. El mismo que según Wallerstein empezó a desarrollarse tras el descubrimiento de América. Ese que describió con tanto acierto otro sociólogo, el alemán Werner Sombart, en su estudio ”El burgués” como aquel que sólo tiene un objetivo, un único eje: obtener el máximo beneficio con el mínimo gasto. Lo cual no significa con el mínimo riesgo para muchos seres humanos que, en esa contabilidad perversa, resultan prescindibles, sacrificables.

Es esa la principal razón por la que se ha retrasado, una y otra vez, la decisión de dar por completamente inutilizado un conjunto de reactores que la empresa propietaria de Fukushima debería haber encofrado en cemento armado desde los primeros momentos en los que se determinó que los daños sufridos por el tsunami eran irreversibles. La esperanza de volver a reutilizarlos, de continuar amortizando la inversión realizada en su día al erigir esa central energética -una lógica perfectamente capitalista-, ha sido, no lo duden, el único motivo por el cual se ha permitido que Fukushima haya entrado ya en la Historia como uno de los principales desastres nucleares junto al de la Isla de las Tres Millas en Estados Unidos o el de la central soviética de Chernóbil que ahora cumple veinticinco años y que, por cierto, fue manejado de un modo no muy distinto al de Fukushima, dejándonos así materia para futuras reflexiones sobre la verdadera naturaleza de aquel sistema.

Lo demás, los operarios que se han sacrificado como verdaderos samuráis a una sola orden de su señor feudal, arrojándose a las fauces de los reactores dañados, o las disculpas ofrecidas por los responsables de la empresa propietaria, son sólo las pocas reminiscencias del Japón Tokugawa que sobrevivieron -quién sabe por qué- a la revolución Meiji y a la derrota japonesa de 1945. Nada, en cualquier caso, que incomode a la lógica ilógica de un sistema capaz de todo con tal de continuar obteniendo beneficios. Hasta el punto de pagar supuestos tratados científicos como el titulado en lengua española “¿Energía o extinción?”, que en 1977 insistía en que la Humanidad -especialmente nuestras democracias occidentales- no sobreviviría sin energía nuclear. Algo más que dudoso hoy día, cuando encendemos la pantalla de nuestros televisores y vemos las siniestras nubes de vapor radiactivo de Fukushima elevándose hacia la atmósfera, hacia las corrientes de aire que las dispersarán por las cuatro esquinas del Mundo que buscaban los navegantes del siglo XVI, cuando el moderno sistema mundial en el que aún vivimos, el que engendró esa misma lógica letal, empezó a ser una realidad…

(Suscriben este Editorial Iosu Etxezarraga, Carlos Rilova y Oihana Artetxe miembros del Comité de redacción de “La Bitácora de Pedro Morgan”)

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Comité de Redacción y etiquetada , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s