¿De qué se queja el señor José María Guelbenzu? Exposiciones, articulistas y Leyes contra Internet

Con asombro se lee el artículo de opinión publicado por el diario “El País” el día 22 de este mes firmado por José María Guelbenzu.

En él, el renombrado autor y editor se lanzaba a una diatriba bastante airada contra los que se muestran opuestos a la llamada “ley Sinde”.

Tras unas concesiones iniciales, más bien de circunstancias, o esa es la impresión que da, a los temores, más que razonables, que esa ley -afortunadamente rechazada por el Parlamento el día 21 de diciembre- había suscitado en la comunidad de internautas, el señor Guelbenzu se lanzaba a defender esas medidas legales con verdadera pasión.

Según él la “ley Sinde” es la única capaz de proteger a los que él llama “creadores” de una Piratería desaforada supuestamente alimentada por el mero hecho de que Internet exista…

A partir de ahí empezaba un discurso de lo más confuso, desorientado y desorientador. El señor Guelbenzu confundía así los problemas de pirateo de películas y música -sin duda reales y muy graves, verdaderamente destructivos- con una fantasmagórica amenaza contra los derechos de autor de los escritores. Cosa que, como sabemos todos, de momento jamás ha estado en peligro en Internet. El ejemplo al que el señor Guelbenzu recurría era verdaderamente inverosímil. Trataba de demostrarnos que la ausencia de una “ley Sinde” sería la culpable de arruinar a Mario Vargas Llosa. Nada menos. Dicho así suena hasta ridículo, ¿verdad? Teniendo en cuenta las cifras millonarias que maneja el citado autor que, que se sepa, jamás ha tenido el más mínimo problema con descargas de su obra a través de Internet.

Sin embargo, José María Guelbenzu guardaba aún más sorpresas en su pluma. Así, también de manera bastante inopinada, señalaba que los internautas, en general, eran una especie de nostálgicos del Franquismo porque reclamaban una total Libertad en el tema de las descargas, consecuencia para el señor Guelbenzu de una peculiar idiosincrasia española -cómo no- fruto de una democracia que, como él dice, según parece no sin cierto regodeo, data de anteayer…

Realmente tras la lectura de ese análisis de Internet como problema, el desconcierto sobrecoge a quienes se agrupan en torno a “El País” y, víctimas de su deformación profesional de historiadores, tratan de descifrar qué quiere decir, exactamente, ese artículo.

Parece que está a favor de la “ley Sinde”. De eso no hay duda, pero, ¿qué más pretende decir o defender? ¿Qué en España la democracia sea profundizada? Albricias. Ya era hora de que se pidieran esas cosas en algunas columnas de opinión de “El País”, hasta ahora más ensimismadas en contemplar, y alabar, a una élite cada vez más endogámica, más antidemocrática, que hace añorar el año 1978, que en preocuparse de la calidad de la democracia española. Ahora bien, ¿el eminente escritor y editor pretende que esa profundización del sistema democrático español se obtenga mediante una Ley que, en la práctica, dada su vaguedad, podría cerrar cualquier página bajo cualquier pretexto?

Una postura confusa ciertamente, en la que se hace bastante difícil de conjugar “Libertad de Expresión” con “Derechos de Autor”. Quizás el señor Guelbenzu, verdaderamente mimado por los medios de prensa convencionales, no se da cuenta (o no se quiere dar cuenta, como el chico de la chica Ye-Ye) de lo que supone Internet más allá de esas descargas ilegales sobre las que él siembra tanta confusión, metiendo en el mismo saco el cine de consumo masivo con la Literatura que jamás ha tenido la más mínima necesidad de publicarse en Internet a causa de, por ejemplo, el rechazo sistemático de una industria -de la que vive el propio señor Guelbenzu- que pretende mantener una especie de coto cerrado a ese respecto, vetando sus tribunas de opinión y promoción a todos aquellos escritores que no han recibido el plácet de determinados cenáculos por demás restrictivos y endogámicos.

¿Es eso lo que realmente le molesta al señor Guelbenzu?, ¿que Internet se está convirtiendo en una palestra para muchos creadores que, de otro modo, jamás habrían podido difundir su obra al carecer de los contactos necesarios en los medios convencionales?

Sería muy gallardo por su parte aclarar este punto y no tratar de confundir a los lectores acerca de cuál es el verdadero problema que, según todos los indicios, supone Internet a muchos de los que, como él, desean verlo regulado por medio de la imprecisa “ley Sinde”.

Es realmente triste la trayectoria de algunos intelectuales y políticos españoles supuestamente de izquierdas. Guelbenzu, con su errática actitud, en la que, por lo que se lee, pretende hacernos tragar la parte por el todo con la problemática de Internet, hace así pasar por progresistas a sus supuestos rivales del ala más dura de la Derecha española. Caso de la que se aloja en periódicos como “La Gaceta de los negocios”. ¿Es realmente consciente esa “gauche divine”, elitista como la peor de las aristocracias, de que con esas actitudes se está dando la mano en este asunto de Internet con regímenes tan sospechosos como la Venezuela chavista o la China supuestamente comunista?

El señor Guelbenzu debería reflexionar más antes de escribir. A veces es mejor callar que hablar mal. Debería tener también en cuenta que una editorial con la que él mantiene tan buenas relaciones como Alba se ha nutrido en gran medida de publicar autores que ya no pueden cobrar, por ley, esos derechos de autor que él tanto ve peligrar en su artículo. Libros a los que, por cierto, nunca les ha faltado una buena reseña en las páginas de “El País”. Las mismas a las que no puede acceder la obra de muchos autores que sólo tienen, insistimos, en Internet, un medio en el cual difundir sus obras. Al precio que sea, que, por cierto, no es precisamente el mismo que hoy día cobra el señor Vargas Llosa. ¿Es la existencia de esa especie de “Bosque de Sherwood” electrónico lleno de proscritos -que, en este caso, no equivalen a salteadores de caminos- el que tanto preocupa al señor Guelbenzu? Da la impresión de que así es. En caso contrario, sería conveniente que nos lo aclarase mediante un próximo artículo, más preciso, más esclarecedor de cuáles son sus miedos -y los de otros destacados intelectuales del Establishment como el señor Alex de la Iglesia-, cuando les pasa por la cabeza la sola  existencia de Internet y la necesidad de regular ese medio de comunicación, no se sabe muy bien cómo ni en qué medida mediante artefactos tan peligrosos como la “ley Sinde”.

Al fin y al cabo él siempre tiene tribuna abierta en el medio que le  apetezca. Otros muchos no pueden decir lo mismo. ¿O cree el señor Guelbenzu que es fácil promocionar en prensa, por ejemplo, una exposición, o un libro, cuando no se cuenta con los apoyos o simpatías necesarias?

Como muestra le sugerimos que reflexione sobre este hecho: hoy por hoy para algunos historiadores resulta tan difícil dar a conocer, por ejemplo, un relato crítico sobre la vida de Napoleón, en formato de exposición -caso, precisamente de la que se publicita en este número de “La Bitácora”-, como lo podría haber sido en la Francia del año 1852 bajo la dictadura de su sobrino -Napoleón III-, que no simpatizaba, precisamente, con la prensa libre, como lo demuestran las imágenes que ilustran este artículo. Extraídas de un número del “Punch” de ese año perteneciente -no se inquiete señor Guelbenzu- a una colección particular.

A ese respecto, también hoy por hoy, es mucho más sencillo -fíjese usted bien en el detalle señor Guelbenzu, ya que le preocupa tanto que nuestra democracia sea tan poco madura, tan de anteayer-, que algunos articulistas le alaben en la prensa impresa de gran difusión una especie de listín telefónico sobre un movimiento parafascista como el Requeté en el cual, además, todavía se tiene el descaro de presentar a esa turba de liberticidas como víctimas del Franquismo. Así están las cosas señor Guelbenzu… y si Internet cayese en España bajo la sombra de algo siquiera parecido a la “ley Sinde” imagínese como estarían.

¿O es eso precisamente lo que usted y otros desean en el fondo?…

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