La Edad Media no es un juguete

Iosu Etxezarraga Ortuondo

A lo ya dicho en el artículo general que se publica en este segundo número de “La Bitácora de Pedro Morgan”, ¿qué es lo que se podría añadir hablando, no en términos generales, sino desde la perspectiva de un medievalista sobre batallas del siglo XIII que serían el inicio de una nación moderna, España, con guerreros de “pedigrí” vasco incluidos entre sus huestes, o sobre la vuelta a los gremios medievales como la perfecta organización laboral?La audacia de las declaraciones de Juan Manuel de Prada o de los artículos de Arturo Pérez-Reverte que se glosaban en “La Historia no es un juguete” da, desde luego, un amplio campo para añadir precisiones técnicas sobre por qué, para empezar, la Edad Media tiene poco que ver con nuestra época y por qué, en definitiva, no es ningún juguete.

Comenzaremos, por seguir un orden, con los artículos de Arturo Pérez-Reverte acerca de la batalla de las Navas de Tolosa y, sobre todo, acerca de quién era, en realidad don Diego Lope de Haro. En primer lugar sería conveniente señalar que el origen geográfico de ese caballero, de dicho señor feudal, poco debería importarnos a día de hoy. Obviamente, no porque pretendamos que se ignore nuestra propia historia (o pretendamos ocultarla, como parece insinuarse en los artículos de Arturo Pérez-Reverte), sino porque las relaciones de feudales vigentes en el siglo XIII nada tienen que ver con identidades nacionales de los pobladores medievales de los actuales territorios del País Vasco.

Si analizamos mínimamente el caso, veremos que el linaje de los Haro no sólo habían sido de Señores de Vizcaya, sino también de Guipúzcoa. Concretamente a finales del siglo XI y comienzos del XII. Tras la incorporación de ese territorio -hasta entonces navarro- a la Corona de Castilla en el año 1200, en esa provincia no se regeneró su dominio, mientras en la vecina Vizcaya su poder se afianzó. En pocas palabras, su consolidación como señores feudales en el Señorío vizcaíno fue el fruto no tanto de un origen geográfico determinado que, de hecho, poco tiene que ver con lo que hoy consideraríamos “vasco”, sino de la puesta en marcha de una de las líneas estratégicas que los Haro, como linaje nobiliar y no en otra calidad, tejieron durante los siglos plenomedievales. De esta forma, el Señorío quedó sólidamente añadido a su feudo original durante la Baja Edad Media, algo que no ocurrió con Guipúzcoa.

He aquí, pues, el principal error de “La carga de los tres reyes”: confundir a los gobernantes, los dirigentes y poderosos que protagonizan hazañas medievales como la batalla de las Navas de Tolosa con determinadas nacionalidades o con gobiernos construidos sobre la idea del contrato social, elegidos más o menos democráticamente y que reflejan, también más o menos, el sentir de la población a la que representan. Olvida así el autor de “La carga de los tres reyes” que cualquier señor medieval, individual o colectivo, sólo representa a su casa y a Dios, que es a quien debe su honor y deber. Los vasallos bajo su mano se trocan, venden y compran y los territorios que poseen cambian de titular sin consultas ni referenda. Pretender penetrar en la idea de patria, en el amor personal a un territorio determinado por haber nacido en él y en la concepción de “nación” de un individuo medieval requiere, evidentemente, un ejercicio más complejo que un artículo de opinión en una revista dominical. Máxime cuando son categorías contemporáneas, cuyos equivalentes medievales podremos reconstruir únicamente mediante un esfuerzo científico considerable y que probablemente, teniendo en cuenta la inexistencia de tratados medievales sobre conceptos modernos como estado o nación, tendría que basarse en el análisis de cada testimonio documental disponible, muchos de ellos, por cierto, aún sin investigar a fecha de hoy.

El principal problema del popular novelista es que, de forma anacrónica y anticientífica, pretende dar un valor actual a los acontecimientos de julio de 1212, prescindiendo casi por completo de los procesos históricos que, en realidad, conducen a ellos. Algo absolutamente obvio en la referencia que hace en su artículo “La carga de los tres reyes” a las tropas de cruzados hispánicos con la identificación de “los nuestros”, empleada, según todos los indicios, como arma para arremeter contra aquellos que, llevados por eso que ahora llaman ser “políticamente correctos”, pretenden mantenerse equidistantes entre cristianos y musulmanes.

Ese posicionamiento esconde un peligroso argumento de doble filo. Nos referimos concretamente a la identificación plurisecular concatenada de “nosotros” y “ellos”, de  “buenos” y “malos”. De ahí se deriva en “La carga de los tres reyes”, que, por el hecho de que nuestra generación sea en parte heredera (genética y culturalmente) de aquella, o porque Alfonso VIII (y no VII como figura en el texto publicado por el novelista), Pedro II y Sancho VII hubieran nacido dentro de las fronteras españolas vigentes en el siglo XXI, esos personajes históricos pueden ser despojados de su contexto histórico y de su propia forma de concebir el mundo, para servir de icono para la formación de un “espíritu nacional”. Por tanto, como aquellos y nosotros compartimos el suelo que pisamos, necesariamente tendríamos que tener la misma concepción del mundo y de la realidad. Así de simple, en el peor sentido del adjetivo. Esto no es más que una mitificación de la historia, totalmente interesada, pero para nada novedosa. Los mitos existen en todas las culturas, pero, como decimos, son peligrosos y más aún lo es esta especie de jugueteo irresponsable con ellos. Especialmente cuando uno olvida lo que son en realidad y los convierte en ídolos que conforman el panteón de una ideología, haciendo así que personajes históricos, sacados de su contexto, -como ocurriría, por ejemplo, con los tres reyes de las Navas de Tolosa- se transmuten en encarnaciones de ideas políticas o religiosas.

Para los profesionales que nos dedicamos a ella, el principal peligro que ha corrido la Historia desde Heródoto hasta el presente, ha sido su empleo al servicio del poder y de la justificación jurídico-política de intereses particulares o colectivos. A diferencia de la Medicina o de la Física, cuya utilización con fines militares o corporativos a día de hoy se considera repugnante (al menos en los medios de comunicación y entre la gente de a pie), nuestra disciplina no ha conseguido sacudirse ese gran lastre, cuyo producto último son contenidos como los que venimos a criticar en este escrito, que encuentran, además, un eco de lo más preocupante en medios de comunicación a los que cualquiera puede acceder, con un clic del ratón, pulsando un botón del mando a distancia o bajando al kiósko más cercano. Gracias a la permanencia de esa situación tan funesta, Arturo Pérez-Reverte puede permitirse otorgar en artículos como “La carga de los tres reyes” un valor político absoluto -y en realidad inexistente tal y como él lo explica- a la liga de los reyes castellano, aragonés y navarro que se forja principalmente por intereses de tipo económico como por la obligación ineludible de sumarse a ella para cualquier rey cristiano que le confirió el apoyo pontificio concedido para luchar contra un enemigo común. El articulista ha olvidado voluntariamente -según parece- episodios anteriores a las Navas de Tolosa en los que los reyes hispanos pactaron y se aliaron con las fuerzas almohades (Sancho VII en 1200, por ejemplo) o que guerrearon entre unos y otros por repartirse los señoríos peninsulares sin tener presente, en modo alguno,  otra idea que el interés de su dinastía que poco, o nada, tiene que ver con una idea de “España” como la que hoy día manejamos. No ha dudado así en subrayar como hito destacado de la historia española una acción armada que, según una tendencia historiográfica muy concreta, hilvanada con otros episodios clave elegidos ad-hoc, desembocan en la configuración de un estado-nación llamado España. Éste se caracteriza, según dicha tendencia, por su confesionalidad católica opuesta a los signos externos que identifican a las sociedades musulmanas de Oriente Próximo o el Norte de África y que, siguiendo esa lógica, no definen a la España actual. La conclusión de argumentos como esos está clara: la carga de los tres reyes propició que a día de hoy exista un estado-nación llamado España y que la cultura dominante en él no sea la musulmana. Este nexo que une 1212 con 2010 solamente puede ser fruto de en una intencionalidad, de una idea que está presente en la mente de Arturo y, por consiguiente, también debe de estarlo en la de Alfonso, Pedro y Sancho: tenemos un sentimiento identitario, ser españoles, y por encima de nuestras rencillas defendemos lo español ante una cultura y una religión negativas y asfixiantes. Esto no es Historia; ni siquiera es una anécdota. Es solamente un relato interesado con una finalidad política concreta.

La realidad de los hechos de julio de 1212 no puede ser más distinta de argumentaciones como esas. Esa “carga de los tres reyes” es, simplemente, el resultado de que el Pontificado, inducido a ello, a su vez, por el Primado de Toledo, declare la Cruzada contra el Almohade. Tras esta llamada a la Guerra Santa se encuentra Alfonso VIII, quien a través de ella conseguirá obligar a otros reyes hispánicos a enfrentarse a ese enemigo común, evitando alianzas de conveniencia con él como ya había ocurrido en ocasiones anteriores que, naturalmente, iban en detrimento del reino de Castilla. Así de lejos está la batalla de las Navas de Tolosa de constituir el embrión de un estado-nación llamado “España”.

Por lo que respecta al otro tema que nos ocupa -y preocupa-, es decir, la peculiar interpretación que hace el también escritor Juan Manuel de Prada de los gremios medievales, nos encontramos ante un problema similar al planteado por “La carga de los tres reyes”. La analogía que este otro novelista estableció en su programa “Lagrimas en la lluvia” entre gremios y sindicatos es, de por sí, bastante elocuente. Juan Manuel de Prada pretende que son comparables entes como los actuales sindicatos de la Era Industrial y gremios medievales que se caracterizan por estar compuestos de una amalgama de productores y trabajadores de cada una las actividades económicas que daban nombre a cada uno de ellos: tundidores, curtidores, pañeros, tintoreros, canteros. O, por utilizar los términos de la época, cada uno de esos gremios -de manera muy diferente a los sindicatos actuales- se componía de maestros -lo que hoy día equivaldría a propietarios o capitalistas-, oficiales -ejecutivos y directivos en la actualidad- y aprendices -el equivalente, aproximado, a la actual clase trabajadora-, aglutinando de ese modo a todos aquellos que tuvieran algo que ver con el negocio independientemente de su diferente rango socio-económico. Obviamente, la voz cantante dentro de esas organizaciones gremiales la tenían los maestros y, en menor medida, los oficiales, siendo su principal cometido el de velar por los intereses del grupo y asegurar la paz entre sus integrantes. Podríamos decir que las bases de esas congregaciones eran, según esa teoría, la solidaridad y el proteccionismo. La realidad práctica de esa teórica era que, generalmente, los gremios no eran asociaciones de carácter democrático y que los diferentes grupos de poder asentados dentro de ellos pugnaban por controlar el gremio, enfrentándola en ocasiones con la autoridad civil concejil, municipal, etc… si lo consideraban oportuno para los intereses del grupo que dominaba el gremio, por ejemplo. En el plano económico, los controles de calidad y los precios fijos sobre la producción (cuyo efecto es el de borrar la competencia y la competitividad) estaban también al servicio de esos intereses tan particulares de ese reducido grupo de personas que, en su calidad de maestros, controlaban cada gremio. Para algunos historiadores, más cercanos al laisser faire, la consecuencia de ese tipo de organización fue una disminución de la capacidad de innovación en las economías medievales, tacha que también podría aplicarse a la economía comunista de la URSS.

En definitiva, la evocación del director de “Lágrimas en la lluvia” de estas agrupaciones del trabajo resulta realmente expresiva, ya que si en su paralelismo Juan Manuel de Prada los hubiera reemplazado por los sindicatos verticales de la Dictadura Franquista, el resultado hubiera sido el mismo: la preferencia por una organización que, enarbolando la bandera de la Paz de Dios y la solidaridad cristiana, somete los derechos de los más pobres y explotados a los intereses de una patronal servil al Movimiento.

Ante estas evidencias no nos cabe la menor duda de que la preferencia que muestra este comentarista televisivo por un modo de organización medieval a otro que es fruto de los profundos avances sociales que, a día de hoy, para la mayoría parecen irrenunciables (además de estar recogidas en la Declaración de los Derechos Humanos) se debe, por un lado, a su ignorancia en materia histórica y, por otro, probablemente, a una cuestión de mala fe política, buscando justificar su ideología al amparo de la Historia, como si ésta fuera, en efecto, un juguete a disposición de esos intereses personales. Creemos, como profesionales de la Historia, que la reconstrucción científica del pasado debe estar al servicio de la construcción del futuro de las sociedades actuales, pero lo que no es de recibo es a cuenta de esa premisa -o de otras menos confesables- tomar una idea preconcebida de un fenómeno histórico del pasado -en este caso los gremios medievales- y, aplicando las mismas o similares bases ideológicas que lo originaron 700 u 800 años atrás, tratar de clonarla en el presente presentándola como una óptima manera de organizar la vida económica. Para tener una idea aproximada del fruto de este falaz ejercicio no tenemos que realizar ninguna abstracción mental. Basta con aproximarse a los elementos ideológicos que, manejados por la dictadura franquista a modo de purpurina, pretendían devolver a España a su supuesta época dorada de los Reyes Católicos: en nuestro caso mediante ese remedo de gremios medievales que fueron, durante cuarenta años, los sindicatos verticales españoles.

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