Brujas, catedráticos, historiadores, reyes y novelistas. La ignorancia de la Historia como industria cultural

Carlos Rilova Jericó

Si en estas vísperas de Todos los Santos -o de Halloween y Hallowmass, si se prefiere- nos dijeran que no sabemos nada sobre esa Brujería en la que se inspiran muchos de los disfraces que se van a ver por nuestras calles estas noches, no lo creeríamos. Diríamos que, quizás, no tenemos los conocimientos que tendría un especialista en el tema pero que, en general, sí, sabemos bastante sobre brujas. Incluso podríamos alegar que nos hemos empapado en el asunto viendo, por ejemplo, la última versión para el Cine de “La Letra Escarlata” -con suma atención además, teniendo en cuenta que Demi Moore protagoniza en ella una interesante escena de aseo personal-, o la más dramática “El crisol”.

Evidentemente el historiador, ante esos argumentos, debería reconocer que sus interlocutores -disfrazados o no para el festejo de la noche de Samain- estarían, más o menos, en antecedentes de los hechos históricos que habrían inspirado los ropajes con los que, sin saberlo o no, están tratando de conjurar a los espíritus de los muertos que rondan esa noche por las calles, plazas y campos, según las tradiciones celtas que han inspirado el comercial Halloween estadounidense que ahora hemos importado.

Sin embargo… sin embargo, a eso podría añadir que es mucho más lo que sus interlocutores sabrían sobre esa cuestión si pasasen de las imágenes a los libros, y no necesariamente a manuales eruditos como los que se mencionarán en este artículo. ¿Qué tal leer alguna novela basada en el tema? ¿Sería esa una buena idea?

Enrique IV, rey de Francia y de Navarra, su muerte provocó la de Leonora Galigai. (Colección particular)

Tras un momento de eso que llaman “madura reflexión” el historiador debería responder que quizás no, que esa no sería una buena idea. Si la memoria no le falla, recuerda que hay casos de novelas que se han inspirado en los acontecimientos de la Gran Caza de brujas europea del siglo XVII y el resultado no puede ser más lamentable, a pesar de que se trata de textos que, seguramente, lo tienen todo para triunfar entre un público que teme a los libros de Historia y los sustituye por estas facilidades…

Para demostrarlo hablaremos aquí de una de ellas. Es lo que antes llamaban una novela-río, o una saga. Es decir, una novela compuesta de varios volúmenes. Un formato con el que su autor, Neal Stephenson, se ha tomado unas libertades considerables poniendo en marcha una complicada maquinaria, casi inabarcable, de volúmenes, que se han publicado en español bajo el título genérico de “El ciclo barroco”.

Básicamente esa serie de novelas que parece, en efecto, casi inacabable, refleja la peculiar visión del Mundo del siglo XVII -Brujería incluida- de un autor anglosajón. Con todos los peligros que eso implica para la Historia como Ciencia, como intento de conocer la Verdad, y no como fantasía -muchas veces enfermiza- al servicio de ciertos países e individuos.

El objetivo confeso de Neal Stephenson es describir, a su manera, desde luego, el nacimiento de la ciencia moderna. La misma de la que ahora echamos mano para lavar la ropa, escribir, chatear, enviar mensajes, telefonear y un largo etcétera.

Eso no significa, sin embargo, que su, supuestamente, apasionada búsqueda y exposición de las hazañas de los científicos históricos habituales -es decir, anglosajones o relacionados con ellos, como es el caso de Leibniz-, le haya llevado a excluir de esa vasta serie de novelas del “Ciclo barroco” aspectos de lo más variopinto; entre ellos sus obsesiones escatológicas -la alusión a excrementos y similares llega a ser cargante a lo largo de los cientos de páginas de esta larga novela de novelas, tanto como para hacer feliz a más de un psicoanalista- y, naturalmente, la cuestión de la Brujería, tan emparejada con la Ciencia -como acertadamente no pretende ocultar Neal Stephenson- en la época barroca.

El modo en el que ese autor trae a colación esa cuestión, es sencillamente preocupante para cualquier historiador que se haya pasado buena parte de su vida profesional tratando de esclarecer el fenómeno de la Brujería europea de la Edad Moderna. Así, como tienen por costumbre la mayor parte de los escritores que se creen con derecho a utilizar determinadas épocas históricas como eje de sus novelas, Neal Stephenson da una versión de ese agitado episodio desde la suficiencia más absoluta, manejando hechos y personajes a su antojo, mostrando un deje de autoridad en la materia habitual en los farsantes que desean encubrir su ignorancia para pasarla  y colocarla de contrabando entre  el mayor número de personas posible. En este caso, parece ser, con el fin de que le permitan vivir sin trabajar -o casi- gracias al ejercicio de la Literatura. O de algo que se le parece bastante.

Eso es obvio, para cualquier historiador que conozca algo el tema, desde el primer volumen  de la serie del “Ciclo barroco”, ambientada en la colonia de Massachussets en el año 1713. Es, en efecto, en esas primera páginas de su larga serie de novelas en las que Neal Stephenson y su atrevida ignorancia de la Historia -incluso de la propia, de la del mundo anglosajón- se muestran en toda su escalofriante crudeza… Sin embargo dejaremos esa cuestión para después de haber hablado, por cuestión de orden cronológico, de otra de las principales alusiones de este novelista al fenómeno de la Brujería europea en la Edad Moderna.

Se trata de una descripción sui generis -cómo no- de la noche de Walpurgis que en castellano fue publicada en el volumen I, Libro II de la serie. El titulado “El rey de los vagabundos”.

La acción transcurre en el año 1684, durante uno de los interminables vagabundeos de Jack Shaftoe -el rey de los vagabundos y principal protagonista de la serie, un descarado londinense entresacado de lo más bajo y castizo de esa ciudad- por toda la Europa de finales del siglo XVII y principios del XVIII, en la que ejerce de encantador rufián que trata de truncar los malvados planes imperialistas -por así llamarlos- de Luis XIV para ese continente y el resto del Mundo. Sin éxito, eso sí; en eso parece que hemos mejorado algo desde la época en la que la Historia inglesa -y por extensión la del resto del Mundo- era escrita no por Neal Stephenson sino por C. S. Forester mediante su serie de novelas protagonizadas por el capitán Horatio Hornblower[1].

Por lo demás la noche de Walpurgis de Jack Shaftoe, del simpático golfante knockney, del muchacho criado a orillas de la Isla de los Perros que viene a ser el ombligo de Londres, se reduce a una confusa -y más bien poco veraz- mezcla de las batallas nocturnas descritas por Carlo Ginzburg en varios de sus trabajos sobre la Historia de la  Brujería y un viaje alucinógeno que, como mucho de lo que se contiene en la larga novela de novelas de Neal Stephenson huele, demasiado, a episodio más propio de nuestra época que del siglo XVII en el que se pretende situar la acción[2].

Esta especie de divertimento a costa de la Historia -como muchos otros de esta larga serie de novelas- es, de todos modos, pasable si lo comparamos con el error verdaderamente atroz que se inserta en las primeras páginas de la novela “Azogue” con la que se inicia el “Ciclo barroco”.

En ellas Neal Stephenson se lanza, sin ninguna precaución, a decir lo que a él le parece que realmente ocurrió en la Europa de finales del siglo XVII con respecto a ese asunto tan gracioso -¿y cuál no, según su forma de ver las cosas?- de la Brujería.

Es así como vemos que uno de los principales personajes -junto al inefable Jack Shaftoe- de la trama del “Ciclo barroco”, Enoch el rojo, asiste a la  ejecución de una bruja en las cercanías del Boston del año 1713. Todo ello da pie al autor para expresar una serie de opiniones -a cual más engolada, a pesar del disfraz “punk” un tanto estereotipado con que se ha vestido toda la narración de esta serie de novelas- sobre el asunto de la Brujería en la Europa de la época…

Es así como el autor del “Ciclo barroco” se pone -según todos los indicios sin tener ni idea de ello- en el más absoluto de los ridículos si tenemos en cuenta que en el Boston del año 1713 no había nadie -y menos aún magistrados o jueces- dispuestos a ahorcar o quemar brujas. Principalmente porque consta por los registros documentales de la época -publicados hace años en un formato asequible para cualquiera que sepa leer- que, justo en esas fechas, los parientes de los ejecutados en el Salem del año 1692 estaban exigiendo fuertes reclamaciones económicas en los tribunales de esa colonia por la que pulula Enoch el rojo hablando con toda solemnidad de acontecimientos históricos que, sencillamente, nunca tuvieron lugar. Incluso en una novela que bajo el vago amparo de ser “histórica” se cree con derecho a todo. Hasta a dejar en ridículo a su propio autor y no digamos ya a todos los incautos que crean haber aprendido algo sobre la Historia de la Brujería europea en sus páginas[3].

Entre ese número de incautos se encuentran algunos que o no deberían estar entre ellos o deberían resignar sus funciones públicas en cuanto se pongan en antecedentes de la situación, verdaderamente comprometida, en la que los dejan sus encendidos -y continuos- elogios al “Ciclo barroco” de Neal Stephenson. Me refiero al catedrático de la Universitat Politècnica de Catalunya Miquel Barceló.

En efecto, este miembro del claustro de una de las pocas universidades españolas que no están hundidas en los puestos más bajos de los “rankings” de competitividad que se han publicado últimamente, dice de esa obra, como vemos sumida en la más negra de las ignorancias hasta sobre la propia Historia nacional del autor, cosas tales como que algunos de sus contenidos -concretamente los de “El rey de los vagabundos”- son “un magistral boceto de cómo podía ser la vida en esa época”, o que en ese ciclo de novelas se juntan “diversión y reflexión”…[4]

Como si no fuera ya bastante, el profesor Barceló no duda en añadir más leña al fuego de esa hoguera en la que, bien mirado, está quemando -sin darse cuenta, por supuesto- su propio prestigio como científico en las sucesivas presentaciones que hace a cada nuevo volumen del “Ciclo barroco”.

En la que precede a “La confusión”, volumen 2, primera parte, de la serie, su tono se reviste de cierta solemnidad apabullándonos con su versión del nacimiento de lo que, como él mismo dice “hoy llamamos la “ciencia moderna” ”. No otra, por supuesto, que la impuesta por los anglosajones decimonónicos, a la que, por supuesto, es incapaz de añadir matiz o criterio propio alguno. A saber, la de que es la “Royal Society” inglesa la que consigue ese logro -crear la ciencia actual que tan útil nos es hoy día- con sir Isaac Newton a la cabeza. Un proceso que, en su opinión, el “Ciclo barroco” de Neal Stephenson  describe “con tanto acierto como amenidad”…[5]

Evidentemente, como acabamos de ver, el acierto del “Ciclo” con respecto a la Historia de la Brujería, brilla por su ausencia en estas novelas. Y si esa es la medida según la cual está escrita esa larga novela de novelas, realmente uno cree poder preguntarse, con todo derecho, por qué razón o medios Miquel Barceló ha llegado, con esa evidente falta de criterio, en primer lugar, a ostentar una cátedra universitaria y en segundo lugar a ejercer un papel determinante a la hora de decidir qué se publica -y por tanto qué se lee- en una de las principales editoriales del país. En tercer lugar eventualmente también parece oportuno preguntarse -y preguntar al público- por qué razón personas como éstas se creen con derecho a impartir lecciones de Historia, materia en la que, es evidente, no tienen muchos conocimientos.

Es evidente que él y otros como él son los culpables de mantener en circulación tópicos acientíficos como esos, gracias a los que seguimos sabiendo sobre las brujas y lo que les ocurrió ahora hace trescientos años menos de lo que en realidad creemos.

Como Galileo, demostraremos el movimiento -o, en este caso nuestros argumentos- andando, es decir, con un caso práctico con el que cerraremos este artículo, esperando que sirva de algo a los lectores en general, y a algunos catedráticos de universidad, editores y escritores en particular.

Una de las ideas que se ha extendido hasta convertirse casi en un dogma de fe, incluso en medios académicos más o menos cultivados -no creemos que  haga falta volver a insistir en el caso suficientemente explicado del catedrático, y editor, Miquel Barcelo-, es la de que la Gran Caza de brujas europea afectó mayoritariamente a “pobres mujeres”, viejas, enfermas, seguramente desequilibradas mentalmente tanto por la edad como por su falta de recursos económicos…

No puede negarse, evidentemente, la existencia de casos como esos. Algunos de ellos, muy cerca de nosotros, por ejemplo en el Bilbao de principios del siglo XVIII que reflejan, efectivamente, ese modelo de “pobres mujeres” convertidas en brujas y perseguidas como tales por los poderosos de la época[6].

Sin embargo, puestos a saberlo todo de la Historia de la Brujería -de la real, no de la maleada por algún que otro novelista- que ahora traemos a colación cada 1 de noviembre con las fiestas de Halloween, no estaría mal que nos acordásemos de Leonora Galigai. Ella, para quienes no la conozcan, que seguramente serán una inmensa mayoría, fue una italiana que vivió en el París de comienzos del siglo XVII. También murió en él en la primavera del año 1617… acusada, precisamente, entre otros cargos, de Brujería…

Su historia personal dista mucho de encajar en ese molde -hasta cierto punto convertido en estereotipo- de mujer, pobre, vieja, sometida a una poderosa jerarquía que la habría utilizado como pantalla de humo para reforzar su poder introduciendo la desconfianza, la más corrosiva de las sospechas y, en fin, el miedo, entre vecinos, como sugiere Marvin Harris -no siempre sin razón- en “Vacas, cerdos, guerras y brujas”, agitando el espectro de la Hechicería ante esas masas más o menos ignorantes y supersticiosas[7].

En efecto, Leonora Galigai era hermana de leche de una reina de Francia, María de Medicis, casada con Enrique IV uno de sus reyes más populares -o al menos eso es lo que opinaba una eminencia hoy tan venerada como Alejandro Dumas padre en su relato titulado “Las Tumbas de Saint Denis”, muy apropiado para ser leído en la Noche de Todos Los Santos-, encumbrada al lujo, al poder y a la riqueza a la oronda sombra de esa princesa italiana; a tal punto que era unánimemente odiada y envidiada por nobles y plebeyos de aquella turbia, devastada y, en general, hambrienta -y, por tanto, temerosa y dispuesta a todo- Francia de principios del siglo XVII.

Su marido Concino Concini ejerció verdaderos poderes de dictador sobre esa potencia. Especialmente tras el asesinato del rey a manos de un fanático protestante, Ravaillac, en 1610.

Muerte de Concino Concini. (Fragmento de grabado en color de Maurice Leloir para ilustrar el "Richelieu" de Théodore Cahu.)

La, en definitiva, sobrecogedora historia de Leonora Galigai, es la prueba evidente de que sabemos mucho menos de lo que creemos sobre las brujas que hoy reviven en nuestros disfraces y adornos de Halloween. Poder y no indigencia, riqueza y no miseria, fueron las que hicieron de Leonora Galigai una acusada de Brujería y una víctima más de la Gran Caza de brujas de la Europa del siglo XVII. Dicen que incluso no le faltaba una extraña belleza, suficiente al menos para doblegar -todo lo que fuera posible en un caso como éste- a un joven Armand-Jean du Plessis, obispo de Luçon en esas fechas, que poco después se convertiría en el hoy famoso -gracias al cine y a las novelas, no nos vamos a engañar- cardenal Richelieu…[8]

El mismo, por cierto, que se encargó de ajusticiar el 18 de agosto del año 1634 a otro elemento que tampoco encaja bien en nuestros tópicos sobre quiénes eran esas brujas de las que ahora se echa mano para disfrazarse en la noche de Todos los Santos: Urbain Grandier, un sacerdote que no llevó con mucho acierto su implicación en los supuestos casos de posesión diabólica que sufrieron varias monjas del convento de Loudun, asunto mezclado con alguna de esas intrigas políticas con las que identificamos, casi inmediatamente, al cardenal Richelieu y que, en efecto, se llevaron por delante, en calidad de brujo, a alguien que no era ni pobre, ni mujer, ni viejo, …[9]

Dediquémosles pues, al cardenal Richelieu, a su supuesta amante, a Urban Grandier… un recuerdo antes de salir con nuestras más terroríficas apariencias a asustar a los espectros que rondan las calles el 1 de noviembre de cada año. Quizás así, con un poco de suerte, consigamos poner en fuga al más terrorífico de todos ellos: el de la ignorancia revestida de sabiduría. El mismo que, a lo largo de la Historia nos ha conducido a momentos nada agradables. Como, en realidad, lo fueron las cacerías de brujas del siglo XVII…


[1] STEPHENSON, Neal: El rey de los vagabundos. Ediciones B. Barcelona, 2006, pp. 186 y ss.

[2] Sobre los trabajos de Ginzburg, véase, por ejemplo, GINZBURG, Carlo: Historia nocturna. Un desciframiento del aquelarre. Muchnik. Barcelona, 1986.

[3] Véase STEPHENSON, Neal: Azogue. Ediciones B. Barcelona, 2004, pp. 21-23. Sobre las reclamaciones y la publicación de esa documentación  BOYER, Paul-NISSENBAUM, Stephen: Salem-village witchcraft. A documentary record of local conflict in colonial New England. Northeastern University Press. Boston, 1993, pp. 88-90.

[4] Véase STEPHENSON: El rey de los vagabundos, pp. 9-10.

[5] STEPHENSON, Neal: La confusión. Ediciones B. Barcelona, 2005, p. 5.

[6] Sobre este caso véase RILOVA JERICÓ, Carlos: “Las últimas brujas de Europa. Acusaciones de brujería en el País Vasco durante los siglos XVIII y XIX”. Vasconia, nº 32, 2002, pp. 381-382.

[7] Véase HARRIS, Marvin: Vacas, cerdos, guerras y brujas. Los enigmas de la cultura. Alianza. Madrid, 1992, pp. 204-207. Un tema desarrollado también en RILOVA JERICÓ, Carlos: “De nuevo sobre el tema de la Brujería. El problema de la incredulidad en el siglo XVIII”. Historia Social, nº 38, 2000, pp. 17-34 y PAUL ARZAK, Juainas: “Brujería, frontera y poder”. Bilduma 13, pp. 161-192.

[8] Sobre ese rumor, ANDRIEUX, Maurice: “Le grand Cardinal”, en VV.AA.: Richelieu. Hachette. Paris, 1972, pp. 14-15.

[9] Sobre este caso, famoso en la Historia de la Brujería francesa de la Edad Moderna, véase MANDROU, Robert: Magistrats et sorciers en France au XVIIe siécle. Une analyse de psychologie historique. Seuil. Paris, 1980, pp. 210-219.

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