Editorial. Las guerras de los otros. De Crimea a Libia.

En este mes de marzo de 2011 que ahora acaba, volvemos a encontrarnos en una situación que se ha repetido bastantes veces desde mediados del siglo XIX en adelante, cuando la revolución industrial empezó a hacer las guerras cada vez más temibles y, al mismo tiempo, de manera bastante irónica, más y más frecuentes, para asegurar mercados, fuentes de materias primas, de energía…

Empezó entonces este juego del ratón y el gato que hemos vuelto a vivir en las últimas semanas con respecto a la cuestión de Libia.

Hemos podido ver que nadie en las altas esferas de Occidente, en las que se toman las decisiones, quiere lo que en esos medios se llama piadosamente una “grave desestabilización”, y en el mundo real se traduce en muertos, heridos, mutilados, exiliados, emigraciones masivas y todo lo que un telediario medio nos puede ofrecer -y, de hecho, nos ha ofrecido a lo largo de este mes- a la hora de la comida.

Parece que en esos medios siempre resulta preferible pagar esos costes que, al fin y al cabo suelen correr a cuenta de otros, y soportar gobiernos dictatoriales y cleptocracias siempre y cuando mantengan abiertas las espitas de todo lo que es necesario para que la maquinaria que mueve nuestras sociedades siga funcionando.

El poder establecido, aunque suene obvio, tiende a ser conservador y por eso da la impresión de no moverse o de moverse muy poco, apenas de manera perceptible para un ojo humano normal… Es evidente que ese poder establecido en las potencias occidentales teme que cualquier paso en falso pueda provocar un enfrentamiento mucho mayor con la entrada en liza de otras potencias -europeas o no-, dándose así una generalización de un conflicto como el que ahora vemos en Libia, tan estratégica por su petróleo y su gas, por su situación justo frente al flanco Sur de la Unión Europea…

Se plantea así otra vez el dilema, ya viejo, que se planteó en casi esa misma Europa, por ejemplo, con la Guerra de Crimea, o con la que unificaría Italia, o con la que decidiría si en lo que ahora son los Estados Unidos ganaban los esclavistas o los abolicionistas, el Norte o el Sur, el mundo de la revolución industrial frente al de la economía agrícola de plantación, o, también, con las guerras carlistas españolas. Especialmente con la primera, la de 1833 a 1839, y la última, la de 1873 a 1876.

En todos esos conflictos había buenas razones para intervenir a favor de uno de los contendientes, que bien podía ser el más débil. Tanto por razones aparentemente justicieras como -bajo ese disfraz incluso- mucho más interesadas. Es lo que ocurrió por ejemplo con la llegada de las llamadas legiones extranjeras a España durante la Primera Guerra Carlista. Los británicos y los franceses, los dos regidos por monarquías constitucionales, liberales, se sienten, al fin, obligados a apoyar a ese mismo partido en España, frente a los que quieren la vuelta de un monarca absoluto… sin embargo las naciones que aún siguen fieles a ese modelo de gestión -Austria, Rusia, Prusia…-, el mismo que los británicos y franceses también habían jurado defender en el Congreso de Viena de 1815, no pueden ver esa intervención con buenos ojos. ¿Se atreverían a mandar sus propios cuerpos expedicionarios a favor de los reaccionarios carlistas? Es con ese temor con el que los Parlamentos francés y británico toman la decisión de enviar a sus tropas a apoyar la causa liberal en España…

En Crimea ocurrió otro tanto. Durante un año, entre 1854 y 1855, Gran Bretaña y el Segundo Imperio francés se resisten a intervenir para defender a Turquía de una agresión injusta por parte de Rusia, que de ese modo pretendía controlar el estrecho de los Dardanelos… Al final, ambas potencias decidieron enfrentarse a los rusos. Era demasiado injusto permitir que Turquía fuera pisoteada de ese modo y, de rechazo, que Rusia se apoderase de un paso como ese, tan estratégico y tan importante para potencias que algún que otro interés tenían en que ese estrecho no fuera controlado por un rival tan formidable, cerrando el paso hacia Asia, donde tantas expectativas imperiales tenían puestas Londres y París…

Lo mismo, o casi, ocurrió con esa guerra que conocemos tan bien gracias  a Hollywood, la de Secesión, apenas diez años después de la de Crimea, entre 1861 y 1865. Las simpatías de la reina Victoria estaban, a pesar de la neutralidad declarada, más bien del lado confederado. Al fin y al cabo, esclavistas o no, aquellos estados proporcionaban una materia prima tan importante para la poderosa industria británica como el algodón… pero, si Gran Bretaña se ponía de su lado, ¿qué haría el Segundo Imperio francés?, y ¿las restantes potencias?

En esa ocasión esas reflexiones prudentes se impusieron y, aparentemente, la causa justa, la de la abolición de la esclavitud, triunfó sin que nadie se inmiscuyera. A favor o en contra…

Es en ese complejo marco histórico, hecho de cálculos muy meditados en torno a cuestiones que son de vida o muerte para otros -los liberales españoles, los esclavos negros, los rebeldes a la tiranía del coronel Gadafi…- en el que llevamos moviéndonos cerca de 150 años.

La Bitácora de este mes tratará de acercarnos un poco más a él, para que entendamos mejor el pasado del que se compone ese presente que ahora estalla en la pantalla de nuestros televisores.

Para ello contamos con un artículo firmado por José Ramón Guevara, un experimentado bibliotecario que nos descubre lo fácil que es informarse sobre alguno de esos conflictos -en este caso la Guerra de Secesión- en la biblioteca que nos quede más a mano, otro sobre el periodismo de guerra en la Francia del Segundo Imperio, especialmente centrado también en esa Guerra de Secesión firmado por Carlos Rilova, el director de “Los papeles de Pedro Morgan”, una pequeña exposición virtual de diversas piezas relacionadas con esas guerras del siglo XIX que, lo creamos o no, nos pueden ayudar a comprender mucho mejor lo que estamos viendo ocurrir, minuto a minuto, hoy mismo, y finalmente una nueva “opinión de Pedro Morgan” en la que reflexionamos sobre lo que podemos aprender acerca de nuestra actual crisis a partir de un grabado satírico sobre la Guerra de Crimea.

(Suscriben este Editorial Álvaro Aragón Ruano, Xabier Alberdi Lonbide, Iosu Etxezarraga y Oihana Artetxe miembros del Comité de redacción de “La Bitácora de Pedro Morgan”)

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