La Historia no es un juguete. De la batalla de las Navas de Tolosa a la Guerra de la Convención

Por el comité de redacción de “La Bitácora de Pedro Morgan”:
Xabier Alberdi
Álvaro Aragón
Oihana Artetxe
Carlos Rilova

En este segundo número de “La Bitácora de Pedro Morgan”, que aparece el día 26 de este mes, en el que será -salvo aniversario o fecha señalada, como ocurría en el anterior número y ocurrirá en el de noviembre- su día de salida habitual, queremos hacer una crítica -tan constructiva como sea posible- de los contenidos, supuestamente históricos, de cierto programa de televisión y de un par de artículos de prensa. Uno y otros, el programa de televisión y los artículos, son producto de dos conocidos escritores que, en absoluto, son historiadores.Empezaremos por hablar de los artículos. Quien los firma es un autor de eso que llaman “best-sellers”. El académico de la Lengua, y también periodista, Arturo Pérez-Reverte.
El primero de ellos fue publicado el 23 de agosto pasado en el “XLSemanal”, el suplemento dominical de muchos periódicos españoles y al que se le calculan, “grosso modo”, más de cuatro millones de lectores. Su autor lo tituló “El vasco que humilló a los ingleses”.

Para aquellos que no leen habitualmente este tipo de prensa, o incluso para los que la leen pero se perdieron ese número, explicaremos que el vasco al que se refería el título de ese artículo era Blas de Lezo, oficial naval al servicio de la corona española desde finales del siglo XVII hasta bien entrada la primera mitad del XVIII y, como su apellido indica, originario de la costa guipuzcoana. Más concretamente de la localidad de Pasajes de San Pedro, en aquellas fechas una simple dependencia administrativa de lo que hoy es la capital de Guipúzcoa. O sea, San Sebastián.

En pocas palabras, el artículo firmado por el novelista murciano pretende mostrar los principales hitos de la biografía de este personaje casi enteramente desconocido a pesar de que su curriculum militar es de los que marcan época y -como muy justamente recuerda en su página dominical Arturo Pérez-Reverte-, de haber sido inglés o francés, sería mundialmente famoso, objeto de películas y otros pedestales excelsos de los que disfrutan figuras reales -o ficticias- del mundo anglosajón o, en menor medida, francés.

Figuras de varios líderes de la revolución de 1789 (c. 1970)

Saliendo de ese punto de partida, sobre ese campo de papel, el escritor cartagenero se dedica, en su bronco estilo habitual, a exponer en “El vasco que humilló a los ingleses” fundamentalmente una de las mayores victorias militares en las que participa el marino guipuzcoano. A saber: la que se da en la ciudad de Cartagena de Indias sobre la flota y las tropas de Tierra bajo el mando del almirante inglés Vernon durante la llamada “Guerra de la Oreja de Jenkins”, conflicto principalmente naval declarado entre España y Gran Bretaña a partir del año 1739, y solapado desde 1740 hasta 1748 con la que será conocida como Guerra de Sucesión Austríaca.

En conjunto, la información histórica que transmite Arturo Pérez-Reverte en ese artículo no es, exactamente, de mala calidad. Sin embargo, ciertos detalles de “El vasco que humilló a los ingleses” y, sobre todo, el fondo de ese artículo, lo convierten, en nuestra opinión profesional, en un mal producto para el público que, todavía, considera importante tener una buena cultura histórica.

En efecto, hay detalles de “El vasco que humilló a los ingleses” que no coinciden con exactitud con lo poco que se sabe de ese episodio gracias a la investigación histórica, que, en realidad, se reduce a muy poca cosa. De hecho, a un artículo publicado en el año 1957 por el capitán de Infantería Juan Manuel Zapatero, en el número I de la Revista de Historia militar, una tesis doctoral de reciente factura y -hasta dónde sabemos en esta redacción- aún hoy inédita, y poco más si dejamos aparte, por su carácter literario, a una reciente novela del renteriano Alber Vázquez, o un híbrido publicado por un político sudamericano en una editorial española, Altera, situada -dicen- en los linderos extremos de la Derecha; del mismo modo que ponemos también aparte a lo que se ha dicho sobre esa figura -Blas de Lezo- y acontecimiento -el asedio a Cartagena de Indias- en obras de la Historiografía española que podríamos llamar clásicas, como las escritas entre mediados y finales del siglo XIX por Rafael Altamira y Crevea y otros más o menos destacados “brahamanes” de la época de la Restauración como Francisco Serrato.

Desde ese mal punto de partida, Arturo Pérez-Reverte magnifica en su artículo el papel que Blas de Lezo juega en esa batalla, convirtiéndolo en poco menos que un ser ubicuo que, tras contener y retardar el acceso de la flota de Vernon a la bahía ante Cartagena de Indias como, en efecto, lo hizo, se multiplica en todos los fuertes y defensas que circundan la que los británicos consideran es la llave para conquistar el resto de la América española.

De esa información, básicamente cierta, el articulista pasa a dar datos que deforman la verdadera situación en la que está Cartagena de Indias en abril de 1741. Así, por ejemplo, señala que Blas de Lezo se bate trinchera a trinchera, fuerte a fuerte hasta quedar cercado él y el resto de las tropas de guarnición -de las que da una impresión bastante lamentable, considerando, por ejemplo, unidades de escasa entidad a las milicias urbanas o a los regimientos de pardos- en el recinto de la ciudad que, en la habitual e inopinada sintonía decadentista que sirve de fondo a muchos artículos de este autor, es descrito en “El vasco que humilló a los ingleses” como semiderruido…

Lo cierto es que, si seguimos el artículo ya mencionado del capitán Zapatero descubrimos que, en realidad, Cartagena de Indias no llega a estar cercada en ningún momento por la fuerza de invasión del almirante Vernon, que, de hecho, los británicos, a pesar de lo que dicen las medallas conmemorativas que hacen imprimir anticipadamente como bien recuerda -esta vez sí- el artículo de Arturo Pérez-Reverte, no llegan ni a atisbar sus muros, quedando detenidos en condiciones bastante ultrajantes en los fuertes exteriores que defienden el paso a la ciudad, sometidos a una guerra de desgaste que acaba con el rechazo de su último ataque, formado por granaderos y otras tropas de élite, repelido por una carga a la bayoneta de la guarnición de uno de esos fuertes exteriores.

Esos son, nada menos, los detalles fundamentales en los que falla el artículo del escritor y académico murciano.

Por lo que respecta al fondo, quizás lo más sangrante para nuestra profesión es el tono provocativo y desafiante -absolutamente innecesario- en el que ha sido escrito ese artículo.
En efecto, el académico parece querer dar a entender con él que los historiadores profesionales -y, al parecer, especialmente los vascos- han querido echar tierra encima -por así decir- sobre la figura de Blas de Lezo y sus hechos que, también al parecer, habrían sido heroicamente rescatados, una y otros, del olvido por Arturo Pérez-Reverte por medio de este artículo que aspira, por lo que se ve, a ser verdad absoluta e indiscutible -actitud poco científica donde las haya- sobre ese capitán de mar y guerra guipuzcoano y la batalla de Cartagena de Indias.

Una pose que no es de recibo teniendo en cuenta que, aparte de los textos ya mencionados, al menos uno de los miembros de esta Redacción ya dijo todo lo que había que decir al respecto -o al menos todo lo que el académico cartagenero repite en “El vasco que humilló a los ingleses”- en un trabajo presentado al “VII Simposio Ciudadanía y Nación en el mundo hispano contemporáneo”, celebrado a principios de julio del año 2001 en el campus de Vitoria de la Universidad del País Vasco. Justo cuando se cumplían 260 años de ese hecho y, una vez más, Blas de Lezo y sus novelescas heroicidades, dignas, en efecto, de un capitán Hornblower o de un Jean Bart, pasaban casi desapercibidas en los grandes medios de difusión masiva y, también, en la página semanal de Arturo Pérez-Reverte…
Esa chocante actitud del mencionado escritor parece estar convirtiéndose en asidua costumbre. Es lo que puede deducirse, al menos, de sus dos artículos sobre la batalla de las Navas de Tolosa publicados en “XLSemanal”, respectivamente, el 12 de julio -“La carga de los tres reyes”- y el 2 de octubre -“Las 17 Navas de Tolosa”- de este año.

En el primero de ambos artículos el escritor murciano trataba de explicar, una vez más mediante su peculiar estilo, en qué había consistido la batalla de las Navas de Tolosa en la que combaten tres reyes “españoles” contra el ejército de los almohades de Al Nasir. En conjunto, como ocurría en “El vasco que humilló a los ingleses”, el autor cartagenero hacía un relato más o menos correcto de los hechos. El problema, a nivel de crítica histórica, llegaba, otra vez, en los detalles y sobre todo en el fondo de alguno de esos detalles. Especialmente en su afirmación de que uno de los participantes en esa batalla era “el vasco” don Diego Lope de Haro.

Sólo esa afirmación basta ya para poner en cuarentena histórica todo el artículo. En ella se revela que Arturo Pérez-Reverte, tal y como defiende en su otro artículo sobre el tema, “Las 17 Navas de Tolosa”, se ha podido documentar encomiablemente en una bien nutrida biblioteca, pero no ha sabido, de ningún modo, manejar esos datos adecuadamente, con el cuidado con el que los debe manejar un historiador, o alguien que aspira a convertirse en divulgador de esa temática, como parece ser su caso.

En efecto, desde una perspectiva de historiador decir que Lope de Haro era vasco, equivale a decir que el rey Ricardo Corazón de León era palestino… Una cosa es ser designado por un rey castellano como señor de una tierra -en este caso el Señorío de Vizcaya- o poseer por el derecho de conquista un pedazo de terreno, unas fortalezas, en Tierra Santa -como ocurría en el caso de Ricardo Plantagenet-, y otra muy distinta ser originario, nativo, de Vizcaya o de Palestina.

Un grave error de interpretación de las fuentes que, como decimos, pone bajo sospecha todo lo que nos pueda querer contar Arturo Pérez-Reverte sobre las Navas de Tolosa, haciendo así buenas, lógicamente, muchas de las quejas vertidas en el correo de los lectores con el que el escritor cartagenero ajusta cuentas en “Las 17 Navas de Tolosa”.
Es evidente que algunas de esas réplicas son verdaderamente esperpénticas.

Especialmente la de un lector al que el escritor cartagenero llama “pobre indocumentado” porque, entrando al trapo de la supuesta filiación vizcaína de don Lope de Haro, le respondía que los vascos jamás han hecho otra cosa que defender su independencia de Castilla. Una insensatez que no resiste, en efecto, el menor análisis histórico.

Sin embargo, el conjunto de otras cartas de los lectores a las que, de alguna manera, da voz el articulista en “Las 17 Navas de Tolosa”, más o menos desencaminadas en los detalles, si aciertan en el fondo cuando advierten al escritor que está sacando de contexto unos hechos que pertenecen a otra época en la que no se manejan los mismos conceptos que en la nuestra. Por ejemplo el de la propia España, una idea que poco, o nada, tiene que ver con la que tenemos hoy día. Más aún si, como Arturo Pérez-Reverte se empeña, se considera que esa palabra se remonta ya a época romana.

Así es, la “Hispania” romana es un concepto meramente geográfico subdividido, además, en varias circunscripciones -que variarán a lo largo de los siglos hasta la entera desaparición del imperio romano como tal- en las que se incluía mezclado territorio, actual y respectivamente, marroquí, portugués y español.

Importante matiz sobre hasta qué punto coinciden nuestra “España” actual y la Hispania romana -o la de los reinos medievales- que, en su día, explicó correctamente el profesor Álvarez Junco en “Mater dolorosa”, manual que, sin embargo, el autor de “La batalla de los tres reyes” y “Las 17 Navas de Tolosa” parece desconocer completamente. Incurriendo así, por falta de esa lectura -básica para quienes se acercan a la Historia de la idea de España- en el error de tratar de teorizar sobre ella como nación constituida tal como hoy la conocemos a partir de una batalla que, sólo muy remotamente, podría representar los primeros intentos de aglutinación de las diversas monarquías españolas -“hispánicas” sería más correcto decir- pero nada más; nada que permita, desde luego, sacar las aceleradas y abruptas conclusiones que Arturo Pérez-Reverte se permite poner en negro sobre blanco en esas dos piezas sobre las Navas de Tolosa publicadas por el “XLSemanal” a lo largo de este verano y comienzo de otoño.

Menos aún si tenemos en cuenta que uno de los tres reyes, el navarro para más señas, tenía intereses tanto a este lado de los Pirineos como al otro… Por lo tanto, siguiendo la lógica de ambos artículos de Arturo Pérez-Reverte, ¿habría que considerarlo también como precursor de aquel reino de Francia y de Navarra que nacerá a finales del siglo XVI y acabará sus días una fría mañana parisina de 21 de enero de 1793, cuando cae la cabeza de Luis XVI de Francia -y V de Navarra- segada por la guillotina revolucionaria?

Dicho todo lo que creemos se debe decir, a título de historiadores, sobre esos artículos de Arturo Pérez-Reverte, nos queda ya poco espacio que dedicar a las ofensivas -en el plano profesional al menos- alusiones de Juan Manuel de Prada con respecto al carácter de los gremios medievales, pero trataremos de aprovecharlo bien.

Nos referimos, naturalmente, a las que se atrevió a poner en boca en su calidad de director del programa “Lágrimas en la lluvia”, que ha pasado a presentar desde hace escasas semanas en la cadena Intereconomía. En ellas aseguraba que los gremios medievales eran poco menos que una perfecta organización social y, desde luego, muy superior a los sindicatos obreros que se habían manifestado contra la política económica del Gobierno Zapatero por medio de la huelga general del 29 de septiembre de este año…

En conjunto, cualquiera que asistiera a ese discurso del director de “Lágrimas en la lluvia” y conozca bien, o siquiera superficialmente, las doctrinas de teóricos de la contrarrevolución -“reaccionarismo” lo llaman los franceses desde 1789- como De Maistre y Bonald, sin duda pudo darse perfecta cuenta de qué era lo que se ocultaba detrás de esa “laudatio” tan bella, tan culteranamente, explicada como es habitual en Juan Manuel de Prada. Una vez más, parece ser, se estaba intentando “vender” a los oyentes poco formados la idea de una Edad Media wagneriana, idílica, en la que todo estaba perfectamente ordenado en estamentos -los que oran, los que guerrean y los que no hacen ni una ni otra cosa y trabajan para clérigos y guerreros- bajo la vigilante mirada de un dios paternal y benévolo que es, en realidad, el primero de los señores feudales y como tal debe ser obedecido, so pena de ser considerado vasallo felón y por esa misma razón quedar proscrito, borrado de la comunidad, apartado, excomulgado y afectado por toda otra serie de graves problemas de convivencia social que, por supuesto, Juan Manuel de Prada no trajo a colación en su discurso, creando así una imagen de los gremios medievales tan idílica y prerrafaelista como falsa desde el punto de vista histórico…

Un paso que al parecer, según se podía deducir, al menos, del resto del discurso del director de “Lágrimas en la lluvia”, iba destinado a persuadir al público poco avisado de que la revolución de 1789 había sido una cadena de errores. Incluidos entre ellos, es de suponer, conceptos tales como la Libertad, la Igualdad ante la ley y toda otra serie de derechos duramente conquistados en sangrientas luchas contra los representantes de ese orden feudal supuestamente tan paternal según Juan Manuel de Prada.

Sin entrar a juzgar la nefasta carga política de afirmaciones de ese calibre -recuérdese tan sólo lo que hicieron hace unos setenta años otros admiradores de Wagner y su idealizada Edad Media, muy aficionados a los desfiles y paradas militares-, hablando tan sólo como especialistas en Historia, consideramos nuestro deber advertir al público que se acerca a tales productos que, por medio de ellos, se les está escamoteando y falseando la Historia, amputando de ella todos los datos que no entran en el estrecho molde ideológico del que, según todos los indicios, se ha hecho abanderado Juan Manuel de Prada con declaraciones como esas.

Por ejemplo, se les están ocultando las razones por las que ese sistema gremial, tan supuestamente benéfico, sucumbió hace algo más de dos siglos. En efecto, la revolución francesa de 1789 no fue, como parece deducirse de discursos como el mantenido por el director de “Lágrimas en la lluvia”, un mero capricho, ni resultado de unas satánicas ganas de fastidiar o destruir un orden supuestamente perfecto. Esa revolución de 1789 que inició, para bien y para mal, el Mundo en el que hoy vivimos fue el resultado final, podríamos decir que inevitable -con permiso de los físicos cuánticos sustentadores de la teoría de los mundos alternativos-, de una situación de opresión social insostenible, inaceptable para un número cada vez mayor de personas que, con mayor o menor acierto, trataron de asentar la convivencia bajo nuevas normas que, por lo menos, pretendían crear un orden de cosas más justo, más vivible y más viable económicamente. Cosa esta última que, por cierto, ya no era el sistema económico prerrevolucionario en el que habían medrado esos supuestamente perfectos gremios de los que nos hablaba el director de “Lágrimas en la lluvia”…

Cualquier historiador que se ha tomado la molestia de consultar archivos en los que se ha guardado documentación escrita por esos revolucionarios, los llamados “convencionales”, sabe que esto es así. Lo puede leer en esos papeles fechados con su hoy estrambótico calendario, dividido en decenas en lugar de semanas y con meses que en lugar de junio o julio se llaman Thermidor“, o “Brumario”, o “Frimario”… Basta sólo con prestar atención a los santo y seña -“Mot et Raliement” – que utilizan, por ejemplo, los ejércitos desplegados para combatir en la frontera de los Pirineos que linda con la provincia de Guipúzcoa. Se utilizan palabras tales como “Libertad” o afirmaciones rituales sobre preferir la muerte a consentir el fin de esa República que ellos llamaron “Convención”…

"La Convención", edición de 1947 (Colección particular)

A esto, claro está, podrán aducir críticos de derechas como Juan Manuel de Prada, que, con argumentos como esos, caemos en el mismo error que les achacamos a ellos al hablar en esos términos de la revolución de 1789, idealizando un fenómeno que provoca saqueos, ejecuciones en masa perpetradas incluso por los padres de algunos de los más grandes escritores que ha dado Francia, caso del general Hugo…, o verdaderas cazas del hombre contra campesinos como los de Normandía y Bretaña por negarse a aceptar la revolución que destruye su religión católica tradicional… Nada más lejos de nuestra intención. Como historiadores sabemos perfectamente, y creemos es nuestro deber comunicarlo al público en toda ocasión, que la revolución de 1789 tuvo poco de idílica -a diferencia de la Edad Media imaginada por Juan Manuel de Prada- a pesar de reflejos tan altruistas como los que se revelan en esos “Mot et Raliement” de los ejércitos revolucionarios…

Pero igualmente debemos, también como historiadores, indicar al público que esa violencia desencadenada y practicada por la revolución -al margen de su peor o mejor catadura moral, ahí está el caso de uno de los principales terroristas, Fouché, que sobrevive y sirve a todos los regímenes desde 1789 hasta el imperial de Napoleón-, no es sino un síntoma defensivo frente a la clase de desgarradoras, intolerables, convulsiones sociales a las que había llevado la persistencia de ese régimen feudal -y gremial-, en apariencia tan perfecto, a la sociedad francesa -y, por extensión, europea- de la época. Unas que finalmente conducen a quienes vivieron aquellos momentos tan amargos, tan difíciles de soportar, a considerar como razonable uno de los actos más irracionales que ha cometido el ser humano en diversas ocasiones -quizás demasiadas- a lo largo de su Historia. Es decir, matar, eliminar físicamente, de un modo u otro, a aquellos que no piensan como ellos…
Por pura lógica parece evidente que un sistema social que lleva a una gran parte de la población del continente más avanzado y rico del Mundo al filo del año 1789 a considerar que la única salida, la única vía de escape de él, son las ejecuciones masivas, la guerra civil, no tiene precisamente mucho de bondadoso o perfecto como sostenía Juan Manuel de Prada en su programa…

En términos de análisis científico poco más se puede decir. Salvo recomendar a nuestros lectores las palabras de nuestro colega en el artículo que sigue a éste -del que sacarán argumentos más precisos sobre lo que aquí hemos comentado- y, con respecto a las palabras de Juan Manuel de Prada en concreto, que hagan memoria sobre quiénes defendían hace no tanto tiempo organizaciones -como los sindicatos verticales- o ideas como las que el director de “Lágrimas en la lluvia” defendió en su programa, y el modo en el que truncaron muchas vidas y muchos planes de futuro.

De ahí podrán deducir que la Historia y su manipulación, no son, en efecto, un juguete, sino un arma muy peligrosa que no puede ponerse, impunemente, en las manos o en la boca del primero que pasa y cree que es poco más que eso, que es lo que podría deducirse de artículos como los de Arturo Pérez-Reverte o discursos como los de Juan Manuel de Prada ante los que sería una irresponsabilidad -como historiadores pero también como ciudadanos- callar por temor a criticar.

Algo que en “Hispania” parece estar convirtiéndose, de setenta años a esta parte, en una costumbre tan extendida como insana que está reduciendo nuestra opinión pública a un estado triste en verdad, privada de conocimientos tan elementales como el de su propia Historia, sustituida por, a veces, sangrantes caricaturas de lo que merece el nombre de lo que es -no lo olvidemos- una ciencia tan seria como, por ejemplo, la Medicina, la cual, por cierto, no tolera el más mínimo intrusismo en sus filas. Por temor evidente a las consecuencias que puede acarrear que, sin embargo, son las mismas que a medio plazo puede acarrear a nivel colectivo la despreocupada tolerancia frente a ese otro intrusismo en el campo de la Historia. Y si esto que decimos les parece una exageración agorera prueben a permanecer indiferentes ante tales fenómenos, pero después no se lamenten del resultado…

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6 respuestas a La Historia no es un juguete. De la batalla de las Navas de Tolosa a la Guerra de la Convención

  1. Goyix dijo:

    Bueno es que primero él no es historiador. Segundo la ciudad no fue cercada, fue cercado el CASTILLO de San Felipe de Barajas, por cierto no un fuerte exterior. Pero cualquiera, con dos dedos de frente, se da cuenta que caído el castillo la ciudad era inglesa. Por ello dejémonos de literalidades si buscamos divulgar, lo importante es la idea, veraz, pero que llegue con facilidad.
    No seré yo quien defienda a Reverte, pero como divulgador es muy bueno y en estos casos hace falta. Como hace falta denunciar el olvido tradicional e intencionado de los nuestros. Tampoco creo que se refiera a vosotros, sino a una tradición o moda cobarde y cainita de ensalzar a nuestros rivales. Os animo a seguir con vuestra labor, porque muchos, tras conocer este tipo de hazañas, buscamos profundizar y dirigimos nuestras miradas a vosotros. Un saludo.

    • Gracias Goyix, por tu comentario. Disculpa el retraso en aprobarlo. No ha sido intencionado, ten en cuenta que es muy difícil coordinar a varias personas, que trabajan en diferentes centros muy alejados entre sí, para ponderar la aprobación de comentarios y si es preciso darles respuesta, como es el caso.

      Por lo que respecta a la cuestión de los fuertes exteriores, con esa expresión tratabamos de reflejar en nuestro artículo “La Historia no es un juguete” la complejidad de las fortificaciones que defendieron Cartagena y que, en efecto, dejaron a las fuerzas británicas muy lejos de su objetivo se mire por donde se mire.
      Habitualmente, cuando tratamos de temas de Historia militar (por ejemplo, respectivamente, los asedios de 1638 y 1719 a Fuenterrabía), utilizamos ese término para hablar, de manera genérica, sin entrar en detalles sobre si es un castillo -o varios-, o revellines, pastelones, medias lunas, escarpas, contraescarpas, etc…, de las fortificaciones que ha tenido que batir el enemigo para poder acceder a la plaza.

      Se agradece, eso sí, tu precisión que, aprobado tu comentario, aquí queda sujeta al debate de otros lectores. Te advertimos, sin embargo, que se necesita algo más que un simple castillo para detener el avance de un ejército de las características del de Vernon. Estamos en los 40 del siglo XVIII, en la era de la Artillería de sitio, y eso requiere verdaderos laberintos de fortificaciones en estrella para poder frenar la habitual serie de avances enemigos en trincheras paralelas o aproches. (Tienes un excelente ejemplo visual de cómo funcionaba un asedio de esas características en la película “El último mohicano” de Michael Mann, que seguramente ya conocerás).

      Con respecto al autor criticado, es encomiable tu interés en defenderlo y en un país libre como éste que -afortunadamente- aún lo es, cada cual es muy dueño de reservar sus admiraciones a quien mejor le parezca. En nuestro caso, y aún a riesgo de que parezca que sufrimos algún tipo de fijación patológica respecto al autor -que no es el caso, te lo aseguramos. Se trata de una cuestión de índole profesional-, nos resulta imposible suscribir tales ideas.

      Dices en tu mensaje que que hay una “tradición o moda cobarde y cainita de ensalzar a nuestros rivales”… Creemos, analizando texto a texto, artículo a artículo, novela a novela… lo escrito por ese autor durante los últimos 20 años, que él ha sido, precisamente, uno de los principales responsables de esa que tú llamas moda.
      Toda su obra, hasta hoy, se ha dedicado a seguir insuflando vida a los mitos históricos -la famosa “decadencia” española que, eso también te lo podemos asegurar, carece de verdadero fundamento histórico- que ahora hace setenta años permitieron al bando vencedor de la sublevación de 1936 instalarse en el poder bajo la excusa de que, como España era un país lleno de odios caínitas, atrasado, fracasado -¿te suena este discurso?, lo recordarás de muchos de sus artículos. Por ejemplo de uno de los más recientes, “Notario del horror”-, había que someterlo a una drástica cirugía de hierro que pasaba, cómo no, por una Dictadura de la que sólo salieron beneficiados los mismos que habían impulsado el golpe de estado y la posterior guerra que destrozó y atrasó el país hasta límites de verdadera miseria. Tal discurso fue tan sólo un conveniente disfraz para ejercer un poder omnímodo durante el mayor tiempo posible y frenar la democratización que España, como otros países de Europa, había iniciado tras la revolución de 1789, que en nuestro caso se manifiesta en la revolución de 1808. Hecho, como muchos otros de nuestra Historria, que esa gente ha tratado por todos los medios de negar o ha deformado a propósito para autojustificarse.

      ¿Has leído “El asedio”? Bien, pues ahí tienes un ejemplo perfecto de esa negación de hechos históricos en la misma sintonía que impuso la dictadura. Ya sabes, lo de 1812, la Constitución, fue un fracaso, en España eso es imposible porque sólo unos cuantos ilusos y lechuguinos -esas son las palabras de APR- quieren la Constitución, en tanto el que él vende como “verdadero pueblo español”, el salinero ignorante y brutal que se toma la Justicia por su mano, es ajeno a tales cosas… Es lo mismo que dicen los libros de texto del Franquismo que, también te lo podemos asegurar, no son precisamente libros de Historia sino propaganda del régimen. Considerado todo esto, creemos que ya está bien de que nos sigan escamoteando descaradamente nuestra Historia y encima años después de que esa dictadura haya fenecido, ¿no te parece?
      Y respecto a lo de que no es historiador, pues eso, si no lo es que no se meta, y menos con semejante autoridad y semejantes ideas rancias, en nuestro terreno. Nosotros no nos ponemos a operar gente ni a psicoanalizarles. Sencillamente porque no somos ni médicos ni psicólogos y no podemos asumir las responsabilidades de una mala práctica en esos campos (penada con cárcel por cierto). ¿Te parece que alguien que no es historiador puede hacer otro tanto en nuestro campo? ¿Por qué? ¿La Historia no es una ciencia? ¿Crees que intrusiones como ésas no pueden tener las mismas consecuencias que en Medicina y Psicología? Si crees eso te recomendamos que leas “Soldados de Salamina” de Javier Cercas y verás que no es así, que puede ser incluso peor.

      Finalmente te agradecemos también tú interés en la revista y que quieras profundizar en la Historia, a través de nuestros escritos. Es lo lógico. Cuando quieres un coche vas a un concesionario, cuando te duele algo vas a un médico y cuando quieres Historia lo lógico, en efecto, es acudir a un profesional del ramo y no a intrusos que, en realidad, sólo te están vendiendo un panfleto político que, como tal, trata de pasar por otra cosa -Historia “divulgativa” en este caso- para persuadir mejor a su público. O a sus víctimas, como prefieras.

      A ese respecto te recomendamos el libro que publicitamos en nuestra página “Cardenales, reyes, príncipes y dictadores”. Ahí verás de qué iba realmente la dictadura franquista y comó manipuló los hechos históricos para sobrevivir del modo más ínfame que te puedas imaginar, justo haciendo lo contrario de lo que oficialmente decía.

      También te vendría bien echar un vistazo al primer número de uno de nuestros enlaces, la revista de crítica literaria “La novela antihistórica”. En ese número 1 se habla, largo y tendido, de “El asedio”. Aprovecha también para bajarte de ahí la otra novela que se colgó en esa página, “Alcolea”. De ella aprenderás, y gratis, cuatro cosas sobre la España del XIX. Cuatro cosas que, por cierto. jamás aprenderías leyendo al autor que críticamos en nuestro número de 26 de octubre, que por supuesto no es historiador y, por tanto, debería escoger mejor sus temas y el modo en el que los trata.

      Un saludo cordial.

  2. Manuel dijo:

    He tenido la oportunidad de estar en Cartagena de Indias. Está fuera de lugar decir que la resistencia en el Fuerte de San Felipe no era la de las líneas interiores. Es antihistórico, ateniendome como fuente a la “Breve Historia de Cartagena” de Eduardo Lemaitre, no faltando documentación al respecto.
    El ataque a un divulgador como Pérez Reverte resulta tan desproporcionado que uno no puede menos que sospechar de motivos espúreos.
    En la difusión de la Historia no dejan de tener su lugar los relatos de ficción, mejor o peor ambientados. Desde luego, debo añadir que encuentro notables similitudes entre los personajes que describe Pérez Reverte y los de Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales. Éste último, siendo claramente de “izquierdas”, transmite una opinión bastante triste y decepcionada de nuestra España.
    Por último, nadie en su sano juicio considera más que ficción las novelas de Pérez Reverte. Quédense pues, tranquilos los historiadores. Los lectores sabemos sacar nuestras conclusiones y cuando queremos contrastar, sabemos dónde dirigirnos.

    • Gracias Manuel, por su comentario. Vemos que coincide con nosotros en señalar que, efectivamente, las tropas británicas, apenas lograron avanzar hacia Cartagena de Indias durante el desembarco de Vernon. Lo celebramos.
      También celebramos que considere que tanto Pérez Galdós como Pérez-Reverte den una visión “bastante triste y decepcionada de nuestra España”.
      A eso sólo quisieramos añadir que Pérez Galdós no era claramente de izquierdas como usted dice. Cuando empezó a escribir los “Episodios Nacionales” se alineaba con posiciones más bien derechistas, reaccionarias. A medida que esa novela-río crece, evoluciona, es cierto, hacia el Socialismo. Asimismo nos gustaría añadir a esa parte de su comentario, que para nosotros no se trata de visiones tristes o decepcionadas sobre la Historia de un país en concreto, sino, sencillamente, de la problemática que como historiadores nos plantea la perversión de los hechos que componen esa materia prima con la que trabajamos.
      Es decir, nuestra principal preocupación es que determinados “amateurs”, como el señor Pérez-Reverte, desguacen nuestro campo de trabajo con inexactitudes y descaradas falsificaciones de determinados hechos históricos, pretendiendo, además, darnos lecciones, cuando lo lógico sería que las recibieran de nosotros.
      Con respecto a los “motivos espúreos” de lo que usted considera un ataque contra ese autor, nos gustaría añadir que no hay tal cosa. ¿O considera usted también espurias las denuncias de otros profesionales por intrusismo en su campo? ¿Es también por “motivos espúreos” nuestra crítica contra el señor Juan Manuel de Prada? De ser así, toda crítica sería siempre por motivos espurios, personales, como usted parece querer indicar.
      Es muy dueño de sostener esa opinión y ya ve que no tenemos ningún inconveniente en darle tribuna en nuestra revista (cosa que muchos otros medios, por cierto, no hacen). Sin embargo considere que nosotros también estamos en nuestro derecho a poner las cosas en claro frente a ceremonias de la confusión que, entre otros problemas, parecen no tener otro fin salvo el de degradar y anular por completo a un cuerpo profesional -el de los historiadores- tan respetable como cualquier otro.
      Nos resulta bastante difícil quedarnos tranquilos ante semejante panorama. Bajo la capa de la divulgación y de la novela histórica no se puede justificar cualquier atrocidad. Menos aún falseamientos descarados e interesados políticamente de nuestro pasado, que es justo lo que se trasluce en la obra de los autores citados en el número de nuestra revista que ha suscitado su apreciable comentario.
      Considere usted el penúltimo artículo -que no novela- del señor Pérez-Reverte, donde se insinúa que las autoridades de la Junta de Andalucía tendrián el proyecto de falsear las palabras de la madre de Boadbil el chico “no llores como mujer lo que no supiste defender como un hombre”. Algo que no ha ocurrido pero que, según se desprende de la manera en que está redactado el citado artículo, muchos darán ya por hecho.
      Y ya que estamos en eso, compare usted cualquier episodio del capitán Alatriste con el que acaba de publicar uno de nuestros redactores en una de las páginas enlazada a ésta, “Chronicae Guetariae” (“La sombra roja”). Esperamos que de las abismales diferencias entre una y otra versión de nuestro siglo XVII sacará usted las pertinentes conclusiones sobre nuestros verdaderos motivos y la razón por la que no nos podemos quedar tranquilos ante un público lector que, sencillamente, está siendo lentamente envenenado con una versión manipulada y falseada de la Historia bajo la excusa -esa sí verdaderamente espuria- de una más que pretendida “divulgación histórica” que, en nuestra opinión, no es sino propaganda política con fines que, como historiadores y ciudadanos de una democracia, nos resultan sencillamente inquietantes y contra los que, evidentemente, nos creemos en la obligación de responder con toda la contundencia que avala nuestra labor científica y una titulación conseguida tras muchos años de estudio.

  3. mesudamolt dijo:

    Mire Vd.
    No veo en su “mise au ban” del Don Arturo, ninguna lección de historia, sino un “radotage” tan común en los periódicos españoles; demasiado a menudo, ¡ay! por gente de su gremio.

    Si es laudable ocuparse de restaurar “verdades”. ¿No debería/an mas bien dirigirse a los satrapas de esas autonomías, (o al publico en general) para meter en exergo, sus malversaciones y mentiras histéricas? Perdón , históricas.

    Dejar la historia, la medicina, las leyes, la biología, o cualquiera otro aspecto de la sociedad a los solos “especialistas” nos conduciría (y nos conduce), hacia una sociedad fascisante.

    No Señor, no! Esta Vd. equivocado. Todos, comprenda, ¡todos! Tienen, no solo el derecho de decir, sino el de ser escuchados (Declaración de los derechos humanos). Por consecuencia, también el Señor Perez Reverte. Libre a Vd. de tomar en consideración sus dichos.

    Blas de Lezo, según mi saber. Es desde el fuerte de San Felipe de Barajas, situado tierra adentro en la mismísima ciudad (y no en borde de mar), que sabiendo por espiás la longitud de las escalas inglesas, hizo zanjas alrededor del fuerte y trincheras en forma de VVV, burlan así, la estrategia del inglés, y con la ayuda tanto de su ingenio, como del valor de un puñado de españoles e indios, los ingleses se encontraron con enemigos al flanco y con escalas que no llegaban a la altura esperada por ellos, añadiendo su mala resistencia al clima y a las enfermedades tropicales (mosquitos, jejen, y otros), dio la victoria a nuestro héroe, Blas de Lezo.

    • Estimado p. yubero. Como podrá ver publicamos su comentario a pesar de que lo desaprobamos profundamente. Ya ve que nosotros sí respetamos la opinión ajena. Algo que periódicos y grandes medios convencionales, como los que nutren al escritor que vd. defiende con tanta energia, ignoran olímpicamente. Si desea afear a alguien ese tipo de conducta puede empezar por ahí más que por nuestra “Bitácora”.
      Nosotros no tenemos otro criterio que el de hacer respetar -a cualquiera, “satrapas” académicos incluidos- nuestra profesión y nuestros años de estudio y de investigación. Cosas que brillan por su ausencia en cada uno de los artículos que escribe su defendido, sentando además en ellos cátedra, como se suele decir, e imponiendo silencio a todos los que no tienen la suerte de ser él. Ahí también tiene vd. un interesante campo en el que defender, en primer lugar, la libertad de expresión y el derecho a opinar.
      Lea más a fondo otros números de la “Bitácora” y se convencerá de todo esto. Esperamos que esa lectura atenta también le sirva para convencerse igualmente de que una cosa es tener opinión sobre un determinado tema y otra muy distinta que esa opinión esté bien informada o sea, simplemente, nociva en muchos aspectos. ¿Cómo afrontaría vd., por ejemplo, una plaga de peste bubónica? ¿Llamaría “fascistas” a los licenciados y doctores en Medicina que tratasen de atajarla con medidas higiénicas, antibióticos etc… y mandasen a las autoridades retirar de la circulación a vendedores de amuletos contra esa plaga como los que describe Daniel Defoe en su magistral “Diario del año de la Peste”?
      La respuesta cabal a esas preguntas le demostrará cuáles son nuestra verdaderas intenciones, objetivos, medios… y lo equivocados que, le guste o no, eran los citados artículos del sr. Pérez-Reverte, empeñado en hacernos beber, cada semana, vino rancio a veces sin siquiera pasarlo a odres nuevos.
      Con respecto a Blas de Lezo, podríamos pasarnos horas hablando de él y de los detalles que rodearon el asedio. No estaría nada mal, desde luego. Sobre todo teniendo en cuenta el silencio que le ha rodeado durante años gracias, en buena medida, a que autores como el que vd. defiende se han dedicado a hablarnos, preferentemente, de esa fantasmática “decadencia española” que, sólo para empezar, justificó una atroz guerra civil y 40 años de dictadura franquista y en la que, naturalmente, episodios como el de Cartagena de Indias molestaban y eran, por tanto, silenciados.
      Lo que sí le podemos asegurar es que esa plaza no fue defendida sólo a base del ingenio militar de Blas de Lezo ni mucho menos, como vd. dice, por un puñado de soldados españoles e indios. Lo que allí había eran tropas españolas regladas, muchas de regimientos de línea que se podían considerar incluso de élite, a la altura de los de cualquier potencia europea de la época en armamento, táctica, uniformes, etc. Como también lo estaban esas fortificaciones que vd. llama en “VVV” y que, en realidad, eran la clásica fortaleza abaluartada puesta en práctica en los dominios españoles desde el siglo XVI y prácticamente imbatible para la Infantería y la Artillería enemiga cuando estaba bien municionada y defendida. Está claro, por sus palabras, que su visión de nuestro pasado está completamente intoxicada por esa equivocada pseudohistoria decadentista que ha hecho millonario a ese escritor que vd. considera por encima de toda crítica. He ahí el problema, una vez más, que “La Bitácora de Pedro Morgan” quiere erradicar. Si vd. considera innecesaria esta ayuda que “pro bono publico” ofrecemos, es muy dueño de actuar como bien le parezca. Tanto como lo somos nosotros de considerar que estamos haciendo un verdadero servicio público al poner en evidencia todo lo que criticabamos en “La Historia no es un juguete” y continuar, por tanto, con esta publicación con mayores ánimos aún.

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