Reflexiones sobre un grabado. ¿Cuánto hemos cambiado en un siglo y medio? De la guerra de Crimea a la de Libia (1854-2011).

La imagen que en distintos fragmentos ilustra esta nueva opinión de Pedro Morgan, es una pieza valiosa. No todos los días es fácil dar con una así. No al menos  si no se es un museo o una gran biblioteca.

Lo es no sólo porque es un grabado en color -eso sube su cotización en según qué mercados-, o porque data de 1853, o, incluso, porque tiene gracia todavía después de siglo y medio, porque la buena mano del dibujante ha sabido plasmar a los personajes en unas poses que resultan graciosas aunque no sepamos nada de la crisis que da lugar a la Guerra de Crimea a partir de 1854.

Es valiosa, sobre todo, como documento para el historiador, y para los que todavía tienen la buena idea de leer Historia.

Sí, esta viñeta es un documento tan importante como lo puede ser la memoria de más de un centenar de páginas que el general Juan Prim y Prats escribió sobre aquella guerra en la que participó en calidad de observador, enviado por el gobierno español en un viaje fascinante que apenas ha quedado esbozado en toda su magnitud en la magnífica biografía sobre este general escrita hace unos pocos años por el profesor Pere Anguera.

Así es, esta caricatura que hemos puesto ahora en la red a través de este nuevo número de “La Bitácora de Pedro Morgan”, nos cuenta muchas cosas sobre lo que ocurrió en el corazón de Europa hace un siglo y medio; lo mismo que ese fajo de papeles que se publicó, por suerte, en el año 1855, pero que no estaría nada mal volver a sacar a la luz en una edición anotada a día de hoy…

En efecto, a partir de esos dibujos malintencionados, como -según nos dice Valeriano Bozal, un especialista en el tema- lo son todos los que aparecen después de la revolución francesa, podemos empezar a saber cosas sobre esa crisis y las dudas que acabaron llevando al Segundo Imperio francés y a Gran Bretaña a una guerra contra Rusia, sobre todo, por el control del estrecho de los Dardanelos.

Así es, para empezar, en el lado izquierdo del grabado nos encontramos con un serio caballero -vestido a la última moda de mediados del XIX, con levita, pantalón hasta los tobillos, zapatos, y la característica chistera o sombrero de copa cubriendo su cabeza- que levanta los puños en una pose de púgil, de boxeador, muy propia del año 1854. A su lado, un oficial francés parece aguardar acontecimientos pero, sin duda, está dispuesto a respaldar al agresivo inglés que tiene a su mano derecha. El francés viste el característico uniforme que el Segundo Imperio, salido del golpe de estado de Napoleón III -sobrino del número I-, impondrá al esnobismo de los ejércitos de todo el Occidente que se quiere llamar a sí mismo “civilizado”. Especialmente a los ejércitos que combaten durante la Guerra de Secesión, que, en muchas ocasiones, parecen calcados -tanto el del Norte como el del Sur- a los figurines de Saint-Cyr, la Academia Militar francesa…

Frente a ellos, o mejor dicho entre ellos y las figuras que ocupan el lado derecho del grabado, hay una especie de forzudo de circo que, para aumentar más la comicidad de la escena, subrayando ese aspecto de espectáculo circense, hace equilibrios  con una puerta sobre su nariz…

Representa, de manera inequívoca para los habitantes de ese año de 1854, a Turquía, conocida en la época como “La Sublime Puerta” de acuerdo a las fórmulas protocolarias del Sultán que rige ese imperio que, como muchos otros, no sobrevivirá a la Primera Guerra Mundial con la que empieza el siglo XX.

Detrás de él hay un personaje con bastante mala intención que trata de hacer que el forzudo que representa a Turquía pierda el equilibrio, intentando que tropiece con la espada que lleva desenvainada en la mano. Es una figura muy emperifollada, que recuerda más a un personaje del primer imperio napoleónico en su uniforme, en su sombrero y, sobre todo, en las tropas en formación, que apenas esbozadas en el dibujo, esperan detrás de él.

Representa al emperador, al zar de todas las Rusias que, en efecto, trataba de hacer tropezar a Turquía en ese año de 1854 para que se viniera abajo y así él pudiera ampliar su imperio, afianzándolo sobre las rocas de los Dardanelos.

El emperador ruso, el real, fue casi tan malintencionado como el que se representa en esta caricatura. Para lograr que el imperio turco perdiera el equilibrio en el mundo también real -no dibujado- del año 1854, recurrió a toda clase de tretas. Así, por ejemplo, hizo lo imposible para que las llaves de los Santos Lugares pasasen a manos del clero ortodoxo destacado allí -enteramente bajo su control, como zar de Rusia- en detrimento del clero latino.

Eso ponía a Turquía -administradora de esos Santos Lugares, por antiguo derecho de conquista, tras el fin de las Cruzadas- en un verdadero aprieto ya que acceder a esa pretensión suponía desairar a las potencias occidentales y negarse a ella daba al zar de Rusia el pretexto que éste buscaba para declararle la guerra.

Esa era la situación que, por medio de finas ironías escritas y dibujadas, resumía, o trataba de resumir, el grabado que ilustra estas páginas.

Lo que pasó más allá de esa escena en la que se ha congelado la situación prebélica que acabará dando lugar a la Guerra de Crimea, fue la que era de esperar cuando alguien tiene sus puños levantados hacia un enemigo: que al final la amenaza de fuerza, el desafío que tal vez sólo pretendía  asustar al enemigo, se tuvo que convertir en algo real. Y así la dictadura napoleónica, la Gran Bretaña parlamentaria y, casi, la España también parlamentaria de Isabel II, se vieron metidas en una guerra a gran escala con una Rusia que no había dudado en invadir Turquía desde el Norte, empezando por unos pequeños principados semiindependientes que actuaban, más o menos, de estado-colchón entre los dos imperios, el del zar y el del Sultán de la Sublime Puerta.

El general Prim y los oficiales que lo acompañaban designados por el Estado Mayor español, echaron algo más que un vistazo a aquellas operaciones. De hecho, el Sultán y sus generales quedaron tan contentos de los consejos del general de Reus  que, aparte de agasajarle como el más alto de los dignatarios europeos venidos a tomar parte en esa guerra contra Rusia, le hicieron regalos verdaderamente espléndidos como un sable recamado en oro y cuajado de diamantes… Ese era el pago tanto a su innegable don de gentes, como a la victoria que obtuvo gracias a sus consejos sobre la disposición de baterías uno de los ejércitos turcos enviados a combatir al invasor ruso.

Prim se retirará de esta misión a causa de una nueva revolución en España en el año 1855. Nada, desde luego, que impida a toda una Brigada de la Caballería ligera británica marchar por lo que uno de sus poetas llamó el Valle de la Muerte, de cara a los cañones rusos que los masacrarán concienzudamente convirtiéndolos en un recuerdo inmortal… Sacrificio glorioso -aunque un tanto desmitificado por el nuevo cine de los años setenta, en “La última carga”- que, por otra parte, no acercó, ni mucho ni poco, la victoria a los rusos que, finalmente, deberán retirarse con la carga de unos planes enteramente frustrados a sus espaldas…

Así, por esta vez, el conflicto quedó controlado y no pasó a mayores. Apenas sesenta años después unas alianzas completamente distintas no lograrán evitar un nuevo conflicto en la zona y una masacre a gran escala entre rusos, turcos, ingleses, franceses y un nuevo interesado en la cuestión: el II Reich alemán.

Esos acontecimientos, también inmortalizados en un cine menos desmitificador -en “Gallipoli”, por ejemplo-, serán una parte importante de la que, con el tiempo, se llamará Primera Guerra Mundial…
Lo que hoy tenemos ante nuestros  ojos, casi al lado de nuestras casas, en Libia, no parece diferir mucho de la situación que provocó la Guerra de Crimea que vemos reflejada en esta caricatura. ¿O sí?

Recapitulemos: un lugar altamente estratégico para las potencias occidentales -que son todavía un peso pesado en la escena internacional-, el Magreb y el Oriente Póximo, se está viendo convulsionado primero por una serie de inesperadas revoluciones sociales -como no se habían visto desde los años sesenta del siglo XX, o incluso desde mediados del siglo XIX- que en unos casos están dando lugar a la caída de regímenes dictatoriales -o tan parecidos a una dictadura que apenas se nota la diferencia-, en otros a una situación de constante enfrentamiento entre esos gobiernos y las sociedades que los padecen acompañados de graves disturbios reprimidos con una brutalidad que nos remite a tiempos pasados, tal vez a la Europa de los años treinta del siglo pasado, o, en el caso más extremo -hasta ahora-, el de Libia, a lo que a fecha de hoy, 26 de marzo de 2011, empieza a tener características muy marcadas de guerra civil.

Una en la que, una vez más, se han involucrado las potencias occidentales por medio de una intervención, de momento, limitada a ataques aéreos que, por el momento, han evitado una aplastante victoria militar del coronel Gadafi y sus partidarios sobre la facción rebelde que se le enfrenta desde hace ya más de un mes con medios bastante desiguales.

Como en 1854, otra vez hemos visto a Gran Bretaña levantar los puños frente al matón de turno, y a Francia -la Francia de la Quinta República que, en ocasiones, recuerda mucho al Segundo Imperio, especialmente porque su presidente se esfuerza considerablemente en imitar el “modus operandi” de los Bonaparte- a su lado también otra vez.

España no ha andado tampoco esta vez muy lejos. De hecho, se ha implicado mucho más de lo que nunca soñó implicarse el general Prim en la Guerra de Crimea, enviando, sin vacilar, medios y tropas para ayudar a mantener a raya al coronel Gadafi.

De hecho, en cierto modo, Italia y España han intercambiado sus respectivos papeles entre la Guerra de Crimea y la de Libia.

Si en la de Crimea el embrión de Italia, el reino de Piamonte, se alineó claramente con los aliados en contra de Rusia, ahora se la ve vacilar. O al menos eso es lo que se deduce de la actitud de su presidente, Silvio Berlusconi, que, una vez más, parece no saber salir de uno de esos atolladeros en los que con tanta frecuencia se mete. En este caso, el de no aniquilar un régimen con el que tenía firmados comprometedores acuerdos. España, que no se atrevió a romper una neutralidad, de hecho, muy beligerante, como se trasluce, por ejemplo, en el papel del general Prim, en la Guerra de Crimea, se ha implicado en la actual con muchísima más claridad. De hecho, impulsando la acción decididamente, aunque con menos medios que las restantes potencias.

¿Qué más se puede decir de esta nueva guerra que en tantas cosas nos recuerda a otra de hace siglo y medio?

Pues poco más que eso, que aún  sin haber concluido la Guerra de Libia recuerda mucho a la de Crimea. No sólo por la similitud entre las potencias implicadas y por la actitud de las mismas que, más o menos, viene a coincidir -salvo detalles más o menos significativos, como es el caso de la actitud española- con aquello que satirizaba el grabado que ilustra estas páginas.

En efecto, no hay duda de que había una buena razón para emprender la guerra. Una causa justa. Como lo pudo ser en 1853 la defensa de Turquía frente a las amenazas y abusos que la Sublime Puerta recibe de Rusia. No hay duda también de que detrás de la actual causa justa -evitar una masacre de aquellos que han tenido el valor de enfrentarse abiertamente a Muhamar el Gadafi, darles la oportunidad de intentar, al menos, crear una democracia en Libia-, hay intereses tan materiales y tan interesados como los de Francia y Gran Bretaña en el año 1854, buscando desalojar a un incomodo competidor de los Dardanelos. No hay duda de que los aviones de la alianza están tratando de situar en la mejor posición posible a las potencias occidentales en ese territorio más que estratégico vital por sus inmensos recursos -tan próximos a Europa- de gas y petróleo. Pensar otra cosa sería pecar de una ingenuidad que ningún historiador profesional -como es el caso de los que hacemos estas páginas- debe permitirse… Más tarde o más temprano los hechos harán que ese fin tan material, tan poco altruista, quede en evidencia.

De esos cálculos, como vemos, tan parecidos a los que se hicieron en 1854, es de donde ha salido también esta nueva guerra oriental. Del deseo de obtener una serie de ventajas -para empezar evitar perder el control en mitad de este inesperado caos libertario, situarse en los puestos de cabeza de la nueva situación a la que darán lugar estas revoluciones conocidas ya como la “Primavera árabe”, sea esta la que sea- al tiempo que se defiende al que parece el partido más débil que, en este caso, además parece querer alinearse con las democracias occidentales en todo, dotando a Libia de un sistema similar al que disfrutamos en Europa y, en general, en todo Occidente. Según se deduce -o se ha querido deducir- de las declaraciones de los que se han lanzado a la calle para derrocar regímenes como el del coronel Gadafi…

Ese aparente altruismo, el de querer extender las bondades de la democracia occidental a todo el mundo, ¿podrá sobrevivir al hecho, cierto, de que las mismas potencias que ahora bombardean a Muhamar el Gadafi lo toleraron hasta hace poco y siempre han preferido tolerar a tiranos como él con tal de que la estabilidad en sus estratégicos -por una u otra razón- países se mantuviera?

El tiempo lo dirá, evidentemente, pero es más que dudoso. Nada parece, desde luego, augurar que una verdadera conversión al Humanitarismo más límpido se haya operado, o esté a punto de operarse, entre quienes, todavía hoy, dirigen los destinos del Mundo.

Eso, sólo para empezar, exigiría que nuestro actual sistema económico -sencillamente de tipo depredador- fuera declarado fuera de la ley en Occidente, se optase por políticas económicas de crecimiento cero y se dejase así de vivir en la opulencia -como hasta ahora se ha hecho- a costa de esquilmar los recursos energéticos y de otro tipo de países como Libia llegando a interesantes acuerdos con la misma clase individuos que ahora son cuestionados por sus propios pueblos o bombardeados por una coalición de potencias mayoritariamente occidentales .

Es evidente que ninguna de esas medidas se ha tomado, ni parece que se vaya a tomar. La conclusión que de ahí sale es obvia: seguimos estando, en lo sustancial, donde estaban esos personajes que vemos en el grabado que ilustra esas páginas. No ha habido cambios de importancia entre nuestro mundo y el suyo.

La mala imagen de España a nivel internacional tampoco parece haberse modificado mucho por esta decidida intervención. Casi parece poder percibirse la desconfianza del Alto Mando aliado frente a un país que hasta hace muy poco se ha calificado de PIG por los mismos  -o casi- a  los que ahora se ofrece una exhibición de músculo militar.

Esto se debe a que ese tipo de alardes sirven dan para bastante poco cuando se ha tolerado la persistencia de una mala imagen internacional que data de la dictadura franquista. La abrumadora opinión -por número, ruido y tamaño empresarial- de la llamada “derecha mediática” española sobre el significado y el alcance de la guerra de Libia -por supuesto negativa ya que es una guerra declarada por un gobierno para ella ilegitimo por principio, por no ser de su sintonía ideológica- es la mejor prueba de que hasta que no se desacredite a los desacreditadores autóctonos, da absolutamente igual lo que se haga fuera de España. Sea por una causa justa y buena o por los intereses más filibusteros que se pueda imaginar. O, incluso por una mezcla de ambas cosas.

En tanto en cuanto esa “derecha mediática” conserve su abrumadora superioridad en los medios de este país, nada se podrá esperar a ese respecto salvo escuchar gritos de revancha -como los que ahora se escuchan- y zafios lugares comunes que hunden sus raíces en una malsana admiración -por supuesto inconfesada- por volver a la España -totalmente inviable- del año 1959, sumida en la Dictadura, la Autarquía y un Plan de Estabilización que tuvo que ser diseñado por, entre otros, un economista republicano al que se le perdonó la vida y el exilio a fin de que sacase del embrollo al país.

Así, es de esperar -y también de lamentar- que la guerra de Libia parece ir a ser perfectamente inútil para este país como operación de prestigio internacional. Esperemos que, al menos, sirva para ayudar a salvar a los que, dicen, quieren una democracia en ese país.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Opinión de Pedro Morgan y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s