Libras esterlinas en lugar de euros. ¡Esto es vida! O la pequeña batalla de Oxford street (09-10-2010) y la verdad sobre los países P. I. G.

El comienzo. Londres, Marble Arch entre las 20:45 y las 21:00. Tres “bobbies” vestidos con uniformes antidisturbios. Monos y cascos azul oscuro, botas negras, escudos redondos de plástico, una gran cámara con un gran flash. Cargan decididamente contra una masa de manifestantes. La ira explota entre las filas de los estudiantes. Gritan a los policías. Luego les tiran las pancartas, y los palos que sujetan las pancartas. Sus voces, sus puños, sus piernas, tratan también de golpear a los agentes… Los “bobbies” corren y piden tropas frescas. Los refuerzos llegan en dos o tres minutos. Repentinamente Oxford street, una de las principales calles comerciales de nuestro agónico Capitalismo, se convierte en un pequeño campo de batalla, lleno de furgonetas de Policía que aúllan contra el oscuro cielo donde un helicóptero de la Metropolitana vigila constantemente lo que está ocurriendo en el corazón de Londres.

Llega el momento de correr para los manifestantes. Los refuerzos de la Policía abren las puertas de sus furgonetas y los maleteros de sus coches. Llegan más armas, más escudos, más porras, más cascos, más buzos azul oscuro. Es la guerra. O algo que se parece bastante. Los oficiales de la Policía Metropolitana gritan órdenes a sus hombres, y a sus mujeres, de un modo desesperado. Estos empiezan a correr por todas partes en torno a Marble Arch y el comienzo (o el final, dependiendo del punto de vista) de Oxford street. Al fin, dos líneas de “bobbies” toman la calle armados con cascos y porras. La gente que está allí los mira esperando algo, escuchando cómo los perros-policía ladran nerviosamente contra el Mundo entero y en especial contra cualquiera -causante de disturbios o no- que se encuentre en Oxford street y Marble Arch. Muchos de esos espectadores sacan fotos con sus móviles. Una tras otra.

La batalla sigue adelante. Tras tomar y asegurar en Oxford street algo que se parece a una cabeza de playa, los escuadrones de Policía marchan hacia Oxford Circus. Delante de “Selfridges” agrupan e intimidan a estudiantes y a otra gente allí reunida: “¡Muévanse! ¡Circulen!” . El negocio habitual de la Policía en todo el Mundo. Es decir: disolver grupos de personas que siempre, bajo su punto de vista, podrían convertirse en una peligrosa turba.

Pero el enemigo de verdad no está derrotado. Combaten mientras se van retirando hacia Oxford Circus, Son las 21:15. A pocos metros del nuevo objetivo de los escuadrones de la Policía, un típico autobús londinense parece un tanque destruido. Su motor está deshecho y sus luces de emergencia parpadean ansiosamente. Algunos agentes lo miran confusos. Parecen tratar de proteger a esta víctima herida, que se ha convertido -aunque quizás los “bobbies” no se den cuenta- en un impresionante símbolo de esos disturbios que han paralizado las compras navideñas en Oxford street y, como el público sabrá a la mañana siguiente, amenazado al heredero de la Corona británica, rodeado en su Rolls Royce por una banda de manifestantes que, como una nueva “sansculotterie”, pedían cortar cabezas de reyes…

La carretera, por lo general llena de vehículos, está cerrada. La Policía Metropolitana marcha al frente. Los “bobbies” vestidos de antidisturbios gritan como auténticos casacas rojas del siglo XVIII avanzando sobre Lexington o Concord. Algunos rebeldes, de hecho una pareja de chicas jóvenes, se atreven a gritarles “Polis, ¡iros a casa!” desde las casi vacías aceras de Oxford street. Uno de los agentes se vuelve para mirarlas, la porra y el escudo listos para actuar, pero no hace nada, quizás satisfecho con el repentino silencio entre las filas de esos espectadores inquietos.

Próxima parada: Oxford Circus. No se encuentra resistencia visible. Los problemas se han trasladado a otra de las grandes calles del Capitalismo británico: Regent street.

Justo delante de la juguetería “Hamley´s”. Allí la Policía ha capturado a diferentes enemigos, los ha rodeado, formando con sus propios cuerpos una jaula para estudiantes que parecen divertidos y asustados al mismo tiempo. La Prensa trata de conseguir fotos. De hecho, “la Foto”. Casi en vano.

Pero la batalla de Oxford street no acaba aquí. El enemigo no está completamente derrotado. Corre hacía su centro de operaciones habitual: Trafalgar square. Aún así la Policía los empuja hasta que los obliga a cruzar el puente ante el Parlamento, bajo los helados ojos de la reina Boadicea.

A las 23:45 todo ha acabado. Ha habido algunos heridos graves, pero no un verdadero derramamiento de sangre. Sin embargo la escena es bastante inquietante: furgonetas de la Policía, entre una neblinosa atmósfera, rodean el Parlamento y el helicóptero de la Metropolitana señala al suelo con su pálido dedo de luz. Todo parece sacado de una pesadilla de Aldous Huxley o de la pluma de George Orwell.

A las 12 de la noche, la Policía, cansada, mantiene bajo vigilancia el centro de Londres y especialmente los edificios gubernamentales. Las estatuas de los héroes de la Segunda Guerra Mundial miran tranquilamente el final de la batalla de Oxford street.

Sí, todo ha acabado. Londres sigue adelante. Los negocios, los bailes, los conciertos y las fiestas -unas realmente pijas y otras no tanto-, se desarrollan como de costumbre. Elegantes limusinas duermen en la calle hombro con hombro con vagabundos. Los que han ido a alguna fiesta se apresuran a volver a sus casas. Y los manifestantes también. Algunos bebedores gritan y ríen en Picadilly y Oxford street Otros borrachos no tan elegantes, duermen aquí y allá. Pero, sin duda, los disturbios han tenido lugar. Hoy, y varios días antes. Y los líderes de los estudiantes declararán mañana, al “Evening Standard” o a un “Daily Telegraph” verdaderamente furioso -que hablaba de hacer rodar cabezas entre los causantes de los disturbios- o, de hecho, ante quien quisiera escucharles, que las manifestaciones iban a seguir hasta que el gobierno de los Liberales demócratas diese marcha atrás en los recortes en Educación. Y no les ha importado un ceutí hacer esas declaraciones que, evidentemente, van a afectar a la solidez de la imagen de la Economía británica ante el ojo sin párpado del nuevo dios que rige en el Mundo desde el año 2007: los mercados…

Así pues, ¿deberían los especuladores incluir a Gran Bretaña entre los países P. I. G. tras este nuevo, peligroso, episodio de una guerra contra un presupuesto restrictivo que se ha escenificado en ese país durante semanas?

De hecho, los disturbios de Londres se están convirtiendo en tan intensos y considerables como los que terminaron de hundir a Grecia.

Ante esas pruebas, los especuladores deberían considerar, en efecto, que su nueva víctima tendría que ser la amotinada Gran Bretaña y no la tranquila España y el aún más tranquilo Portugal. Si hay hoy en Europa un país que parezca poco digno de confianza, uno en el que sus calles y comercios aparecen amenazados por turbas furiosas que los destruyen, ese es Gran Bretaña, evidentemente.

¿O es que, al contrario de lo que suele ser habitual en sus mensajes sobre países P. I. G., esos especuladores contra la deuda española y portuguesa van a invertir en un país como ése, el que aparece descrito en este artículo y las fotografías que lo acompañan?

Tenemos la respuesta para esa pregunta: desde luego que sí. ¿Parece una respuesta poco lógica, incluso excéntrica?, ¿una tontería? De ningún modo. La explicación es verdaderamente sencilla.

En primer lugar, Gran Bretaña es un país que disfruta, en términos generales, de una imagen fuerte y sólida y que, con toda seguridad, sabrá manejar tan bien esa crisis como antes supo manejar otros problemas como el motín de Spithead en 1797, Peterloo, las conflictivas huelgas que siguieron a la Primera Guerra Mundial o los disturbios del Poll Tax que tuvieron lugar durante el gobierno de la baronesa Thatcher.

En segundo lugar, la divisa británica es la libra esterlina, no el euro. Eso deja zanjada la cuestión. Los especuladores quieren destruir la divisa de la Unión Europea, no la libra esterlina. Esa es la razón por la que Gran Bretaña podrá ser incendiada por sus propios habitantes sin que eso conmueva ni poco ni mucho a los inversores o excite los instintos primarios de especuladores y periodistas que, por lo que parece, pueden ver el Futuro dentro de sus bolas de cristal y actuar como diosecillos que designan quién se salva y quién se condena en este apocalipsis económico.

Además de todo eso, las élites políticas e intelectuales de países como España ya les han hecho la mitad de este sucio, mezquino, trabajo permitiendo a gente como esa burlar, ridiculizar y desacreditar a esos estados-miembros de la UE -en novelas, películas, periódicos y un largo etc…- durante décadas sin una sola réplica. Es así como esa falsa historia de los países P. I. G. ha sido escrita. Esa es la razón por la que países de confianza han sido marcados como víctimas y países en estado de agitación política como Gran Bretaña han sido dejados en paz con sus propios y profundos problemas para fijar un presupuesto restrictivo. Nada más y nada menos. Esta es toda la verdad, o al menos, una parte importante de ella, sobre la crisis del euro. Las pruebas de esos innegables hechos -que los especuladores no tienen verdaderos motivos para afirmar lo que afirman, por ejemplo, sobre España- eran más que evidentes en Oxford street y Regent street durante la noche del día 9 de diciembre de 2010….

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