Las brujas y el “danés peligroso”. Notas sobre un oportuno homenaje al doctor Gustav Hennigsen Pamplona-Zugarramurdi (4, 5 y 6 de noviembre de 2010)

Las Jornadas en homenaje al doctor Gustav Henningsen “Akelarre: la historia de la brujería en el Pirineo (siglos XIV-XVIII)” organizadas los días 4, 5 y 6 de noviembre por la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza con la colaboración del Gobierno Foral de Navarra y el Ayuntamiento de Zugarramurdi, pueden darse por concluidas con un éxito notable. Tanto por la cantidad como por la calidad de los participantes en ellas.

La llamada cueva pequeña de Zugarramurdi. Supuesto lugar de reuniones de brujas

Los actos estrictamente académicos se iniciaron en la tarde del día 4 con una conferencia del profesor de la Universidad del País Vasco Iñaki Reguera, en la que se pasó revista, en detalle, a todo lo relacionado con el tema de la Brujería en el País Vasco y Navarra desde la Baja Edad Media hasta el gran proceso del año 1610 que, en cierto modo -y al menos por lo que se refiere a la Corona de Castilla-, detendrá la persecución y ejecución de brujas que en otros lugares de Europa persistirá -como ocurre en el caso de Suiza- hasta finales del siglo XVIII.

Fue el homenajeado en estas Jornadas, el doctor Gustav Henningsen, quien hace ya varias décadas investigó ese llamativo caso del proceso celebrado en Logroño ahora hace cuatrocientos años y lo supo poner en valor y, lo que es más importante, tuvo los medios, la oportunidad y la voluntad de hacer de él un hecho histórico conocido a nivel internacional gracias, principalmente, a su libro “El abogado de las brujas”.

En él, como sabrán todos los que hayan tenido el placer de leerlo, se dejaba claro, con todos los detalles necesarios y, además, con gran oficio de historiador y una prosa rica -pero tan sencilla de leer que hubiera admirado hasta al mismísimo burgués gentilhombre de Moliere-, cuál fue el primer lugar en la aterrada Europa del siglo XVII en el que se puso freno a esos miedos a mujeres -sobre todo- y hombres que, se decía, volaban de noche sobre escobas y vendían sus almas al Diablo a cambio de poderes mágicos, declarándose oficialmente que semejantes ideas -tal y como creemos hoy día- eran absurdas, carentes de fundamento, producto de la maledicencia o de imaginaciones desbocadas a las que, por cierto, nada ayudaba la de algunos de los clérigos y magistrados civiles implicados en aquellos casos y obsesionados con creer en brujas, o con hacer creer a los demás en semejantes cosas para establecer un mejor control sobre una sociedad que, convenientemente aterrorizada, resultaba mucho más dócil a sus intereses.

Ese evidente avance intelectual de la Historia de la Cultura europea se dio en la España de Felipe III a la que -cómo no- se ha considerado un reinado perdido, un período catastrófico y -también cómo no- decadente, siguiendo la habitual línea de racionamientos irracionales con la que se ha escrito buena parte de la Historia de España durante los últimos 150 años y, especialmente, durante los últimos sesenta. Es decir, desde los tiempos de Cánovas hasta los de la longeva dictadura franquista.

Una Historiografía -por darle algún nombre- donde los hechos históricos son pervertidos o desechados para que todo encaje en ese estrecho molde al servicio, en realidad, de determinados intereses políticos bastante perniciosos a nivel colectivo, como -sería de esperar- lo habrá dejado claro a muchos la nefasta experiencia de la Guerra Civil de 1936 a 1939 y la posterior dictadura que, según su propia retórica, venía  a salvar a España de siglos de decadencia manifestados en reinados como el de ese Felipe III que, sin embargo, y como se encargó de demostrar Gustav Henningsen, fue el primer rey europeo en decir “basta” a aquel estado de demencia colectiva que buscaba enemigos públicos donde sólo había imaginaciones febriles o interesadas. Algo que, por ejemplo, el rey de Inglaterra y Escocia en la misma época, Jacobo I -casado, por cierto, con una princesa danesa, también supuesta víctima de hechizos brujeriles- era incapaz siquiera de concebir. Como lo demuestra el hecho de que no sólo autorizó persecuciones y ejecuciones contra esos supuestos adoradores del Príncipe de las Tinieblas, sino que, además, escribió una obra -la “Daemonologie”- destinada a instruir a aquellos que en los dominios británicos se dedicaron a perseguir brujas hasta finales de aquel accidentado siglo XVII.

Todo eso, efectivamente, es lo que vino a descubrir Gustav Henningsen en la segunda mitad del siglo pasado, sumándose al esfuerzo ya iniciado por Julio Caro Baroja algunos años antes e impulsando así una de las mejores escuelas historiográficas de Europa dedicadas a la investigación de ese fenómeno, el de la Gran Caza de brujas en ese continente, que, como es lógico, es uno de los problemas históricos que más fascinan a los que no se dedican a nivel profesional a estas cuestiones. Los mismo que siempre están preguntándose, con razón, qué había de verdad en aquellas acusaciones, si la Magia de origen diabólico era verdad o un simple rumor malvado y, en definitiva, cómo aquella debacle -sólo superada por la desencadenada por los totalitarismos fascistas y comunistas en el siglo XX- fue posible, haciendo recaer sentencias de muerte sobre miles de personas por crímenes que no podían ser probados.

El profesor Jaime Contreras de la Universidad de Alcalá recordó oportunamente -aparte del origen del apodo, “el danés peligroso”, que el profesor Hennigsen se ganó por su insistencia en los Archivos y Bibliotecas españolas- ese detalle a lo largo de una de las conferencias de clausura -iniciadas por el profesor Roldan Jimeno Aranguren, de la Universidad Pública de Navarra- que fueron pronunciadas en el acto de homenaje final, celebrado en el Museo de la Brujería de Zugarramurdi este sábado 6 de noviembre, subrayando que Gustav Henningsen, en efecto, dejó bien establecido con sus investigaciones cuál fue el primer lugar de toda aquella Europa sumida en tinieblas barrocas donde se dijo “basta” a aquella locura colectiva, poniendo en evidencia tópicos groseros como el que convierte al mundo anglosajón en vanguardia del pensamiento científico sin ningún fundamento. Como bien se deja ver, aparte de en otros muchos documentos, en los contenidos de “El abogado de las brujas”…

Sólo por esa razón queda más que justificado este homenaje al profesor Henningsen que, acompañado del que también se le ha rendido poco después en Logroño, es, además de bien merecido como pocos, oportuno para que recordemos que la Historia, como ciencia, se elabora a partir de hechos y no con consignas políticas como las que, desde un manifiesto abuso de confianza, pudo escribir un, por ejemplo, Antonio Cánovas del Castilla a mediados del siglo XIX, enturbiando la tarea de escribir la Historia de España de un modo que aún hoy está necesitada de la intervención de uno -o varios- equivalentes historiográficos al “abogado de las brujas”.

A partir de este punto, cerrado este homenaje, lógicamente, habrá que seguir trabajando en esa línea y en otras muchas que quedaron convenientemente expuestas en las ponencias presentadas en el Museo de Navarra durante los días 4 y 5 de noviembre, entre las que se podrían destacar la del director del Museo de Creencias y Religiosidad del Pirineo Central, Ángel Gari Lacruz -veterano en el campo de la Historia de la Brujería desde la misma época en la que el homenajeado desarrollaba sus propias investigaciones-, con quien tuvo el honor de compartir mesa y debate uno de los miembros del Comité de redacción de esta revista que también actuó en calidad de ponente, la pronunciada en la sesión del día 5 por María Tausiet sobre el aquelarre como alegoría, o, sin ánimo de agotar la lista, las leídas en ese mismo día por Amaia Nausia Pimoulier y el profesor Jesús Mari Usunáriz de la Universidad de Navarra, miembros, a su vez -junto con Iñaki Reguera-, de los comités de organización y científico que han hecho una realidad -no una fantasía, como el vuelo nocturno al “aquelarre”- de este homenaje al profesor Gustav Hennigsen que, aparte de todo lo dicho, nos ha dejado otras enseñanzas valiosas.

Imagen del doctor Henningsen ante el Museo de las Brujas de Zugarramurdi

Como, por ejemplo, la de implicar a un público tan masivo como sea posible en estos acontecimientos académicos que, al fin y al cabo, sólo pretenden devolverles la  parte más visible de su Patrimonio. Es decir, la Historia. Algo que en este caso se ha tenido la buena idea de conseguir mediante la proyección, al final de cada sesión, de una película relacionada con el tema de la Brujería.

El día 4 fue “Haxän” de Benjamin Christensen, el día 5 “Akelarre” de Pedro Olea y el día 6 algo completamente nuevo: el cortometraje “Akerbeltz: las brujas y el inquisidor” dirigido por Ángel y César Urbina que, por medio de su efectista realización a partir de los dibujos de Jorge Galán Liquete, -unida a una impresionante banda sonora basada en el tema “Raven” de la banda de folk sueca “Hedningarna”-, esperemos ayude en el futuro a seguir despertando el interés por la Historia de nuestra Brujería -y de rechazo por la del resto de Europa- en todos los que la vean.

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