Contra un enemigo superior e implacable. Nuevas reflexiones sobre las guerras coloniales.

La película “Invasión a la Tierra”, dirigida por Jonathan Liebesman, lleva ya unas cuantas semanas en cartel en el momento en el que escribimos esta nueva opinión de Pedro Morgan. Eso, por sí sólo, ya merece algún tipo de interés  por parte del historiador, a pesar de que se trata de una película de ciencia-ficción…

¿Cuál es el por qué de ese interés que iría más allá del tiempo que esa película ha estado en cartel? Se trata, nada más, y nada menos, que del discurso en el que se ha basado esta producción, centrado, de manera explícita, en la cuestión de las guerras coloniales de las que, desde otra perspectiva, también nos ocupábamos en esta misma sección el mes pasado.  

Así es, “Invasión a la tierra” puede tener todos los fallos habituales en los repertorios de los críticos de cine. A saber: estética de videojuego, ultraviolencia gratuita y disimulada o atenuada -en ningún momento vemos graves mutilaciones en los combatientes “buenos”, sólo en sus enemigos extraterrestres-, grandilocuencia propia de una película de propaganda de guerra y así el largo etcétera que nos queramos imaginar.

Sin embargo, insistimos, hay en esta película, por difícil de creer que parezca, elementos valiosos para el historiador. De hecho, hay en ella cosas que la hacen parecer salida de la mente de algún director contracultural del “New cinema” de los sesenta y setenta del siglo pasado y no de la América actual. Esa que se busca, cuidadosamente, no manifestar un descontento demasiado revisionista a la política exterior de esa superpotencia que pueda recordar -ni de lejos- a las masivas protestas contra la Guerra de Vietnam en esas mismas décadas.

En efecto, la premisa de la que parte “Invasión a la tierra” es terriblemente turbadora para el que podríamos llamar “público bienpensante”. Al fin y al cabo el que todavía va al cine y hunde, o salva, producciones como éstas.

Echemos, pues, un vistazo atento a esa premisa: dentro de unos meses, en agosto del año 2011, lo que parece una inofensiva lluvia de meteoritos, se convierte en una invasión alienígena en toda regla. A pesar de que está dirigida a escala mundial, como muy hábilmente no lo deja olvidar J. Liebesman a lo largo de todo el metraje de “Invasión a la Tierra”, la acción se centra en el modo en el que se hace frente a esa amenaza en la ciudad californiana de Los Ángeles y, especialmente, en la forma en la que esa operación de guerra involucra a un grupo de marines que, precisamente, se estaban entrenando para reemplazar efectivos en la guerra de Irak…

A partir de ese punto vemos que la situación a la que esperaban enfrentarse esos soldados, algunos de ellos fuertemente traumatizados por sus experiencias en aquel frente -caso del principal protagonista, el sargento Nantz-, da la vuelta completamente.

Así, apacibles zonas de Los Ángeles -dentro de lo que cabe en una ciudad con un índice de criminalidad bastante poco discreto-, acaban convirtiéndose en escenarios de guerra prácticamente idénticos a los que se pueden ver en Irak a través de cualquiera de los telediarios que nos informan, de manera ya casi rutinaria, del fracaso de esa intervención militar de tintes colonialistas.

Vemos así Venice y el Lincoln Boulevard arrasados, reducidos a escombros por una fuerza de invasión que -como señala uno de los comentaristas invitados a opinar en los programas informativos que mantienen un hilo narrativo paralelo al eje principal de la película-, está masacrando a la población nativa -es decir, los terrícolas- a fin de poder colonizar su territorio, para apropiarse de un recurso escaso pero esencial para la civilización invasora. En este caso el agua en estado liquido que la Tierra posee en abundancia…

Evidentemente el paralelismo que establece “Invasión a la Tierra” entre Faluya, el Los Ángeles devastado de la película, el agua que está siendo bombeada a la flota de invasión hasta hacer bajar el nivel del mar y el petróleo iraquí es, sencillamente, vertiginoso y fuertemente provocador. Como decimos, hay en “Invasión a la tierra” más, mucho más, de lo que probablemente pueda digerir gran parte del público que vaya a ver una simple película “de acción”. Algo de lo que no anda precisamente escasa esa producción de Jonathan Liebesman.

En efecto, en esta película el público norteamericano en particular, y el de todo Occidente en general, se ve obligado a empatizar con cualquier pueblo, nación o territorio invadido por una potencia colonialista. Ahora los “iraquíes” somos nosotros. Ahora las calles del Lincoln Boulevard -y las de muchas otras ciudades próximas al mar- son un calco, exacto, hasta el último detalle, de Faluya o de cualquier otra ciudad de ese país, Irak, instalado sobre un océano de petróleo que, aunque no se mencione a menudo, una flota de invasión -o algo que se le parece bastante- está bombeando constantemente desde el año 2003 hasta la fecha de hoy. Ahora, las familias destrozadas, las vidas truncadas, los hombres laminados por una tecnología militar ligeramente superior, son los “nuestros”, “nuestros muchachos”, nuestros vecinos o gente que se les parece bastante. Como se ocupa de reflejarlo hábilmente -una vez más- Jonathan Liebesman en el variopinto grupo de civiles cuyo rescate es la misión encargada al grupo de marines protagonista de “Invasión a la Tierra”.

Esa sensación inquietante, explícita, de que los Estados Unidos, Occidente en general, están sufriendo en esa película, sofocante, intensa, abrumadora por el realismo de sus decorados y sus efectos, lo mismo que ellos han hecho sufrir a la población civil de determinados países, es constante a lo largo de todo el metraje de “Invasión a la tierra”.

Así, no hay recodo del camino, montón de ruinas, autopista destrozada, niños aterrorizados, compañeros masacrados en medio de emboscadas en las que no se puede ver nada a través del humo de las explosiones y los incendios, que no lo recuerde dolorosamente. Los Ángeles, Barcelona, Londres, Cherburgo…. son ahora Faluya, sometidas al fuego, abrumador, de una potencia que necesita desalojar a los “nativos”, barrerlos, aniquilarlos, para hacerse con los recursos que ambiciona y para cuyo control ha preparado una operación militar de una logística perfecta, que recuerda, y mucho, a la que vimos desplegar en todo Occidente ahora hace ocho años…

Incluso hay en “Invasión a la Tierra” guiños a esa cuestión tan inquietante plagados de un extraño humor negro. Como ocurre con la emboscada que el sargento Nantz tiende a una de las aeronaves de los extraterrestres, que entran en acción justo cuando los “nativos” aún creen que podrán repeler la invasión porque su enemigo sólo ha desplegado fuerzas de tierra, que han sido contenidas en la línea del Lincoln Boulevard.

En esa escena, cargada de amarga ironía por debajo de lo que sólo parece cine de acción al viejo estilo hollywoodiense -el teniente de la unidad lo recuerda explícitamente al decir al sargento que lo que ha hecho es “digno de John Wayne”-, vemos a Nantz atraer al artefacto volador de los extraterrestres por medio de las señales de radio de un “walkie-talkie” hasta un surtidor de gasolina, donde queda fuera de combate al estallar ese depósito con una granada que lanza el sargento. Allí, después de la explosión, Nantz constata, completamente abatido, que se enfrentan a un poder superior -uno que no sólo tiene apoyo aéreo, sino que, además, no necesita pilotos- al que sólo han derrotado momentáneamente gracias a haber hecho saltar por los aires un enorme depósito del liquido que ha llevado a Estados Unidos, y a gran parte de Occidente, a actuar del modo en el que lo están haciendo los alienígenas que protagonizan “Invasión a la Tierra”.

Más allá de esas complejidades inquietantes, o de guiños a las distintas versiones de “La guerra de los Mundos” de H. G. Wells, es cierto que “Invasión a la tierra” está cargada de un tono panfletario, patriotero incluso, y que sus personajes acaban convirtiéndose, en sus hechos y en sus gestos, en figurines planos cortados al burdo gusto del cine de propaganda de guerra. Algo especialmente notable en las escenas finales, en las que el puñado de valientes derrota, contra todo pronóstico, a los invasores al infiltrarse en sus líneas y destrozar su centro de control de vuelo; o bien en el momento en el que ese mismo grupo de héroes casi anónimos decide volver al frente sin apenas haber hecho otra cosa que informar someramente a sus oficiales y reponer munición.

Sin embargo, insistimos una vez más, esas aparentes bravuconadas no deben llevarnos a juzgar “Invasión a la tierra” como una película que sólo ofrece opio patriótico y tres hurras por el cuerpo de Marines de los Estados Unidos. Por el contrario el historiador no tiene más remedio que considerar que lo predominante en esta película es algo que ya habían descubierto los creadores del espectáculo para masas -es decir, los griegos clásicos-: la catarsis por medio de la cual, viendo representado en el escenario el mal que hacemos a otros, nos liberamos al conocernos mejor a nosotros mismos, al ser capaces de vernos desde fuera o en el lugar de nuestras víctimas.

Por encima de la mera acción adocenada eso es lo que hay en el metraje de “Invasión a la tierra”.

¿Es una mejor reflexión sobre los males del colonialismo de lo que lo puedan ser otras películas como “Tempestad sobre el Nilo” o “El hombre que pudo reinar”? Esa es una pregunta a la que cada cual deberá responder después de ver estas tres cintas y sacar sus propias conclusiones sobre el tema del Imperialismo colonial, que es lo que une a esas tres películas tan distintas entre ellas. La opinión de Pedro Morgan, la de los historiadores profesionales, no puede decir mucho más de lo que ya ha dicho al respecto en estas líneas.

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