¿Los errores de la Transición española? (II). Anatomía de una época y sus consecuencias

El libro de más éxito sobre el golpe de estado del 23-F en los momentos en los que escribo estas líneas, “Anatomía de un instante”, de Javier Cercas, concluye -tras diseccionar, efectivamente, el golpe de estado a partir del gesto del ex-presidente Adolfo Suárez en aquella tarde fatal- con el argumento de que sólo un error de percepción por parte de los izquierdistas de su generación -entre los que, menos que más, podría contarse el autor de este artículo, más joven que Cercas-, es el que hoy por hoy nos lleva a denigrar el proceso conocido como “Transición” que se abre en España a partir de 1976 y que él, Javier Cercas, en cierto modo, da por zanjado -hasta el resurgir de ese descontento en la izquierda a partir de 1996-, justo tras la derrota del golpe de 23 de febrero de 1981.

La conclusión de Cercas respecto a ese momento histórico parece clara: la Transición, con todos sus defectos, fue el mejor de los arreglos posibles, el menos malo de los caminos que conducían desde la agónica dictadura franquista hasta la democracia actual.

¿Se trata de una versión de los hechos excesivamente complaciente? Intentemos, a partir de ese hilo, desenredar la madeja de lo que un historiador podría pensar sobre la Transición española como proceso histórico a treinta años vista del acontecimiento que pudo haberla destruido y que, como dice Javier Cercas, sin embargo, con su fracaso, la fortaleció hasta que ciertos izquierdistas un tanto obtusos -siempre según Cercas- han vuelto a cuestionarla al filo del año 1996, acusándola de ser una mera farsa que lo ha mantenido todo “atado y bien atado”. Tal y como dicen que dijo a las puertas de la muerte el militar sublevado contra la Segunda República española, Francisco Franco Bahamonde, queriendo dar a entender con eso que, tras su muerte, en España todo seguiría más o menos igual a ese oscuro período de cuarenta años en el que él ejerció un poder absoluto.

Motivos para la complacencia ante el curso que tomaron los acontecimientos desde el 24 de febrero de 1981, los hay, desde luego. Pero también motivos para el temor. Es lo que se intuye cuando volvemos a formular una pregunta que para Cercas ya está respondida positivamente: tras el intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981, ¿se ha resuelto esa crisis endémica del constitucionalismo español que empieza con la revolución de 1808 y abre dos siglos de un ciclo casi continúo de golpes y contragolpes a favor y en contra de ese acontecimiento que tiene su culminación escrita en la constitución de 1812?

Los optimistas apresurados señalarán que sí, mejor decir que sí, como si quisieran conjurar esa verdad para que se convierta en verdad absoluta.

Los historiadores, molestos como casi siempre, miran alrededor y contrastan pruebas, indicios, diferentes fuentes de información… y se ven obligados a deducir que es mejor no apresurarse con el optimismo, que, eso, precisamente, puede cerrar en falso una nueva crisis, que va más allá de una determinada fecha, como puede ser la noche del 23 de febrero de 1981 y el período de casi dos años en el que se resuelven los juicios contra los conspiradores y golpistas de esa fecha.

Para empezar, Javier Cercas, partidario de esa interpretación optimista sobre la Transición y el fracaso del golpe del 23-F, señala, ya en las hojas finales de su libro, algo que alerta de inmediato contra sus argumentos: que la derrota de esa intentona golpista abre uno de los períodos constitucionales más largos y sólidos de la Historia de España.

Algo que es verdad sólo a medias. El autor de “Anatomía de un instante” incurre en ese punto en el mismo error que achaca a ciertos izquierdistas, incapaces de asumir los hechos históricos, de tener una percepción deformada de los mismos.

Si consideramos lo que ocurre en España desde 1833 a 1923, situando en su verdadero contexto la situación que vive ese país en esos noventa años, podemos llegar fácilmente a la conclusión de que ese fue el período más largo de vida constitucional prácticamente ininterrumpida que ha vivido España. De momento pasa en cincuenta años a la situación de relativa placidez democrática que vivimos desde hace cuarenta, tras la muerte del dictador.

Se puede alegar a eso que entre 1833 y 1923 hubo toda una serie de turbulencias en España que van desde pronunciamientos diversos, disturbios varios, algaradas, revoluciones como la de 1868… hasta golpes de estado muy similares al del 23-F -como el de Pavía en 1873, que Cercas, por cierto, no olvida incluir atinadamente en su libro- y guerras en toda regla. Como las tres carlistas de 1833 a 1839, la de los Matiners que enturbia los años finales de la década de los cuarenta del siglo XIX -sobre todo en la zona de Levante y Cataluña- y la última, la de 1873 a 1876.

A esa objeción el historiador puede oponer otra, sino demoledora sí bastante convincente a favor de su afirmación sobre que el período de gobierno parlamentario más largo en España son los noventa años que van de 1833 a 1923. En efecto, si de todas esas turbulencias decimonónicas en España sacásemos en conclusión que en ese país los regímenes parlamentarios no han sido viables hasta después del fracaso del golpe de estado del 23 de febrero de 1981, tendríamos que decir otro tanto de la mayor parte de Europa, empezando por Francia que -como también se insinúa con acierto en la obra de Javier Cercas- padece -y en formas peores, en ocasiones, como ocurre con el golpe apenas encubierto de De Gaulle en 1958- casi la misma Historia de turbulencias que vive España en los dos siglos que van desde el inicio de la llamada “Era de las revoluciones” hasta hoy día.

En efecto, observemos la pauta: en 1789 se declara en Francia la revolución que acaba con el Antiguo Régimen y proclama, finalmente, una república regicida que se arrastrará a través de diversas turbulencias hasta la llamada reacción termidoriana de 1794-1795. Otro período rico en incertidumbres que no termina de sosegarse hasta que Napoleón Bonaparte, situado en el centro exacto entre la radicalidad de los “sans-culottes” y los reaccionarios que sueñan con la vuelta de la monarquía, zanje el problema por medio de un golpe de estado que liquida a una república abandonada por muchos desengaños.

Un estado de cosas que se consolidará en una dictadura militar, muy agresiva por cierto, conocida con el nombre de Primer Imperio. Período tan deslumbrante como breve, que se extenderá de 1805 a 1814 con un breve paréntesis de cien días en el año 1815, hasta la derrota definitiva de Waterloo. Tras ella, Francia verá una más o menos duradera restauración de una monarquía tirando a despótica que no podrá sobrevivir a los feroces intentos absolutistas de su último representante, Carlos X, el llamado, por algunos historiadores franceses, “rey ultra”. Destronado por la famosa -gracias a Delacroix- revolución de julio de 1830 que, hasta el año de 1848, mantendrá en pie una monarquía constitucional, finalmente sofocada por el ala izquierda de la sociedad francesa en una nueva revolución que conduce a una Segunda República.

Ésta será una experiencia relativamente breve, que no dura apenas cinco años y es, por segunda vez, barrida por un golpe de estado perpetrado en 1852 por un Bonaparte, en este caso el sobrino del primer golpista, instaurando así un Segundo Imperio, casi tan dictatorial y agresivo como el primero, que se prolongará hasta el año 1870, cuando su derrota militar ante el Imperio prusiano abra la puerta a fuerzas de izquierda reprimidas hasta entonces, que en su forma más extrema, la llamada “Comuna” de París, serán sacrificadas para que una alianza de fuerzas moderadas de izquierda y de derecha pueda instaurar la que, con razón, llaman otros historiadores franceses “la más larga de todas la repúblicas”. Es decir, la Tercera que va de 1871 a 1940, cuando el mariscal Petain -como también recuerda oportunamente el libro de Cercas- dé un nuevo golpe de estado que pondrá en suspenso, una vez más, el régimen constitucional en Francia hasta que en 1945, con la llegada de los aliados y la expulsión de las fuerzas ocupantes -y el subsiguiente ajuste de cuentas con los colaboracionistas, al menos con los más visibles- se instaure la Cuarta República, aniquilada, a su vez, en el año 1958 por otro golpe de estado apenas encubierto, dado por el general De Gaulle, que, por cierto, mantendrá unas excelentes relaciones con la dictadura franquista. Esa nueva república francesa semidictatorial, la quinta, se mantendrá en ese estado hasta que en 1968 una nueva marea revolucionaria acabe con ella y dé lugar a la democrática que todavía está en vigor con esa misma denominación de Quinta República francesa…

Como vemos por esta relación más o menos breve de la Historia política de Francia durante los dos últimos siglos, puestos a considerar períodos de fracaso constitucional, la comparación entre Francia y España queda prácticamente reducida a un empate técnico y bien podríamos considerar que esa última nación, desde 1833 en adelante y hasta que el golpe de 1923 destruye enteramente todo viso de régimen constitucional -monárquico o republicano-, lleva las de ganar sin tener que contar en su haber con dos largas y descaradas dictaduras militares como lo son el Primer y el Segundo Imperio de los Bonaparte y sí, por el contrario, con un régimen constitucional y parlamentario constante, prácticamente ininterrumpido -lo que no quiere decir sin sobresaltos más o menos intermitentes, incluidas varias guerras civiles localizadas- hasta ese año de 1923.

En definitiva, puede afirmarse tras este breve ejercicio de Historia comparada, que España goza de una rica y relativamente sólida Historia parlamentaria y constitucional durante el siglo XIX; casi brillante en mitad de una Europa que, salvo Gran Bretaña -y habría mucho que objetar a ese respecto, ahondando en la Historia británica de ese período con perspectivas más realistas-, se debate entre convulsiones revolucionarias y regímenes autoritarios como el del Reich alemán o el imperio zarista.

Aclarado este punto, que, como vemos, invita a situar el debate a otra altura distinta al punto en el que lo sitúa el libro de Javier Cercas, volvamos a la pregunta inicial, ¿la Transición es la Historia de un fracaso o la de un éxito confirmado por la derrota del golpe de estado que hoy cumple treinta años?

Nada de lo que dice al respecto Javier Cercas en las páginas finales de un libro magnífico por otra parte, deja de ser cierto. Es verdad, que el ejército y la sociedad española quedaron vacunados contra otra intentona como la de 1981, que la monarquía española es una de las más consolidadas de toda Europa, respetada, bien valorada por la mayoría de los españoles que, tras el fin de la conjura de 23-F gracias a la intervención decidida del monarca, la ven como una garantía democrática…

Son hechos palpables, pero, una vez más, la visión del historiador, mucho más inquieta, más exhaustiva, observa alrededor suyo y duda. Javier Cercas, eso le parece al historiador presa de su deformación profesional, que le lleva a observar todo desde todos los ángulos posibles, parece olvidar que en la actualidad hay muchos dispuestos a cuestionar no el éxito o el fracaso de la Transición española sino el propio régimen democrático en sí.

En contra de lo que Javier Cercas opina sobre izquierdistas obtusos, demasiado jóvenes para darse cuenta de qué supuso la Transición, la impresión que tiene el historiador es que la opinión de izquierdas es cada vez menos relevante en España. Que, de hecho, los principales medios de comunicación están, a cada año que pasa, más dominados por un discurso conservador de mayor o menor intensidad. Basta comparar el tono de ciertas revistas de Historia de, pongamos, el año 1976, con sus herederos o epígonos del año 2011. La frescura de su lenguaje, el modo en el que enfocan determinados temas, su apertura de miras y su falta de tabúes, indican, de manera preocupante, que, en efecto, la democratización en España, más que aumentar desde el fin de la dictadura, parece haber disminuido.

Si algo falta en los medios de comunicación son, precisamente, esos izquierdistas demasiado jóvenes para participar en la vida política durante la Transición que Javier Cercas, de manera un tanto apresurada, ve situados, a fecha de hoy, en puestos de poder político, económico, social…

Una afirmación que parece un sarcasmo si se considera, con datos en la mano, que quienes más posibilidades tienen de multiplicar su mensaje y repetirlo machaconamente en la España del año 2011, la que ha visto cumplirse tres décadas en democracia tras el intento de golpe del 23-F, no son estos, sino sus enemigos políticos -“adversarios” es un eufemismo intolerable en este caso- que jalean desde numerosas tribunas -radio, televisión, periódicos, revistas…- mensajes que, perfectamente, podrían haber sido jaleados en la España franquista de 1939, 1959, 1970… por los más recalcitrantes defensores de aquel régimen o que, en cualquier caso, callan y otorgan o aplauden sotto voce esos exabruptos, prefiriendo que se confunda a sus autores con repulidos conservadores antes que con peligrosos radicales…

¿Hasta qué punto una democracia nacida tras una feroz dictadura puede  purgarse de elementos como esos?, ¿hasta qué punto una democracia debe tolerar la expresión de todas las ideas del espectro ideológico para ser realmente una democracia?

Si miramos en dirección, por ejemplo, al caso alemán tras la dictadura nazi, mucho más breve que la franquista y acabada por medio de una derrota militar sin paliativos, descubrimos, leyendo, por ejemplo, las páginas escritas al respecto por Karl Dietrich Bracher, que las purgas dentro de una democracia son infinitamente difíciles, que siempre persiste en ellas un poso de los que dominaron los resortes de poder con la anterior situación.

En ese aspecto la actual España no está ni mejor ni peor que la Alemania de los años setenta o incluso que la actual, en la que, de vez en cuando, salta a la prensa algún escándalo relacionado con elementos destacados de esa sociedad que estuvieron en  estrecho contacto, en su cada vez más lejana juventud, con la dictadura nazi. Unos arrepentidos de esos devaneos -como ocurrió por ejemplo en el caso de Günter Grass-  y otros incluso orgullosos de esas implicaciones y trabajando dentro de la Policía federal alemana…

Sin embargo, más allá de esa constatación -hasta cierto punto triste- de las limitaciones de los sistemas democráticos -por su propia esencia- para acabar con  esas reminiscencias de un oscuro pasado con la eficacia con la que las dictaduras lo hacen con sus numerosos enemigos, es que hay ciertas peculiaridades en el caso español que llaman la atención, que se deberían evitar si realmente se aspira a que algún día podamos decir que la Transición no fue un fracaso. A decirlo con verdadera base y no por un exceso de optimismo demasiado confiado o por mero voluntarismo, porque uno quiere ver las cosas del color que a él le gustaría que fueran y no del que son realmente.

Sólo para empezar se debería tener presente en ciertos medios, en ciertos cenáculos de ese que tan acertadamente Javier Cercas llama “pequeño Madrid del poder”, que la democracia no se gana sólo con el voto ciudadano cada cuatro años sino en las tribunas desde la que se habla, se persuade, a los ciudadanos durante todo ese largo intervalo que va de una elección a otra.

Periódicos, películas, televisión, radio… no pueden ser abandonados a discursos que, en el fondo, y muchas veces en la forma, siguen afectos a una España que no es, precisamente, la constitucional iniciada en 1812 que vence al golpe que ahora cumple treinta años.

Por sólo citar un ejemplo más o menos sonado, ¿cómo puede nadie sostener, en pleno año 2003, que la interpretación del “Himno de Riego”, por error, durante un campeonato de tenis sea, todavía, “una ofensa a toda la nación española” cuando ese himno sólo representa lealtad al sistema constitucional tanto bajo su forma monárquica como republicana? Se trata, evidentemente, de un claro síntoma de que algo anda mal, muy mal, en determinadas mentes con respecto a una aceptación plena y sólida del régimen constitucional, parlamentario, en España. Mentes que, además, han tenido, tienen o pueden tener altas responsabilidades políticas en ese país, mostrándose, al parecer, incapaces de asumir los episodios históricos de carácter progresivo que, guste o no a los aludidos, han hecho de España lo que es hoy día.

Aún es tiempo, o eso parece, de hacer algo. De evitar que la oración interrogativa que da título a este artículo se convierta, por desgracia, en una afirmación que haga de lo que hemos vivido entre 1976 y 2011 un mero paréntesis dentro de una historia de autoritarismo fascistoide prácticamente ininterrumpida desde 1923 a 1975.

Carlos Rilova Jericó

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