Cómo contar la Guerra de Secesión en los periódicos. Breves apuntes sobre la Historia de los reportajes de guerra

I. Reflexiones iniciales

Hablaré en estas pocas páginas de dos clases de reportaje de guerra cuando la de Secesión de los Estados Unidos era noticia como hoy lo puede ser la de Libia.

El primer tipo de reportaje se produjo en los Estados Unidos cuando la guerra entre el Norte y el Sur estaba en su pleno apogeo.

El segundo fue publicado en la distante Europa justo en las mismas fechas, en los años en los que se desarrollaba la guerra entre esclavistas y abolicionistas, entre federales y confederados, entre dueños de plantaciones y dueños de industrias, en los que esos acontecimientos servían para llenar hojas y hojas de papel periódico.

Sin más explicaciones pasemos a considerar el, para nosotros, peculiar formato que se usó en Estados Unidos -o en lo que quedaba de ellos- para convertir en noticia la Guerra de Secesión.

II. El peso de una hoja suelta.

Ese impreso que vemos en la ilustración de esta página, aunque nos parezca difícil creerlo, cumplía las mismas funciones, o casi, que un periódico de papel actual. O, mejor aún, de un televisor.

En efecto, se trata de un formato muy efectista que se pude remontar a la Europa de la Edad Moderna, mucho antes de que Estados Unidos exista y de que se planteé en su interior la cuestión de si bajo una constitución que proclama la Libertad como el mayor de los tesoros de la Humanidad, se puede seguir consintiendo la esclavitud de miles y miles de seres humanos que fueron dejados aparte mientras los “masas” blancos peleaban con el rey Jorge por su Libertad y no, precisamente, por la de aquellos que recogían tabaco y algodón, bajo los capataces del látigo, en las plantaciones de algunos padres de la que, con el tiempo, se ha llamado, “la mayor democracia del Mundo”…

Hojas como la que vemos aquí, en un formato cercano a nuestros DIN A-3, fueron utilizadas prácticamente desde que la imprenta lo permitió para difundir noticias. O, si se prefiere, propaganda, a favor o en contra de determinada idea o persona.

El punto más alto de esa estrategia informativa llegó, quizás, durante las guerras napoleónicas. Con las famosas imágenes de Épinal -de las que ya se ha hablado en las páginas de “La Bitácora de Pedro Morgan”, concretamente en la del mes de enero de este año-,  a través de las cuales Napoleón fue creando y fijando su propio mito.

Con esas imágenes en las que un dibujo relativamente simple -en atractivos colores primarios pintados a mano sobre el impreso- primaba por encima de un texto aún más simple, se conseguía lo que aún persiste en nuestra imaginación: que Napoleón era poco menos que un semidios y que sólo se le podía obedecer y admirar, que su causa -y todos sus hechos- eran buenos y justos…

Es evidente que ese tipo de periodismo verdaderamente elemental, es lo que también prima en la imagen que tenemos ante nuestros ojos, ilustrando este artículo.

Hay que reconocer, sin embargo, que es un poco más sutil,  en su diseño, en su manejo del color… que las explosivas imágenes de Épinal. Sin embargo su objetivo es prácticamente el mismo: impresionar muy negativamente sobre la causa enemiga a los que la lean.

Así es, esta simple hoja no encierra muchos secretos. En apariencia informa sobre la que se llamó segunda batalla de Bull Run o, según los confederados, “Segunda batalla de Manassas”. Una más de las muchas que se dan a lo largo de casi cuatro años en torno a la capital de lo que en su día habían sido los Estados Unidos, Washington D. C., que para los nordistas es el símbolo de esa unión perdida y para los confederados una ciudad sureña, enclavada en el corazón de los estados rebeldes y, sólo por esa razón, aparte de por su carga simbólica, objetivo militar prioritario.

Entre el 28 y el 30 de agosto de 1862, cuando la guerra apenas ha cumplido un año, las tropas del general Lee lanzan ese nuevo asalto que trata de romper las líneas del llamado Ejército del Potomac, rebasar las defensas unionistas y penetrar a una ciudad que es el símbolo del, para los sudistas, odioso gobierno de los invasores yankees.

El resultado de este “Segundo Manassas”, como les gustaba llamarlo a los confederados, fueron distintas sangrientas batallas en las que los unionistas demostraron, una vez más, que no podían tomar la ofensiva y los generales rebeldes demostraron, también una vez más, su genio táctico al estar a punto, igualmente una vez más, de tomar Washington y romper en mil pedazos el principal frente de los odiados casacas azules, precipitando así -¿por qué no?- un rápido fin de la guerra gracias a una especie de guerra relámpago que empujase a las desorganizadas tropas de la Unión hasta la frontera con Canadá.

Esa nueva partida que volverá a quedar en tablas, se saldó con miles de muertos por ambas partes en diversos encuentros. Uno de ellos fue la batalla de Groveton. Es, precisamente, de eso de lo que habla este periódico compuesto de una única noticia, de la crueldad de esa batalla y, sobre todo, de la de los confederados que dejaron sin enterrar a los unionistas muertos para que muchos meses después, cuando el ejército nordista avanza, al fin, hacia el Sur, se descubran sus restos descarnados, mezclados con los demás despojos de la batalla.

No se puede decir más en menos espacio y con menos medios. Realmente resulta admirable la habilidad del periodista que escribió en una sola línea todo un resumen de aquella guerra para que los ciudadanos del Norte supieran por qué se estaba luchando. La imagen, hábilmente montada por el dibujante y el grabador, era todo lo que necesitaba el periodista para crear una noticia que debió impactar más, mucho más, que cientos de palabras apretadas en tres columnas.

Naturalmente hoy esto nos puede parecer una manera muy sospechosa de informar. Podemos incluso aplicarle la denominación de “lavado de cerebro” o, como mínimo, de propaganda de guerra de no muy buena índole. Sin embargo, ese es el hecho histórico, ese es el modo en el que algunos convirtieron en noticia la Guerra de Secesión.

Pero, naturalmente, como ya he señalado, no fue el único. El Segundo Imperio francés, que tanto inspiró en muchos aspectos a ambos contendientes, especialmente a la hora de elegir uniformes, como podemos ver en muchas otras páginas de este nuevo número de “La Bitácora de Pedro Morgan”, tenía otra manera de contar las cosas. Vamos a echarle un vistazo en el siguiente punto de este artículo.

III. Un apacible periódico para una apacible burguesía.

El periódico “Le voleur” es, como toda la prensa, un valioso documento. Tanto a nivel gráfico -era una publicación profusamente ilustrada en una época en la que la fotografía es todavía algo reciente y caro-, como por sus contenidos escritos y por su propia existencia.

En efecto, el hecho de que “Le voleur” siguiera existiendo durante la dictadura de Napoleón III -tan aficionado a perseguir periódicos y periodistas como su tío, el primer Napoleón-, es todo un indicio de la clase de publicación que era.

Si nos queda alguna duda después de constatar que en 1861, en pleno Segundo Imperio, sigue existiendo y cumpliendo años -treinta y cuatro para ser exactos-, sobre la clase de periódico que era, bastará con que echemos un vistazo, aunque sólo sea superficial, al interior de sus páginas.

En ellas encontraremos folletines de lo más espeso -alguno de ellos convertido después en alta literatura por el paso del tiempo y la crítica, como “El tío Goriot” de Balzac-, y toda clase de ligeras variedades -en especial noticias sobre espectáculos y vida social- destinados a la apacible burguesía -tremendamente convencional- que se enriquece bajo el suave autoritarismo protector del Segundo Imperio que, además, con su cuidadosa política exterior, acrecienta sus riquezas de año en año y satisface una sensación de “grandeur”, de orgullo de ser franceses, que, desde entonces hasta hoy, no ha hecho sino aumentar y consolidarse con la única excepción de los años de ocupación nazi y predominio del gobierno-títere del mariscal Petain. Incapaz de reflejarse en ese espejo forjado en la cálida comodidad del Segundo Imperio francés del que la que podríamos llamar “gente de orden”, nada tenía que temer salvo que las cadenas de oro de sus relojes de bolsillo se volvieran más y más gruesas cada año.

¿Cómo podía contar entonces a ese público tan selecto la Guerra de Secesión, ese inquietante asunto, un periódico tan  respetuoso con esta burguesía?

La respuesta es que de la forma más aséptica que nos podamos imaginar y pulsando las claves -algo primarias-  que hacían que ese respetable y autosatisfecho público bajase a los grandes “boulevards” a seguir comprando “Le voleur”.

El modo en el que el número de 8 de febrero de 1861 de ese periódico da la noticia del comienzo de la guerra, es muy revelador.

El redactor, tomando noticias de aquí y de allí -por ejemplo del que llama Courrier des États.Unis-, dice con respecto a las causas de la guerra que está empezando con la ocupación por los rebeldes del fuerte Moultrie ante Charleston, en las Carolinas, que se ha dicho que la nominación del señor Lincoln como presidente es la que ha provocado esa reacción.

De ahí pasa a hacer un verdadero alarde de erudición satisfaciendo la curiosidad general -así lo dice el redactor de esta noticia- con diversas informaciones que rozan lo erudito más que lo periodístico, además de incorporando un grabado del objeto de la discordia: el propio fuerte Moultrie.


Así,  los lectores de “Le voleur” pueden disfrutar de esas vistas, en un magnífico grabado, y de un buen montón de datos  sobre el origen del nombre del fuerte -debido a un general de la época de la Guerra de Independencia de 1776-, de cuáles y cuántos son los estados esclavistas, la población de los Estados Unidos y una sucinta lista de las veces en las que se han dado en ellos, desde su fundación como nación, intentos de sedición similares al que está teniendo lugar en Fuerte Moultrie.

Eso es todo…

Y las cosas no mejoran mucho en números posteriores de “Le voleur” contemporáneos de algunas de las mayores batallas que se desarrollan en unos Estados Unidos donde las cosas han ido ya muy lejos, hasta el estadio de la guerra civil.

Así ocurre en el número de 6 de septiembre de 1861, en el que se publica un reportaje, profusamente ilustrado, sobre la  primera batalla de Bull Run que el periodista de “Le voleur” rebautiza como de “Bullis-Run”.

La redacción del apacible periódico para la apacible burguesía francesa contenta con el Segundo Imperio no tiene reparos en señalar que se limita a copiar lo que dicen algunos periódicos americanos sobre esa batalla. La única opinión que se deja traslucir al respecto es que ese hecho de armas, que ha tenido lugar casi dos meses antes de la publicación de este artículo, ha sido desastroso para  las fuerzas nordistas.

Todo lo demás es una descripción en imágenes y en texto de los movimientos de tropas sobre ese punto tan estratégico -como ya hemos señalado en el punto anterior de este artículo- para la supervivencia de la Unión.

El único momento en el que “Le voleur” deja ver algo parecido a una opinión al respecto, es cuando glosa las emotivas palabras que un oficial de alto rango confederado remite a un periódico de la capital rebelde, Richmond. Son observaciones que, en efecto, no se pueden leer sin emoción, tal y como señala el redactor de “Le voleur” abandonando su pose distante y aséptica sobre esos hechos que se limita a transmitir, sin ningún análisis salvo el de constatar que los unionistas llevan, de momento, las de perder ante los confederados.

El alto oficial rebelde señalaba que había recorrido tras la batalla el campo y allí había descubierto el cadáver de un unionista que le impresionó por su juventud cuando descubrió su rostro bajo el pañuelo con el que lo habían cubierto. Lo que encontró en los bolsillos de aquel muchacho, intentando saber quién era aquel joven enemigo muerto, no fue mucho mejor. Sólo dio con una Biblia, dedicada al joven por su madre, y en la que se podía leer que el adolescente muerto en esa primera batalla de Bull Run era James Simmons, de Nueva York y que tenía una madre que le quería y se preocupaba de él, dándole consejos piadosos inscritos en esa Biblia que lo había acompañado hasta el día de su prematura muerte.

El apenado oficial sudista quiso dar un entierro decente a aquel desamparado adolescente. Sin embargo reconocía el caballero sureño que eso le había sido imposible por encontrarse a seis millas de su cuartel y no contar así con ayuda para ese piadoso fin…

IV. Reflexiones finales

Ese es el modo en el que en una democracia, como lo era Estados Unidos en 1860, y una dictadura como lo era el Segundo Imperio francés en la misma época, se contó la noticia de la Guerra de Secesión.

Como vemos hay muy pocas diferencias entre un modelo y otro. Lo cual aparte de ayudarnos a entender un poco mejor la sociedad de mediados del siglo XIX de la que somos herederos, nos puede ayudar a hacer interesantes reflexiones sobre el modo en el que se cuentan las guerras en los periódicos. Lo mucho o lo poco, más allá de las simples apariencias, en las que esas cosas han cambiado, o no desde la Guerra de Secesión hasta hoy.

Un conocimiento bastante útil en días como los que vivimos, con otra guerra civil en un lugar verdaderamente delicado para quienes, de momento, la miramos como espectadores preocupados…

Carlos Rilova Jericó

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