Lo que los historiadores pensaban de “También la lluvia” de Icíar Bollaín

“También la lluvia” es una película hermosa, y nada fácil de llevar a cabo. Su directora ha demostrado una habilidad que, sinceramente, sólo se puede admirar.

“También la lluvia” podría haber caído, con toda facilidad, en el maniqueísmo más absoluto. El tema, o, mejor dicho, los temas que le sirven de eje son de esos de los que hacen hervir la sangre, con los que es fácil, y más todavía cuando se trata de cine que se presta tan bien a ello, encontrar, rápidamente, buenos y malos.

Por un lado dentro de “También la lluvia” tenemos una narración cinematográfica de la conquista española de lo que, con el tiempo, se conocerá como Cuba. Por otro, la película de Icíar Bollaín refleja en ese mismo formato, en esa misma película, las revueltas sociales del año 2000, la llamada “Guerra del agua”, en Bolivia que, en buena medida, contribuyeron al giro electoral que alza al líder cocalero Evo Morales hasta el poder de esa república. Un poder vetado a su clase social y racial hasta ese momento.

Con un armazón así, insistimos, es muy sencillo dejarse arrastrar hasta una historia de indios “buenos” y europeos “malos”. Más todavía desde una sociedad, como la nuestra, dominada por un punto de vista posmoderno o, mejor dicho, sin tanto adorno filosófico, por el de los hombres blancos que pueden ahora compadecerse de ese enemigo una vez que está prácticamente exterminado, vencido o sojuzgado y ya no es ninguna amenaza. Como sí lo era en los siglos XVI, XVII, XVIII…

No es ese el caso de “También la lluvia”. Icíar Bollaín no se ha dejado arrastrar por esa trampa y ha creado, en cambio, un relato sumamente complejo, con personajes muy ricos, en los que cualquier apariencia engaña, como descubrimos cuando los rostros verdaderos aparecen al caer las máscaras de actores de esos personajes.

Así tenemos un insuperable Karra Elejalde que interpreta a un actor veterano, algo dado a la bebida pero que ejerce aún perfectamente su oficio, completamente diferente al Colón codicioso y cruel que interpreta en la película sobre la Conquista que se desarrolla dentro de la otra película que es “También la lluvia”.

Lo mismo ocurre, pero al revés, con los actores que interpretan a los dominicos Bartolomé de las Casas y Antonio de Montesinos, respectivamente Carlos Santos y Raúl Arévalo. Especialmente el primero de ellos, es justo la antitesis del personaje que interpreta y por el que rebosa de admiración por su defensa -o lo que él cree defensa- de los derechos de los “indígenas” americanos.

Luis Tosar, que interpreta únicamente al productor de la película sobre Colón y la Conquista que se desarrolla dentro de “También la lluvia”, resulta, con mucho, el más complejo de todos esos personajes. En principio parece un tipo duro y cruel -como le conviene ser a un productor-, bastante superficial, impostado casi hasta parecer que Tosar ha perdido, momentáneamente, el estado de gracia en el que generalmente actúa, como ya lo ha dejado ver en “Los lunes al sol”, “Te doy mis ojos”, “Celda 211” o, sí, también en “Inconscientes”.

Mientras se van desarrollando las dos películas que giran una dentro de la otra en “También la lluvia”, vemos, sin embargo, que es de los pocos personajes que sabe qué es lo realmente importante, que está cargado de verdadero valor físico y moral, quizás el único capaz de ver a los quechuas, que hacen el papel de indios taínos en la película sobre Colón que crece y se desarrolla dentro de “También la lluvia”, como verdaderos seres humanos y no como mercancía. Ya sea al servicio de burdos intereses comerciales, o al de altos ideales, como los que ciegan hasta lo inhumano al director de la película, magníficamente interpretado por Gael García Bernal.

Dicho esto, reconocida la gran calidad de “También la lluvia”, llega el momento de preguntarse, por supuesto, ya que “La Bitácora“ es, ante todo, una revista de Historia, qué pasa con el manejo de esa materia, de esa ciencia, que se hace en esa película que ha decidido internarse en nuestro territorio de manera tan evidente, tan decidida.

A ese respecto también hay que empezar reconociendo que Icíar Bollaín sortea una vez más los peligros del maniqueísmo, de “buenos” y “malos” fáciles de buscar y encontrar dentro de las páginas de libros de Historia como los que leen con pasión el actor que interpreta a Bartolomé de las Casas y Gael García Bernal, transido por la idea de dirigir una película que refleje ese drama con absoluta fidelidad a los hechos históricos.

Así, vemos en “También la lluvia” que el conflicto por el agua que en el año 2000 incendia a Cochabamba -donde, por cierto, en 1810 se produjo la primera de las revoluciones contra el poder metropolitano, como antesala del proceso emancipador americano- es fruto de las ambiciones, evidentes, de la élite criolla que se apodera de las colonias españolas en Sudamérica una vez que sus respectivas guerras de Independencia -muchas de ellas ya bicentenarias- han triunfado y que, a su vez, son sustentadas por una pirámide racial y social que va de más criollo a menos criollo, hasta los indios que no están integrados en el ejército y la policía militarizada boliviana y, por lo tanto, no pasan de “indígenas”. Tal y como despectivamente los describe el alcalde de Cochabamaba que recibe, lleno de admiración, a los actores de la película sobre la Conquista que se desarrolla dentro de “También la lluvia”.

De ese modo, trazando además evidentes paralelismos entre el salvajismo de los primeros conquistadores y la brutalidad policial de los agentes de la República independiente boliviana, Icíar Bollaín evita caer en el manido tópico de que todo el mal que puedan padecer en la actualidad esas antiguas colonias es sólo achacable a los españoles de los que descienden directamente, en realidad, los criollos que se han incautado durante dos siglos de esos nuevos países, explotándolos en solitario o acompañados por agentes neocoloniales extranjeros -fundamentalmente españoles, pero también anglosajones- a lo largo de esos doscientos años.

De hecho, la habilidad con la que la directora de “También la lluvia” sabe manejar ese explosivo material histórico es, una vez más, admirable. Tal y como lo refleja el magnífico trabajo del actor que interpreta al gerifalte municipal de Cochabamba que da un “lunch” a los actores -exclusivamente europeos, por supuesto- de la película sobre la Conquista que se desarrolla dentro de “También la lluvia”. Éste no duda en echar en cara a los reproches de estos y de su director y su productor que dos dólares al día es lo único que pagan a sus extras, y que él también tiene problemas de presupuesto para poder hacer otra cosa, revelando de ese modo que es un títere. Algo más afortunado que los quechuas que protestan en la calle en ese mismo momento pero títere, al fin y al cabo, de unas circunstancias que lo desbordan y de las que sólo sabe sacar algún margen de beneficio para él y los de su clase, aplicando las recetas de poderes superiores a ellos. Como por ejemplo el Fondo Monetario Internacional explícitamente aludido en esa escena.

¿Habrá que dar un sobresaliente “cum laude”, pues, a “También la lluvia” aparte de por ser una gran película, una que realmente suspende la incredulidad del espectador durante sus casi dos horas, por el modo en el que refleja los hechos históricos?

La respuesta a esa pregunta es casi tan compleja como las situaciones que con tanta habilidad maneja Icíar Bollaín.

“También la lluvia” refleja desde distintas perspectivas los hechos históricos. Así, Karra Elejalde, en una de sus magníficas intervenciones indica que no todo fue bueno en el historial de De Las Casas, que quiso endosar el trabajo que no quería para los indios a los esclavos traídos de África, que incluso tuvo tratos con negreros. Pero eso no impide que los encendidos discursos del dominico y sus compañeros, reproducidos con fidelidad por los actores que los interpretan, brillen con autoridad propia, queden planteados, al alcance de aquellos para los que fueron creados cinco siglos atrás, como se deja ver en algún momento de la película, cuando los ayudantes de producción quechuas quedan absortos viendo la interpretación de los actores que representan a los dos dominicos que tomaron como causa propia la defensa de sus derechos.

Es evidente que la narrativa cinematográfica es utilizada con verdadera habilidad en ese punto para reflejar esos hechos históricos. Como también lo es, por ejemplo, en la ejecución final de los taínos rebeldes, en la que Bartolomé de las Casas denuncia la impiedad, la blasfemia, en los soldados españoles que utilizan el Cristianismo sólo como un arma de dominación más, ayudados por órdenes como la de los franciscanos que, a diferencia de lo que ocurre con los dominicos, no ponen en duda, ni por un sólo momento, la política de exterminio y sojuzgamiento contra los americanos nativos, sabiendo resumir así en muy pocas escenas un buen reflejo de lo que, en buena medida, fue la conquista de la América española.

Hasta ahí el mérito de “También la lluvia”, que, como vemos, no es pequeño. ¿Dónde están, pues, los problemas entre la cineasta y los historiadores?

Son pequeños fallos tan sólo, pero que, uno a uno, todos en conjunto, forman la clase de piedra con la que, dicen, están empedrados algunos infiernos. En este caso esa grava que se puede encontrar si se busca dentro de “También la lluvia” es de la clase más temible: aquella que puede ayudar a que los muros de eso que Gerald Brenan llamó “el laberinto español” se mantengan tan recios como se han mantenido durante los últimos setenta años.

En efecto, la película de Icíar Bollaín cae en el mismo error que se podía observar, salvando las distancias, en “Bruc: el desafío” y que ya comentamos en la “Bitácora” de enero de este año. Es decir, se toma la molestia de contar la Historia de España como un hecho anómalo frente a la de otros países europeos. Es decir, entona un “mea culpa” histórico que otros países europeos no han entonado jamás o han sabido modular muy sutilmente para que no parezca que, en realidad, están pidiendo excusas sino, simplemente, explicando y documentando visual, cinematográficamente, unos hechos históricos determinados que, por sí solos, parecen ser ya bastante reconocimiento del mal que pudieron hacer los antepasados de los cineastas actuales y del público que ve sus producciones.

En efecto, basta con comparar el discurso de “También la lluvia” con películas similares por contenido como “El último mohicano” de Michael Mann. Esta producción, estrenada en el año 1992 -el del famoso Quinto Centenario, dicho sea de paso- se centraba, a través de una interpretación afortunadamente muy libre de la obra de Fenimore Cooper, en la llamada Guerra Franco-India que se desarrolla en tierras de Norteamérica entre 1753 y 1760, solapándose con la llamada Guerra de los Siete Años que se desarrolla casi al mismo tiempo en los teatros europeo y asiático.

En ella vemos magníficas reconstrucciones -que superan con facilidad a cualquiera de las muchas versiones que se han hecho de la obra de Cooper- de lo que es una guerra europea del siglo XVIII, reducida casi a un elegante minué militar, lleno de cortesía y galanterías entre ejércitos bellamente uniformados y disciplinados, que se mueven como un mecanismo de relojería bien ajustado sobre el campo de batalla. Se deja bien claro también en esta película el conflicto entre los colonos de la América británica y su Metrópoli de Londres, que llevará en pocos años a la llamada Guerra de Independencia de Estados Unidos.  Sin embargo, apenas se explica nada en esta versión de “El último mohicano” de Michael Mann sobre cómo los ejércitos europeos se nutren de naciones norteamericanas como las de los mohawks, wyandots, delawares, ottawas y un largo etcétera sin el que esas unidades militares regulares y sus milicias locales de apoyo nada hubieran podido hacer. No, no se dice apenas nada en “El último mohicano” de Michael Mann del modo en el que esas naciones norteamericanas son explotadas, azuzadas unas contra otras, debilitadas por medio de ese expediente y, finalmente, vencidas tras ser divididas.

Tan sólo el Hawkeye solventemente interpretado por Daniel Day-Lewis, un buen salvaje rousseoniano convenientemente blanco, lo expresa de algún modo ante el Gran Sachem aludiendo al modo en el que los reyes de Europa, infectados de la enfermedad del poder, corrompen a los nativos americanos con agua de fuego y abalorios, denunciando que Magua -¡precisamente una víctima de esos manejos!- no quiere otra cosa para su pueblo. Discurso contra el “indio” que se remata con la reacción de ese personaje -también magníficamente representado, en este caso por Wes Studi- maldiciendo al Gran Sachem y a su gente con otro discurso inquietante visto desde eso que ahora llaman “perspectiva de genero” y tan altamente se valora: “Os maldigo, sois mujeres, perras, esclavos”….

Evidentemente, las actuales películas anglosajonas sobre su propia Conquista de América, de poco o nada creen tener que excusarse o dar explicaciones que, como bien se sabe, cuando no son solicitadas suelen ser consideradas como acusaciones, o autoinculpaciones, manifiestas.

El caso no se limita a producciones preciosistas, pero para un gran público, como “El último mohicano” de Michael Mann. Si nos atenemos al discurso de artesanos consagrados en la Historia del cine mundial como Terrence Malick  y su producción del año 2006 sobre otro de los relatos canónicos de la Conquista anglosajona de América, el de Pocahontas, veremos que, con muy poca diferencia, el mensaje que nos transmite es casi el mismo que el de la película de Mann.

En efecto, el autor de “Malas tierras” y “La delgada línea roja” no se esfuerza demasiado por crear un discurso similar al que se puede deducir de producciones españolas como “También la lluvia”. El agravio hecho a Pocahontas -arrancada de su pueblo, aculturada, muerta por una enfermedad europea- queda finalmente endulzado por la poesía que tan bien maneja Malick y que se convierte, una vez más, en un pedir excusas sin que lo parezcan, salvaguardando en lo esencial, la Historia anglosajona también en ese delicado punto. Justo el mismo en el que naciones enteras, nativas de lo que se llamó Nueva Inglaterra, fueron completamente exterminadas en pocos años. Hasta el último de ellos, como ocurrió con los Narraganssetts.

Significativo detalle del que ha dado cuenta, precisamente, Geoffrey Parker. Uno de los mejores historiadores anglosajones, sólo superado en este campo por sir John Elliott, autor de un interesante estudio comparando las respectivas conquistas anglosajona y española de América publicada por Taurus en el año 2006, totalmente pertinente para comprender de qué estamos hablando.

Así pues, una vez más nos encontramos con que los anglosajones, por activa o por pasiva, no parecen querer convertir sus discursos visuales sobre su propia Historia en una petición de excusas por ciertos errores, supuestos o no, cometidos en el pasado.

Se objetará a eso que la actitud contraria que se deduce de obras como “También la lluvia” nos dignifica, nos pone por encima de esa, hasta cierto punto, mezquina interpretación y difusión de la Historia de la conquista anglosajona de América…

Es posible, en cierto sentido, pero en la realidad no se observan los dividendos de esa noble actitud. El mundo anglosajón, en general, nos mira con desprecio absoluto, considerándonos inadaptados históricos, casi un estado fallido, un país PIG… Un negro pozo del que sólo hemos salido, y eso de momento, con incontables sacrificios humanos en forma de ajustes económicos antisociales. Ese estado de debilidad, esa imagen histórica patética y frágil como un cristal alentada, de un modo u otro, en  discursos como el que va implícito en “También la lluvia”, son cuando menos síntomas inquietantes para países como España, plagado de “salvadores de la Patria” durante los últimos ciento cincuenta años. Poco más que esa sensación difusa de fracaso histórico, de arrepentimiento sin paliativos por nuestro pasado, necesita un espadón como Primo de Rivera, como Franco, como Milans del Bosch… para declarar el estado de guerra y anular, una vez más, una Historia constitucional que, según todas la voces, a derecha, pero también a izquierda, parece haber sido declarada sólo apta para países con una trayectoria histórica tirando a gloriosa. Como ocurre con los anglosajones.

Quizás Icíar Bollaín debería haberse aplicado a sí misma la dura lección que se da en “También la lluvia” al personaje interpretado por Gael García Bernal, el director, al que el otro tercer gran protagonista de esa película Daniel/Huantey, interpretado por Juan Carlos Aduviri, recuerda en un momento del rodaje que hay cosas más importantes que la película que uno quiere rodar. Sí, quizás Icíar Bollaín, debería haberse preguntado si era más necesaria una película desde la perspectiva que ella utiliza o desde otra más próxima a la de un Mann o un Malick, teniendo presente que se dirige a un país que, en contra de lo que habitualmente se cree, se ha degradado bastante en sus convicciones democráticas entre 1978 y 2011, en gran medida gracias a esa imagen catastrofista de su propio pasado, que lo desmoraliza y lo arroja -inevitablemente, casi por una ley sociológica- en brazos del primer demagogo -no importa con qué intenciones, buenas, malas, pacíficas, asesinas…- que pasa por debajo de sus ventanas.

Necesitamos contar la verdad sobre la barbarie y las bondades de la Conquista, sobre esos hechos históricos, eso nadie lo pone en duda, pero eso no debería llevar a perder de vista las consecuencias de determinado discurso que puede producir justo el efecto contrario al que, con la mejor intención, los cineastas buscaban.  Tampoco se debería perder de vista que, quizás, una directora española podría, perfectamente, dar cuenta del salvajismo de los colonos británicos asentados en Nueva Inglaterra en la primera mitad del siglo XVII. O el que se aplicaron mutuamente los europeos en sus luchas por el control de esas tierras que todos ellos habían usurpado. Como ocurrió en los tiempos de Pedro Morgan en Darien, donde los españoles, con el consentimiento del rey de Gran Bretaña, exterminaron a toda una colonia escocesa asentada allí sin otro permiso que el del recién fundado “Bank of Scotland”…

Eso es lo que piensan los historiadores de “También la lluvia”. Eso es lo que se sienten obligados a decir.

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4 respuestas a Lo que los historiadores pensaban de “También la lluvia” de Icíar Bollaín

  1. Waking up dijo:

    Me parece muy interesante vuestra opinión histórica vertida en esta entrada. Por otro lado, os agradecería que si quereis hacer publicidad en un blog ajeno por lo menos pidais permiso. El no haberlo hecho, hace que no me apetezca haceros una publicidad.
    Saludos.

    • Estimado jironesdeniebla, celebramos que te haya gustado nuestra perspectiva. Por otra parte lamentamos que te haya disgustado el modo en el que la hemos hecho presente en tu blog. No sabiamos que debiamos pedir permiso para dar esa clase de información (nunca hasta hoy nadie nos ha reclamado nada por esa razón) que, después de todo y como tú reconoces, resulta de interés y se ha hecho, precisamente, para que llegue al mayor número de personas y contribuya a crear un Internet libre y plural, que es justo lo que nos falta, cada día más, en los medios convencionales. Si aún así no deseas hacernos publicidad, como tú la llamas, estás en tu perfecto derecho y nosotros reiteramos nuestras disculpas por las molestias que te hayamos podido causar, que han sido totalmente involuntarias.

      • Waking up dijo:

        “El fin no justifica los medios”. Respeto vuestra opinión, que mantengo en mi blog.

        Un saludo y suerte en vuestro cmino.

      • Waking up dijo:

        “El fin no justifica los medios”. Respeto vuestra opinión, que mantengo en mi blog.

        Un saludo y suerte en vuestro camino.

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