Dos películas históricas del año 2010 “El almirante” y “Bruc: el desafio”

El cine, lo mismo que la llamada “novela histórica” revelan a fecha de hoy con bastante exactitud el modo en el que un determinado país asume su propio pasado; en definitiva si está, por así decir, en paz consigo mismo. O por decirlo de un modo más gráfico: si ha realizado una buena digestión de determinados hechos históricos que son fundamentales para que la convivencia en esa sociedad sea viable…

Podríamos traer muchos ejemplos a ese respecto, sin embargo vamos a conformarnos con dos muy recientes y, en cierto modo, opuestos. Se trata de dos películas, la rusa “El almirante”, sobre la vida de un oficial de alto rango de la flota zarista abiertamente contrarevolucionario tras el asalto al poder por los bolcheviques en el año 1917 y “Bruc: el desafio” que, tras la fallida “Sangre de mayo” de José Luis Garcí, es la única película de producción española que ha tratado de transmitir un relato cinematográfico sobre la llamada Guerra de Independencia que ahora cumple sus doscientos años.

Hay muchos aspectos cuestionables en “El almirante”, detalles técnicos y de exposición de los hechos, muy característicos de cierto cine postsoviético, que afean este relato cinematográfico sobre el almirante Koltchak. Por ejemplo esa tendencia tan arrogante a demostrar que el nuevo cine ruso es capaz de copiar las mejores escenas de acción del cine occidental. Anglosajón para más señas. Causa sonrojo en ciertos momentos ver cómo el director ha querido demostrar que puede imitar -¿quizás superar?- determinadas escenas de “Master & commander”. A ese respecto es paradigmático el momento en el que Koltchak evita, durante la primera Guerra Mundial, que su dragaminas sea destruido por una unidad naval alemana mucho más potente después de haber estado a punto de ser destrozado él propio Koltchak por un impacto directo. Los guiños, o más bien empujones, a “Titanic”, constantes a lo largo de toda la película, también la dejan en evidencia en ese aspecto.

Sin embargo “El almirante” contiene un mensaje verdaderamente interesante y en ocasiones refleja con verdadera exquisitez el mundo de la cerrada aristocracia zarista que dirige la flota hasta que ésta se convierte en el principal núcleo del poder revolucionario. Lo consigue incluso en los momentos más escabrosos, en los que más fácil resultaría caer en un tono grosero y panfletario que la película, por otra parte, no trata de evitar muy a menudo.

Es lo que ocurre con las escenas del masivo fusilamiento de oficiales de la Marina zarista en la base de la isla de Kronstadt una vez que los soviets se han hecho con el poder. Su estética y su dramatismo son verdaderamente refinados, consiguiendo así una aproximación a esos hechos históricos perdurable, sólida.

Sin embargo, como decimos, “El almirante” tiene bastantes dificultades, aún así, para mantener ese nivel de manera constante. A medida que la película avanza el tono panfletario, de exaltación de la figura del abnegado, heróico,  Koltchak se hace más y más obvio, degradando la película. Es lo que empieza a notarse en el momento en el que Koltchak se entrevista con Kerensky. Este último, un personaje irrelevante para alguien que, como el director de “El almirante”, busca describir la Historia rusa con tonos tirando a grandilocuentes, está ya condenado de antemano por no haber sabido resistir las corrientes de la Historia y haber deslizado a Rusia en brazos de la dictadura bolchevique.

Eso lo convierte en una especie de malo de cartón piedra que parece tener sólo por objeto demostrar, por contraste, la grandeza de Koltchak suficientemente demostrada por otra parte a esas alturas de la película por sus sucesivas hazañas bélicas, que le llevan a ser nombrado almirante por el mismísimo zar.

Así, una escena de ambientación tan realista como la de esa entrevista Kerensky-Koltchak, se degrada marcando un tono descendente en el discurso sobre los hechos históricos de “El almirante” que se irá acentuando a medida que Koltchak se convierte en el casi santo héroe de la  contrarrevolución antibolchevique.

No hay duda de que el director quiere transmitir, casi sin matices, la idea de que hombres como Koltchak, a pesar de su último fracaso, redimen la Historia rusa del siglo XX y que los bolcheviques a pesar de su relativo éxito -el régimen durará más de ochenta años y sobrevivirá a una devastadora Segunda Guerra Mundial como uno de sus principales vencedores-, sólo la ha envilecido, convirtiéndose así en un verdadero paradigma de la Rusia creada por un bolchevique converso como Vladimir Putin a la busca, a veces desesperada, de la perdida grandeza de una gran nación.

Es, desde luego, lo que parecen querer demostrarnos esos bolcheviques casi calcados de las caricaturas de la propaganda blanca, sucios, malcarados, mal afeitados violentos, carentes de modales elementales y, en el mejor de los casos, cargados de cinismo, cobardía y doblez, características que, por cierto, se les hace compartir en la película con los checos o el cuerpo expedicionario francés bajo mando del general Janin.

Sin embargo en ese punto tan bajo “El almirante” recobra algunos rasgos, escasos es verdad, que hacen de ella un ejemplo a considerar.

En efecto, esta película biográfica, o más bien hagiográfica, sobre Alexander Koltchak, héroe de la contrarrevolución blanca, deja traslucir en su discurso un mensaje integrador del reciente pasado soviético de Rusia.

Es lo que podemos sacar en conclusión, por ejemplo, de la escena en la que los enterradores del ejército blanco que apoya a Koltchak cavan y llenan una fosa común en la estepa helada en la que se dará tierra, juntos, tanto a blancos como a bolcheviques. Ante la extrañeza de uno de los dos enterradores frente a ese hermanamiento póstumo de los dos bandos rivales en la guerra civil, el otro responderá que Dios no ha pintado de colores a los combatientes enfrentados… que, de hecho, un pope bendice también en esa escena sin hacer distinciones. Una evidente loa a la armonía, una llamada a la superación de esa guerra civil.

Lo mismo podría deducirse de la tumba de agua en la que se sumerge a Koltchak tras su fusilamiento a manos de los bolcheviques. Estos permiten que se haga dentro de una cruz abierta en la capa de hielo que cubre el cauce cercano a Irkutsk sobre el que Koltchak y su primer ministro son ejecutados. Los soldados bolcheviques que abren esa cruz con las culatas de los fusiles reflexionan sobre el hecho, considerándolo cosas de la iglesia rusa pero admitiendo, tolerantes, que su enemigo reciba ese último consuelo espiritual que ellos no comparten.

Esa labor conciliadora, integradora de ambos bandos, se cerraría con la actitud del cineasta soviético incluido en la narración elíptica de “El almirante” -una historia dentro de otra historia- que admite a la antigua amante de Koltchak entre las figurantes de su película exaltando ante su equipo el porte aristocrático de la ya para entonces vieja dama. Si ésta es rechazada no lo será por ese personaje, afecto al régimen soviético, bien intencionado y con un evidente fondo de nobleza personal, sino por su subalterno que desobedece, parece que por temor principalmente, esas órdenes directas, quedando así demostrado que el sistema soviético no es enteramente perverso, que es más una cuestión de individuos que de ideologías.

En definitiva, “El almirante” demuestra que Rusia es un país que tras apenas una década de extinción de la dictadura soviética está dando los pasos precisos para ir digiriendo correctamente ese pasado, evitando que una herida histórica se convierta en un abismo que cree dos Rusias permanentemente dispuestas a repetir el devastador conflicto civil que protagonizó -entre otros- el almirante Koltchak. Podríamos concluir que la actual democracia rusa, con todos su defectos, está manejando la divulgación de los hechos históricos de un modo responsable, constructivo, que, en definitiva, Rusia está mejorando rápidamente la digestión de su propia Historia, sentando así las bases para una convivencia mínima en una sociedad que, en base a diferencias como las que aparecen en “El almirante”, podría sentirse tentada a destrozarse mutuamente como se sentiría igualmente tentada a ello cualquier otra sociedad dividida por divisiones como esas que fueran convenientemente azuzadas…

¿Puede decirse otro tanto de “Bruc: el desafio”, una película que trata un tema tan delicado para España como lo es su Guerra de Independencia, tan mal digerida por los sectores ultraconservadores de ese país?

El historiador va al cine bastante mal predispuesto hacia esta película. No ha podido evitar fijarse en un hecho tan significativo, en fin tan revelador, como que el canal de televisión que más ha animado a ver esta producción es el de “Intereconomía”, refugió de la derecha española más reaccionaria, la misma que no tiene reparo alguno en plasmar, sistemáticamente, en la cabecera de su periódico, “La Gaceta de los negocios”, una frase, “En el día de hoy”, evidentemente extraída del último parte de guerra del general en jefe de los ejércitos rebeldes contra el gobierno de la Segunda República. El mismo en el que se constataba en un tono duro y cruel, que ese régimen republicano, despojado incluso de su calidad de español -en el parte se habla de ejército rojo, no republicano- había sido derrotado y así se proclamaba el fin de la guerra y el estallido de una dura posguerra cargada de represalias que se prolongan en muchos aspectos hasta la actualidad.

Con esta tarjeta de presentación el potencial espectador enviado por Pedro Morgan a reflexionar sobre “Bruc: el desafio” teme -no sin motivo- encontrarse ante un panfleto ultrareaccionario en el que la Guerra de Independencia se convertirá, una vez más, en la epopeya de un pueblo primario y, sobre todo, muy católico, visceralmente opuesto a Napoleón porque encarna no al dictador militar traidor a la revolución francesa que en realidad fue, sino precisamente al propagandista de esos valores que el Napoleón real tan eficazmente se ocupó de censurar con la inestimable ayuda del genio tenebroso de su jefe de policía, el ex-jacobino -y futuro ex-bonapartista- Fouché.

En suma, el habitual discurso de la Ultraderecha española que mediante él ha tratado de justificar, desde el año 1939 hasta la actualidad, la imposibilidad de que en España arraigue algo parecido a un sistema constitucional y de garantías democráticas descendiente de los cimientos establecidos por la revolución de 1789, negando el proceso constitucional de 1812 -el segundo en toda Europa tras el francés- y el carácter revolucionario de esa guerra llamada “de Independencia”.

Sin embargo, esos prejuicios caen rápidamente -al fin y al cabo somos ante todo historiadores- en cuanto “Bruc: el desafío” empieza a  desenvolverse en la gran pantalla.

La película no tiene muchas pretensiones respecto a remachar ese falso discurso histórico de los “ultras”. Si acaso algunas veleidades que no parecen tener intención de llegar muy lejos. Así, el supuesto héroe del Bruc, el tambor que pone en jaque a lo más granado del ejército imperial francés, asegura en una más que inverosímil entrevista a un reportero de “Le Moniteur” -el periódico oficial de la Francia imperial, principal arma de Napoleón para adoctrinar a esa nación a lo largo de todo su régimen- que la clave de la victoria se ha debido a la montaña y a la Virgen de Montserrat que tiene en ella su santuario.

Una explicación sobrenatural que, por un momento, nos devolvería a ese relato estereotipado de los “ultras” españoles según el cual el pueblo español lucha por la “tradición” y cierta fe católica ultramontana y no, en una gran parte, contra un dictador militar y por aplicar en este país los cambios constitucionales en curso en el resto de la Europa más avanzada de ese momento histórico.

Sin embargo sería difícil afirmar que “Bruc: el desafio” tiene intención de pulsar demasiado esa peligrosa cuerda que tantos problemas ha acarreado, desde 1808 en adelante, a una convivencia más o menos civilizada en España. Al fin y al cabo la enamorada del tambor es hija de un médico partidario de las nuevas ideas que vienen  de Francia y que, como él mismo recuerda amablemente cuando cura al héroe, no hay quien pueda parar.

Es más, “Bruc: el desafio” es,. ante todo, una película de aventuras que trata de equipararse a la línea fantástica, gótica, de producciones de gran predicamento en ese tipo de cine como el “Van Helsing” de Stephen Sommers.

Podría decirse que viene a ser un producto casi intranscendente, sin más pretensión que la de entretener con un  cierto trasfondo solemne -Napoleón y la epopeya napoleónica enaltecen todo lo que tocan, como bien sabemos- a un público no especializado, aportando incluso matices con respecto a los dos bandos en lucha, mostrando unos franceses con sentimientos humanos -el periodista de “Le Moniteur”, el húsar que acompaña al jefe de la expedición de castigo contra el héroe de Bruc…- y unos españoles cargados con sus propios defectos como pueden ser la arrogancia, la cobardía o la cerril actitud de fanático del hermano del protagonista.

No habría pues mucho que reprochar desde el punto de vista del historiador a una película que apenas pretende ser histórica, que juega a ser, y parecer, fantástica, de trampa y de cartón, que incluso parece querer decir a los espectadores “tranquilos, esto es poco más que un videojuego napoleónico. Hay por ahí productos más acabados…” pero el problema es que, en realidad, no los hay.

Así es, si de aquí a 2013 -o incluso 2014 o 2015- alguien no pone remedio, la única producción cinematográfica española sobre la Guerra de Independencia -aparte de “Sangre de Mayo”- será “Bruc: el desafio”.

No existirá, por tanto, un equivalente español a, por ejemplo, “Master & commander” que explique a aquellos que jamás se van a acercar a un libro de Historia -de los que, es preciso subrayarlo, tampoco andamos muy sobrados, no al menos de los que aporten algo verdaderamente nuevo sobre esa época que da lugar a la nuestra- qué fue realmente la Guerra de Independencia.

Los autores de “Bruc: el desafío”, por supuesto, son muy dueños de invertir el dinero que han obtenido de productoras e instituciones en contar la historia que mejor les parezca, pero no deja de ser inquietante pensar que no habrá dinero para contar, por ejemplo, la vida de Gabriel de Mendizabal e Iraeta uno de los principales -y por supuesto desconocidos- estrategas de esa guerra -de ejércitos regulares, no de simples guerrillas en contra de lo que cierto mito políticamente interesado afirma-, que acabó con Napoleón y sus megalomaníacas pretensiones aparte de ayudar a asentar las bases para la actual España democrática antes y después de 1814.

“Bruc: el desafio” se convierte así en un lujo que un país con una digestión histórica tan dificultosa no se debería permitir.

¿O hace falta recordar que el proceso de división social entre revolucionarios y contrarevolucionarios al que da lugar la Guerra de Independencia ha provocado cinco devastadoras guerras civiles a lo largo de los siglos XIX y XX, provocadas en gran medida porque hechos como la Guerra de Independencia no han sido correctamente explicados a una sociedad que aún sigue creyendo que el mayor y mejor organizado ejército de Europa fue barrido del mapa por guerrilleros “trabucaires” con aroma a vinazo, ajo y una fe católica primaria y no por estrategas equiparables, en todos los aspectos, al propio Napoleón o a Wellington?

Parece ser que sí. Lo que no sabemos es si servirá de algo volverlo a decir ante la desidia e ignorancia de cierta clase política y cierta “intelligentsia”, provinciana hasta la médula viva o no en Madrid, con pretensiones monopolistas sobre determinados, conceptos, hechos históricos y un largo etcétera del que parecen saber poco más que ciertos lugares comunes repetidos durante generaciones…

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Opinión de Pedro Morgan y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s