París y el Calentamiento Global. De las inundaciones de 1910 a las de 2010

La nefasta política informativa que han adoptado los medios de comunicación convencionales sobre el llamado “Calentamiento Global”, nos ha llevado a aceptar que cualquier noticia relacionada con él debe adaptarse a un esquema verdaderamente simple que, en pocas palabras, se ciñe a que los articulistas de turno o, más habitualmente, los presentadores de televisión de turno, nos presenten alguna catástrofe climática -inundación, sequía o similar- como algo que “no-se-había-visto-en-los- últimos”, por lo general, 25, 40, 50 o 75 últimos años. Por lo que se ve, dentro de este esquema simplista y simplificador de un problema verdaderamente complejo como lo es -o debería ser- la evolución histórica del clima, ir a considerar qué ocurrió a ese respecto más allá de los 75 últimos años no suele ser habitual. Por lo que se ve, cien años es una fecha demasiado fantástica, quizás inverosímil, incluso inconcebible, para un público que, por lo general -y por lo que se lee, se ve y se oye- los medios de comunicación convencionales consideran menor de edad mentalmente hablando, por no decir algo peor.

Este podría ser, perfectamente, el caso de las inundaciones que ha sufrido a finales del año 2010 un lugar tan significativo, tan conocido mundialmente, como París.

Hemos podido ver un poco antes de Navidades como la famosa “ciudad-luz” ha estado a punto de ser engullida por ese Sena que hasta ahora la mayoría de la sociedad opulenta de Occidente -en especial la estadounidense, que ha hecho de ello un objetivo vital- consideraba como una especie de amable estanque, bien domesticado, por el que pasear en uno de los infinitos barcos turísticos que lo surcan a diario.

Afortunadamente esa crecida ha pasado casi desapercibida, engullida a su vez por las nevadas que han sepultado la Costa Este de Estados Unidos, por su relativamente escasa duración y por sus casi inexistentes consecuencias. Sin embargo, de haberse producido en un período de sequía informativa, es posible que los medios de comunicación convencionales no hubieran dudado ni un minuto en convertirlo en otro indicio -por supuesto alarmante- de que el Calentamiento Global ya está llamando a las puertas de nuestras mismísimas casas, en el corazón del mundo hiperdesarrollado.

De haber sido así, hubiéramos asistido al despliegue de lugares comunes habitual en estos casos. Es decir, que esta gran crecida del Sena era algo que no se había visto durante los últimos 25, 30, 45 o 75 últimos años… Lo cual, naturalmente, la convierte en un hecho de una relevancia estremecedora y -¿por qué no?- también aterradora.

Ante eso, los historiadores no podemos sino esbozar, por enésima vez, una sonrisa entre displicente y hastiada, remover nuestros archivos personales, armarnos de valor para afrontar una dosis de trabajo extra y mal pagado y tratar de esclarecer -con un ánimo cansado, pero no exento de ese cierto espíritu filantrópico un tanto pasado de moda- que acontecimientos como esa gran crecida del Sena durante este invierno del año 2010 no son, no pueden ser, tan extraordinarias, tan terribles, tan preapocalípticas como, por lo general, les gusta presentarlas a los medios de comunicación convencionales.

En efecto, digámoslo ya, hace exactamente cien años -meses arriba o abajo- la situación en París era mucho peor que en este invierno del año 2010. Sí, han leído bien. Lo repito y lo subrayo en cursiva para que quede claro que estoy diciendo justo lo contrario de lo que ya se ha convertido en un relato estereotipado sobre las noticias en torno al clima: hace cien años, en 1910, las cosas estaban mucho peor en París de lo que han llegado a estarlo durante el invierno de 2010.

Naturalmente una afirmación como ésta necesita una explicación detallada -y documentada-. Eso es precisamente lo que se va a tratar de hacer por medio de este reportaje.

En él hablaré fundamentalmente de un hermoso libro que el paso del tiempo, estos últimos cien años, ha convertido en un documento precioso. Se trata de “Paris inondé. La crue de janvier de 1910”. Es decir, “París inundado. La crecida de enero de 1910”.

Es un libro de formato “in folio”, a medio camino entre los lujosos volúmenes editados en esas fases finales de la “Belle Époque” y algo más parecido a los anuarios que publican cada fin de año actualmente los periódicos convencionales. La grafía y el papel son los típicos de la exigente Europa de 1910, sin embargo la encuadernación es muy sencilla, lejos de esas grandes tapas en cartón recubiertas de tela roja o azul con abundantes grabados coloreados y perfilados en pan de oro habituales en las bibliotecas burguesas de la “Belle Époque”.

El contenido se parece también bastante a esos números especiales que de vez en cuando también publican los periódicos convencionales. De hecho, la edición que manejo para hacer este reportaje fue encargada a Ch. Eggimann por un periódico de la época, “Le Journal des Débats”, para dar cuenta a un público ávido de aquel hecho más o menos extraordinario que había dejado al París que es el eje del mundo civilizado de la época, el paradigma de esa “Belle Époque”, bastante inundado.

Es ahí donde comenzamos a percibir lo que de verdaderamente interesante nos puede ofrecer este curioso libro.

Para empezar el tratamiento que hacen del tema los periodistas de la época es casi el opuesto al que hoy día les dan sus descendientes y herederos.

En efecto, los redactores de “Le Journal des Débats” que se encargaron de escribir esta obra, dejan claro desde el principio de este  libro singular que su intención es ofrecer con él un “recuerdo” a sus lectores de París y un “documento curioso”  al resto de Francia…

Sería difícil encontrar hoy día un tono tan calmado a la hora de describir un hecho que los propios redactores de “Le Journal” -periodistas de principios del siglo XX al fin y al cabo- no dudan en calificar de terrible y describir con numerosos adjetivos e imágenes espectaculares: una crecida como no se ven dos en un siglo, túneles invadidos, cunetas convertidas en canales, barrios abastecidos por medio de balsas o abandonados en mitad de la noche, terribles acontecimientos, espectáculo extraño, desolador, del Sena desbordado, acontecimiento superior a las potencias humanas…

En efecto, hechas esas concesiones a lo que ya para entonces espera el público que lee periódicos -un detalle que deberíamos tener en cuenta en una época como la nuestra, en la que esos primeros escarceos han llegado a sus últimas y exageradas consecuencias-, los periodistas de “Le Journal” recuperan la calma -y los fundamentos de su oficio- y pasan a explicar a su público el contexto de esa crecida del Sena en enero de 1910.

Lo que más nos puede sorprender hoy día, tras años de sufrir el canon  informativo según el cual cada acontecimiento climático extraordinario es más catastrófico que el anterior, es que los periodistas de “Le Journal” tratan de razonar con sus lectores acerca de hasta qué punto ha sido extraordinaria esa crecida de enero de 1910.

Así es, hechas las consideraciones acerca de lo evidentemente grave, terrible y devastadora que ha sido esa inundación, los redactores de “Le Journal” señalan con una precisión digna de alabanza, que desde 1873 Belgrand, el ingeniero que encauzó las aguas que abastecen París, había elaborado una lista de barrios de esa ciudad susceptibles de verse amenazados por inundaciones periódicas: Auteuil, Javel, Bercy…

Advertencia que venía a coincidir con las que ya se habían lanzado en los planos de las inundaciones de 1740 y 1802, como señalan, siempre precisos, los periodistas de “Le Journal des Débats”.

En otras palabras, esos profesionales dejan claro a su público que desde 1802 no se ha hecho nada, o muy poco, para prevenir una situación que, de hecho, se repite desde hace siglos.

Pero las notables diferencias entre lo que cuentan los medios de entonces y los de ahora, no se detiene ahí. Tras esas primeras observaciones tan ponderadas que hoy día resultaría casi imposible encontrar en ningún medio de comunicación, los redactores de “Paris inondé” nos dan otra gran lección de periodismo al dedicar un capítulo entero del libro a informar de las sucesivas crecidas catastróficas que ha sufrido la capital de Francia. Desde el siglo VI después de Cristo en adelante, para ser exactos. Y es una lista verdaderamente completa.

Los periodistas de “Le Journal” comienzan citando, como era entonces -y todavía hoy- casi obligatorio, las crónicas de Gregorio de Tours que en este caso concreto hablan de una inundación de París en febrero del año 583 de la que sólo se destaca que causó graves daños a la navegación fluvial.

La pauta queda interrumpida en ese momento hasta que se recupera información a partir del siglo IX después de Cristo gracias a las crónicas de Eginhard y otros que los redactores de “Le Journal” no consideran oportuno citar. De ahí se extrae una pauta de inundaciones en París que abarca los años de 820, 821, 834, 841 y 886.

Una información que queda nuevamente interrumpida, por falta de documentación, hasta el siglo XII, largo lapso sin noticias de las inundaciones que han podido ocurrir -lógicamente- a  las orillas del Sena, que se ve compensada por la mayor riqueza de detalles que dan los nuevos cronistas de esos años entre la Alta y la Baja Edad Media. Así, Orderic Vital decía en 1119 que los furores de un Sena inflado por las crecidas, convierten a los parisinos en horrorizados testigos de cómo unas aguas desbordadas inundan sus casas y campos. Pocos años después, en 1125, las inundaciones se vuelven persistentes, extendiéndose a lo largo de varios meses y causando una epidemia de hambre. Indeseable situación que se repetirá en los años de 1175, en 1197, y, en especial, en 1206, fecha en la que según las crónicas nadie entraba en su casa en París sino lo hacia a bordo de alguna embarcación. Todo causado por unas lluvias persistentes, jamás vistas, o superadas, hasta el año 1910 en opinión de los redactores de “Le Journal des Débats”.

Todo el siglo XIII estará salpicado de nuevas inundaciones: en el año 1219, en 1232, en 1233, en 1242, en 1281, en 1296…

El siglo XIV no empezará mucho mejor. Los años de 1315 y 1319 verán nuevas crecidas catastróficas del Sena. El fin de esa centuria no asistirá a ninguna mejora a ese respecto, 1373, 1394 y 1399 serán testigos de nuevas inundaciones en París, en absoluto remediadas por los planes de encauzamiento del rey Felipe el Hermoso.

Estas pequeñas crisis climatológicas son, tal y como concluyen los redactores de “Le Journal”, endémicas. Lo extraordinario sólo las agrava aún más. Es lo que ocurre en el momento del deshielo del gran invierno del año 1407. La furia de las aguas del Sena es de tal magnitud que, según Enguerrand de Monstrelet, Juvénal des Ursins y otros cronistas, nadie se atreve a navegar por ellas y los puentes de París -el Petit-pont, el de Saint Michel, elevado en el año 1387- son arrasados, o dañados severamente como el Grand-Pont, habitado en la época, que verá varias tiendas de las que soporta engullidas por las olas de ese Sena desbocado.

Sin embargo nada de eso impedirá que el problema se repita, con mayor o menor intensidad, a lo largo de ese siglo XV. En 1414, en 1422, en 1423, en 1426, en 1427… Lo más grave de esas inundaciones es que, además, se produjeron en el mes de junio, cuando lo habitual era que fuesen las condiciones adversas del invierno las únicas capaces de generar ese problema.

La pauta siguió repitiéndose en los años de 1431, 1432, 1434 y 1442. Sólo se rompió, de manera drástica además, en el año 1448. Fecha en la que el cronista señala que hasta los niños pequeños podían cruzar el río sin mojarse los pies saltando de piedra en piedra en el punto entre la plaza Maubert y Notre Dame. Situación que queda drásticamente alterada también en el año 1497, fecha en la que vuelve a registrarse una crecida del Sena que pondrá en peligro el puente, precisamente, de Notre Dame.

El siglo XVI registrará nuevas crecidas de importancia. Al menos una docena en los años de 1502, 1505, 1531, 1547, 1564-1565, 1570, 1571, 1573, 1582, 1591 y 1595.

Sólo en 1613 se vuelve a tener noticia de problemas en ese sentido. Entonces el río volverá a crecer a causa de un verano muy lluvioso. El ayuntamiento de París se verá así inundado. Al menos en su parte bajo tierra. En 1616 las consecuencias serán de mayor cuantía: puentes caídos, casas arruinadas… Situación que vuelve a repetirse en los años de 1641 y 1649 y con especial virulencia en el de 1651, experimentando París una de las peores inundaciones que nunca haya sufrido la ciudad. El agua se desbordará en la Place de la Grève y subirá hasta el segundo piso de las casas.

Sin embargo, como gentilmente recuerdan los redactores de “Le Journal”, sólo con la gran inundación del año 1658 se empezará a saber con exactitud el nivel que alcanzan las aguas del Sena cada vez que se desbordan.

En aquel año en concreto quedó a unos doce centímetros por debajo del nivel que alcanzó durante la inundación de enero de 1910. Eso no impidió que esa otra crecida arrasase barrios enteros. También es en esa fecha en la que se empiezan a buscar motivos más o menos racionales a la persistencia de esas periódicas inundaciones. Unos que, según la lista que dan los redactores de “Le Journal”, iban desde la cólera del Cielo a la persistencia de vientos constantes del Oeste y  Sudoeste pasando por achacarlo a no respetar las Leyes de la Naturaleza, a trabajos abusivos en las colinas de Saint-Cloud y Challiot y otros motivos similares que, si nos fijamos bien, no difieren tanto de algunos que hoy día se prodigan en ciertos medios de comunicación que los aplican en este caso a escala global y no sólo en referencia a París.

Discusiones que, también como hoy día, tampoco parecen haber producido resultado alguno, ya que las crecidas del Sena seguirán produciéndose periódicamente a lo largo del siglo XVIII. Los años de 1701 y 1709, así como los de 1711 y 1726, verán crecidas que preludiarán a la gran inundación del año 1740.

Se sabe con exactitud la causa de ese fenómeno que no se repite hasta el año 1910. Vientos persistentes del Sur y del Oeste entre octubre y diciembre fundieron las grandes nevadas que habían caído a comienzos de octubre. Diciembre fue extraordinariamente lluvioso, registrándose precipitaciones superiores a las de los primeros seis meses del año. Más de lo que el cauce del Sena podía admitir… El Marais y el barrio de Saint-Germain se vieron arrasados, sólo el 18 de febrero de 1741 retornó el río a su cauce habitual tras haber llegado a 7 metros 90 centímetros de exceso, altura muy similar a la que alcanzará durante la crecida de 1910.

Se plantearán medidas más serias que las adoptadas hasta la fecha. Sin embargo, de los estudios de Philippe Buache encargados por la Academia de Ciencias, tampoco saldrá nada efectivo ya que en 1751 volverá a experimentarse una nueva crecida, aunque menos grave que la de 1740. Menos grave aún será el desbordamiento del año 1760. No ocurrirá lo mismo con la inundación del año 1764, casi tan grave como la de 1740. Algo lógico por otra parte, ya que fue producto del rápido deshielo de nevadas abundantes debido a vientos constantes y lluvias persistentes.

Las medidas para evitarlas seguirán sin salir de cabezas como la de Ph. Buache y algunos colaboradores suyos que siguen aplicándose en encontrar la solución al problema. Así, en 1779 y 1783 habrá pequeñas inundaciones que preceden a la verdaderamente catastrófica del año 1784.

En esta ocasión nuevamente un rápido deshielo ocasiona una crecida de 6 metros y  66 centímetros.

Tras esto las crecidas volverán a repetirse, con consecuencias menores, en 1788, 1789, 1790, 1791 y 1793. Sólo será de consideración la del año 1795, una vez más a causa de la fusión de grandes cantidades de hielo, que a su vez será superada por la del año 1799.

Tras ella vendrá la de 1802. Tan grave, casi, como la de 1740. La lista, a partir de ese punto, se hace verdaderamente pesada por lo repetitiva. Así, los redactores de “Le Journal des Débats” recuerdan que siguen dándose inundaciones de mayor o menor gravedad en París los años de 1809, 1811, 1816, 1817, 1818, 1819, 1820, 1830, 1836, 1839, 1844, 1847, 1848, 1850, 1854, 1861, 1866, 1872, 1876 -la peor de todas hasta 1910-, 1882 y 1883…

¿A qué conclusiones llevan a esos hombres de principios del siglo XX todos estos datos tan minuciosamente recogidos?

Puede que hoy nos resulte verdaderamente sorprendente dado el tono, a veces verdaderamente irracional, con el que interpretamos cualquier alteración climática de consideración.

En primer lugar los redactores del “Journal” señalan que de esa larga lista se desprende que el mal de las inundaciones de París es endémico a lo largo de varios siglos y que la causa no es tanto un problema climatológico sino unas incorrectas obras hidráulicas, empezadas y abandonadas desde la época de Luis XIV, apenas mejoradas por el Primer Imperio y apenas llevadas a término por un Segundo Imperio que se esfuerza todo lo posible en mejorar el trazado urbanístico de París.

Nada más ni nada menos. Eso es lo único que echan en falta estos periodistas de la “Belle Époque”, esas son las únicas causas que encuentran a ese azote climático.

¿Deberíamos hoy día reprocharles alguna falta de intuición, un horizonte mental estrecho incapaz de sacar en conclusión que esas inundaciones en París, casi constantes, son producto de alguna alteración climática grave?

¿Qué conclusiones debemos sacar entonces nosotros con respecto a nuestras lucubraciones sobre el empeoramiento de un clima que se ha mostrado incapaz de rebasar las defensas diseñadas en 1910 para poner fin a esas inundaciones endémicas de París, repetidas una y otra vez desde el siglo VI en adelante?

Parece bastante difícil afirmar a partir de ese punto que las cosas hayan ido a peor en ese aspecto durante los últimos catorce siglos. Un período de tiempo mucho más considerable, desde luego, que los últimos 20, 25, 30, 45, 75… años con los que los medios de comunicación convencionales parecen querer persuadirnos de que lo que estamos viendo hoy día -por terrible que sea o nos parezca, en especial a aquellos que son víctimas directas del problema- no tiene precedentes conocidos.

El hecho, incontrovertible a fecha de hoy, principios del año 2011, es que ni una sola de las calles que se vieron inundadas en París en el año 1910 se ha visto tocada por esta nueva crecida que cien años después no ha podido rebasar -ni siquiera con un Calentamiento Global de por medio- el límite marcado por los ingenieros hace ahora exactamente un siglo…

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